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MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
A LA ORDEN DE CLÉRIGOS REGULARES SOMASCOS
EN EL QUINTO CENTENARIO DE LA PRODIGIOSA LIBERACIÓN
DE LA CÁRCEL DE SAN JERÓNIMO EMILIANI
Al reverendo padre
Franco Moscone, C.R.S.
Prepósito general de la Orden de los
Clérigos Regulares Somascos
He sabido con viva complacencia que esa Orden se prepara para celebrar con un
año jubilar un aniversario feliz e importante para su historia y su carisma. El
próximo 27 de septiembre, de hecho, se celebrará el quinto centenario de la
prodigiosa liberación de la cárcel, por obra de María santísima, del fundador,
san Jerónimo Emiliani, patrono universal de los huérfanos y de la juventud
abandonada: un evento prodigioso que, al mismo tiempo, cambió el curso de una
historia humana y dio inicio a una experiencia de vida consagrada sumamente
significativa para la historia de la Iglesia.
La vida del laico Jerónimo Miani, veneciano, fue como «refundada» en la noche
del 27 de septiembre de 1511, cuando, después de un sincero voto de cambiar de
conducta, hecho a la Virgen Grande de Treviso, por intercesión de la Madre de
Dios, quedó liberado de los grilletes de la prisión, que él mismo colocó después
ante el altar de la Virgen.
«Dirupisti vincula mea» (Sal 116, 16). El versículo del Salmo
expresa la auténtica revolución interior que tuvo lugar tras aquella liberación,
vinculada a las tormentosas vicisitudes políticas de la época. Constituyó una
renovación integral de la personalidad de Jerónimo: fue liberado, por
intervención divina, de los lazos del egoísmo, del orgullo, de la búsqueda de la
afirmación personal, de modo que su existencia, en un primer momento centrada
sobre todo en los bienes temporales, se orientó únicamente hacia Dios, amado y
servido de manera particular en la juventud huérfana, enferma y abandonada.
Orientado por sus vicisitudes familiares, a causa de las cuales se había
convertido en tutor de todos sus sobrinos que habían quedado huérfanos, san
Jerónimo maduró la idea de que la juventud, sobre todo la más necesitada, no
puede quedar abandonada, sino que para crecer sana necesita un requisito
esencial: el amor. En él el amor superaba el ingenio, y dado que era un amor que
brotaba de la caridad misma de Dios, estaba lleno de paciencia y de comprensión:
atento, tierno y dispuesto al sacrificio, como el de una madre.
La Iglesia del siglo XVI, dividida por el cisma protestante, en búsqueda de
una seria reforma también en su seno, gozó de un nuevo florecimiento de santidad
que fue la primera y más original respuesta a los impulsos de renovación. El
testimonio de los santos muestra que hay que confiar sólo en Dios, pues las
pruebas, tanto a nivel personal como institucional, sirven para incrementar la
fe. Dios tiene sus planes, incluso cuando no logramos comprender sus
disposiciones.
La atención a la juventud y a su educación humana y cristiana, que
caracteriza el carisma de los Somascos, sigue siendo un compromiso de la
Iglesia, en todo tiempo y lugar. Es necesario que en su crecimiento las nuevas
generaciones no sólo se alimenten de nociones culturales y técnicas, sino sobre
todo del amor, que vence al individualismo y al egoísmo y hace atentos a las
necesidades de todo hermano y hermana, incluso cuando no puede recibir nada a
cambio, más aún, especialmente en esos casos. El ejemplo luminoso de san
Jerónimo Emiliani, al que el beato Juan Pablo II definió «laico animador de
laicos», ayuda a interesarse por toda pobreza de nuestra juventud, moral,
física, existencial, y ante todo, por la pobreza de amor, raíz de todo serio
problema humano.
Seguirá guiándonos con su apoyo la Virgen María, modelo insuperable de fe y
de caridad. Que ella, del mismo modo que rompió las cadenas que tenían
prisionero a san Jerónimo, con su materna bondad siga liberando a los hombres de
los lazos del pecado y de la prisión de una vida privada del amor a Dios y a los
hermanos, ofreciendo las llaves que nos abren el corazón de Dios a nosotros y
nuestro corazón a Dios.
Con estos sentimientos, le imparto a usted, reverendo padre, a todos los
miembros de la Familia Somasca, y a cuantos se unan con fe a las celebraciones
jubilares, una especial bendición apostólica.
Castelgandolfo, 20 de julio de 2011
BENEDICTUS PP XVI
© Copyright 2011 - Libreria
Editrice Vaticana
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