![]() |
![]() |
|
|
MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Al venerado hermano Con ocasión de la asamblea plenaria de la Congregación para la evangelización de
los pueblos, deseo dirigirle, señor cardenal, mi cordial saludo, que con gusto
extiendo a los cardenales, a los arzobispos, a los obispos y a todos los
participantes. Saludo, asimismo, al secretario, al secretario adjunto, al
subsecretario y a todos los colaboradores de ese dicasterio; y expreso mis
sentimientos de estima y de gratitud por el servicio que prestáis a la Iglesia
en el ámbito de la misión ad gentes. Ese areópago, que entonces representaba el centro de la cultura del docto pueblo ateniense, hoy —como dijo mi venerado predecesor Juan Pablo II— "puede ser tomado como símbolo de los nuevos ambientes donde debe proclamarse el Evangelio" (Redemptoris missio, 37). Efectivamente, la referencia a ese acontecimiento constituye una apremiante invitación a saber valorar los "areópagos" de hoy, donde se afrontan los grandes desafíos de la evangelización. Vosotros queréis analizar este tema con realismo, teniendo en cuenta los numerosos cambios sociales que se han producido. Un realismo sostenido por el espíritu de fe, que ve la historia a la luz del Evangelio, y con la certeza que tenía san Pablo de la presencia de Cristo resucitado. También para nosotros son consoladoras las palabras que Jesús le dirigió en Corinto: "No tengas miedo, sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo y nadie te pondrá la mano encima para hacerte mal" (Hch 18, 9-10). El siervo de Dios Pablo VI dijo con eficacia que no se trata sólo de predicar el Evangelio, sino de "alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación" (Evangelii nuntiandi, 19). Hay que mirar a los "nuevos areópagos" con este espíritu; en la globalización actual algunos de ellos son comunes, mientras que otros siguen siendo específicos de algunos continentes, como hemos visto también en la reciente Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos. Por lo tanto, hay que orientar la actividad misionera de la Iglesia hacia estos centros neurálgicos de la sociedad del tercer milenio. Tampoco hay que subestimar la influencia de una cultura relativista generalizada, que la mayoría de las veces carece de valores y que entra en el santuario de la familia, se infiltra en el campo de la educación y en otros ámbitos de la sociedad y los contamina, manipulando las conciencias, especialmente las de los jóvenes. Al mismo tiempo, sin embargo, a pesar de estas insidias, la Iglesia sabe que el Espíritu Santo actúa siempre. Se abren nuevas puertas al Evangelio y se va extendiendo en el mundo el anhelo de una auténtica renovación espiritual y apostólica. Como en otras épocas de cambio, la prioridad pastoral es mostrar el verdadero rostro de Cristo, Señor de la historia y único Redentor del hombre. Esto exige que cada comunidad cristiana y la Iglesia en su conjunto den un testimonio de fidelidad a Cristo, construyendo pacientemente la unidad que él deseaba e invocaba para todos sus discípulos. La unidad de los cristianos hará más fácil la evangelización y la confrontación con los desafíos culturales, sociales y religiosos de nuestro tiempo. En esta tarea misionera podemos mirar al apóstol san Pablo, imitar su "estilo" de vida y su mismo "espíritu" apostólico, totalmente centrado en Cristo. Con esta completa adhesión al Señor, los cristianos podrán transmitir con más facilidad a las generaciones futuras la herencia de la fe, capaz de transformar también las dificultades en posibilidades de evangelización. En la reciente encíclica Caritas in veritate quise subrayar que el desarrollo económico y social de la sociedad contemporánea necesita recuperar la atención a la vida espiritual y "tener en cuenta seriamente la experiencia de fe en Dios, de fraternidad espiritual en Cristo, de confianza en la Providencia y en la Misericordia divina, de amor y perdón, de renuncia a uno mismo, de acogida del prójimo, de justicia y de paz... El anhelo del cristiano es que toda la familia humana invoque a Dios como "Padre nuestro"" (n. 79). Señor cardenal, agradezco el servicio que ese dicasterio presta a la causa del Evangelio e invoco sobre usted y sobre todos los participantes en esta asamblea plenaria la ayuda de Dios y la protección de la Virgen María, Estrella de la evangelización, enviando a todos de corazón mi bendición. Vaticano, 13 de noviembre de 2009
BENEDICTO PP. XVI
© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana
|
|