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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL CONGRESO
INTERNACIONAL
«JESÚS, NUESTRO CONTEMPORÁNEO»
[ROMA, 9-11 FEBRERO 2012]
Al venerado hermano
Cardenal Angelo Bagnasco
Arzobispo metropolitano de
Génova
Presidente de la Conferencia episcopal italiana
Con ocasión del congreso internacional «Jesús, nuestro contemporáneo» que se
está celebrando en Roma del 9 al 11 de febrero de 2012 por iniciativa del comité
para el Proyecto cultural de la Conferencia episcopal italiana, le dirijo un
cordial saludo a usted, venerado hermano, a los señores cardenales y a los
obispos presentes, a los relatores, a los organizadores y a todos los que
participan en un acontecimiento tan significativo.
Me alegra mucho y agradezco la elección de dedicar a la Persona de Jesús
algunas jornadas de profundización interdisciplinar y de propuesta cultural,
destinadas a tener resonancia en la comunidad eclesial y social italiana. Muchas
señales, de hecho, revelan que el nombre y el mensaje de Jesús de Nazaret, aun
en tiempos tan distraídos y confusos, suscitan frecuentemente interés y ejercen
un fuerte atractivo, incluso en quienes no llegan a adherirse a su palabra de
salvación. Por eso, nos sentimos estimulados a suscitar en nosotros mismos y por
doquier una comprensión cada vez más profunda y completa de la figura real de
Jesucristo, como puede brotar únicamente de la hermenéutica de la fe puesta en
fecunda relación con la razón histórica. Con este fin escribí mis dos libros
dedicados a Jesús de Nazaret.
Es muy significativo que, dentro de la obra de elaboración cultural de la
comunidad cristiana, se estudie como tema algo que no puede considerarse objeto
exclusivo de las disciplinas sagradas, como lo muestra muy bien la amplitud de
las competencias y la pluralidad de las voces llamadas a participar en este
congreso. La evangelización de la cultura, a la que se orienta el Proyecto
cultural de la Conferencia episcopal italiana, se funda en la convicción de que
la vida de la persona y de un pueblo puede ser animada y transformada en todas
sus dimensiones por el Evangelio, para alcanzar con plenitud su fin y su verdad.
Durante mi pontificado, en repetidas ocasiones he recordado que abrir a Dios
un camino en el corazón y en la vida de los hombres constituye una prioridad.
«Con él o sin él todo cambia», afirmaba incisivamente el título del anterior
congreso del comité para el Proyecto cultural. No podemos confiar nuestra vida a
un ente superior indefinido o a una fuerza cósmica, sino sólo al Dios cuyo
rostro de Padre se nos ha hecho familiar gracias al Hijo, «lleno de gracia y de
verdad» (Jn 1, 14). Jesús es la clave que nos abre la puerta de la
sabiduría y del amor, que rompe nuestra soledad y mantiene la esperanza frente
al misterio del mal y de la muerte. Por lo tanto, la vida de Jesús de Nazaret,
en cuyo nombre también actualmente muchos creyentes, en distintos países del
mundo, afrontan sufrimientos y persecuciones, no puede quedar confinada a un
pasado lejano, sino que es decisiva para nuestra fe hoy.
¿Qué significa afirmar que Jesús de Nazaret, que vivió entre Galilea y Judea
hace dos mil años, es «contemporáneo» de cada hombre y mujer que vive hoy y en
todos los tiempos? Nos lo explica Romano Guardini con palabras que siguen siendo
tan actuales como cuando las escribió: «Su vida terrena entró en la eternidad y
así está vinculada a toda hora del tiempo terreno redimido por su sacrificio...
En el creyente se realiza un misterio inefable: Cristo que está “arriba”,
“sentado a la derecha del Padre” (Col 3, 1), también está “en” este
hombre, con la plenitud de su redención, pues en todo cristiano se hace de nuevo
realidad la vida de Cristo, su crecimiento, su madurez, su pasión, muerte y
resurrección, que constituye su verdadera vida» (El testamento de Jesús,
Milán 1993, p. 141).
Jesús entró para siempre en la historia humana y sigue viviendo, con su
belleza y potencia, en aquel cuerpo frágil y siempre necesitado de purificación,
pero también infinitamente colmado de amor divino, que es la Iglesia. A él se
dirige en la liturgia para alabarlo y recibir la vida auténtica. La
contemporaneidad de Jesús se revela de modo especial en la Eucaristía, en la que
él está presente con su pasión, muerte y resurrección. Este es el motivo que
hace a la Iglesia contemporánea de todo hombre, capaz de abrazar a todos los
hombres y todas las épocas, porque la guía el Espíritu Santo con el fin de
continuar la obra de Jesús en la historia.
Confiándole estos pensamientos, venerado hermano, le envío de corazón a usted
y a todos los participantes en el congreso mi cordial saludo, con el deseo de
éxito. Acompaño vuestros trabajos con la oración y con mi bendición apostólica,
propiciadora de una comunión cada veza más íntima con Jesús y con el Padre que
lo envió a nosotros.
Vaticano, 9 de febrero de 2012
BENEDICTO PP. XVI
© Copyright 2011 - Libreria
Editrice Vaticana
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