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MENSAJE URBI ET ORBI
DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
PASCUA 2007
Hermanos y hermanas del mundo entero, ¡hombres y mujeres de buena voluntad!
¡Cristo ha resucitado! ¡Paz a vosotros! Se celebra hoy el gran misterio,
fundamento de la fe y de la esperanza cristiana: Jesús de Nazaret, el
Crucificado, ha resucitado de entre los muertos al tercer día, según las
Escrituras. El anuncio dado por los ángeles, al alba del primer día después del
sábado, a Maria la Magdalena y a las mujeres que fueron al sepulcro, lo
escuchamos hoy con renovada emoción: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que
vive? No está aquí, ha resucitado!” (Lc 24,5-6).
No es difícil imaginar cuales serían, en aquel momento, los
sentimientos de estas mujeres: sentimientos de tristeza y desaliento por la
muerte de su Señor, sentimientos de incredulidad y estupor ante un hecho
demasiado sorprendente para ser verdadero. Sin embargo, la tumba estaba abierta
y vacía: ya no estaba el cuerpo. Pedro y Juan, avisados por las mujeres,
corrieron al sepulcro y verificaron que ellas tenían razón. La fe de los
Apóstoles en Jesús, el Mesías esperado, había sufrido una dura prueba por el
escándalo de la cruz. Durante su detención, condena y muerte se habían
dispersado, y ahora se encontraban juntos, perplejos y desorientados. Pero el
mismo Resucitado se hizo presente ante su sed incrédula de certezas. No fue un
sueño, ni ilusión o imaginación subjetiva aquel encuentro; fue una experiencia
verdadera, aunque inesperada y justo por esto particularmente conmovedora.
“Entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros»” (Jn 20,19).
Ante aquellas palabras, se reavivó la fe casi apagada en sus ánimos.
Los Apóstoles lo contaron a Tomás, ausente en aquel primer encuentro
extraordinario: ¡Sí, el Señor ha cumplido cuanto había anunciado; ha resucitado
realmente y nosotros lo hemos visto y tocado! Tomás, sin embargo, permaneció
dudoso y perplejo. Cuando, ocho días después, Jesús vino por segunda vez al
Cenáculo le dijo: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en
mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente!”. La respuesta del apóstol es
una conmovedora profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,27-28).
“¡Señor mío y Dios mío!”. Renovemos también nosotros la profesión de fe
de Tomás. Como felicitación pascual, este año, he elegido justamente sus
palabras, porque la humanidad actual espera de los cristianos un testimonio
renovado de la resurrección de Cristo; necesita encontrarlo y poder conocerlo
como verdadero Dios y verdadero Hombre. Si en este Apóstol podemos encontrar las
dudas y las incertidumbres de muchos cristianos de hoy, los miedos y las
desilusiones de innumerables contemporáneos nuestros, con él podemos redescubrir
también con renovada convicción la fe en Cristo muerto y resucitado por nosotros.
Esta fe, transmitida a lo largo de los siglos por los sucesores de los Apóstoles,
continúa, porque el Señor resucitado ya no muere más. Él vive en la Iglesia y la
guía firmemente hacia el cumplimiento de su designio eterno de salvación.
Cada uno de nosotros puede ser tentado por la incredulidad de Tomás.
El dolor, el mal, las injusticias, la muerte, especialmente cuando afectan a
los inocentes —por ejemplo, los niños víctimas de la guerra y del terrorismo,
de las enfermedades y del hambre—, ¿no someten quizás nuestra fe a dura prueba?
No obstante, justo en estos casos, la incredulidad de Tomás nos resulta
paradójicamente útil y preciosa, porque nos ayuda a purificar toda concepción
falsa de Dios y nos lleva a descubrir su rostro auténtico: el rostro de un Dios
que, en Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad herida. Tomás ha
recibido del Señor y, a su vez, ha transmitido a la Iglesia el don de una fe
probada por la pasión y muerte de Jesús, y confirmada por el encuentro con Él
resucitado. Una fe que estaba casi muerta y ha renacido gracias al contacto con
las llagas de Cristo, con las heridas que el Resucitado no ha escondido, sino
que ha mostrado y sigue indicándonos en las penas y los sufrimientos de cada ser
humano.
“Sus heridas os han curado” (1 P 2,24), éste es el anuncio que
Pedro dirigió a los primeros convertidos. Aquellas llagas, que en un primer
momento fueron un obstáculo a la fe para Tomás, porque eran signos del aparente
fracaso de Jesús; aquellas mismas llagas se han vuelto, en el encuentro con el
Resucitado, pruebas de un amor victorioso. Estas llagas que Cristo ha contraído
por nuestro amor nos ayudan a entender quién es Dios y a repetir también: “Señor
mío y Dios mío”. Sólo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y
nuestro dolor, sobre todo el dolor inocente, es digno de fe.
¡Cuántas heridas, cuánto dolor en el mundo! No faltan calamidades
naturales y tragedias humanas que provocan innumerables víctimas e ingentes
daños materiales. Pienso en lo que ha ocurrido recientemente en Madagascar, en
las Islas Salomón, en América latina y en otras Regiones del mundo. Pienso en el
flagelo del hambre, en las enfermedades incurables, en el terrorismo y en los
secuestros de personas, en los mil rostros de la violencia —a veces justificada
en nombre de la religión—, en el desprecio de la vida y en la violación de los
derechos humanos, en la explotación de la persona. Miro con aprensión las
condiciones en que se encuentran tantas regiones de África: en el Darfur y en
los países cercanos se da una situación humana catastrófica y por desgracia
infravalorada; en Kinshasa, en la República Democrática del Congo, los choques y
los saqueos de las pasadas semanas hacen temer por el futuro del proceso
democrático congoleño y por la reconstrucción del país; en Somalia la
reanudación de los combates aleja la perspectiva de la paz y agrava la crisis
regional, especialmente por lo que concierne a los desplazamientos de la
población y al tráfico de armas; una grave crisis atenaza Zimbabwe, para la cual
los Obispos del país, en un reciente documento, han indicado como única vía de
superación la oración y el compromiso compartido por el bien común.
Necesitan reconciliación y paz: la población de Timor Este, que se
prepara a vivir importantes convocatorias electorales; Sri Lanka, donde sólo una
solución negociada pondrá punto final al drama del conflicto que lo ensangrienta;
Afganistán, marcado por una creciente inquietud e inestabilidad. En Medio
Oriente —junto con señales de esperanza en el diálogo entre Israel y la
Autoridad palestina—, por desgracia nada positivo viene de Irak, ensangrentado
por continuas matanzas, mientras huyen las poblaciones civiles; en el Líbano el
estancamiento de las instituciones políticas pone en peligro el papel que el
país está llamado a desempeñar en el área de Medio Oriente e hipoteca gravemente
su futuro. No puedo olvidar, por fin, las dificultades que las comunidades
cristianas afrontan cotidianamente y el éxodo de los cristianos de aquella
Tierra bendita que es la cuna de nuestra fe. A aquellas poblaciones renuevo con
afecto mi cercanía espiritual.
Queridos hermanos y hermanas: a través de las llagas de Cristo
resucitado podemos ver con ojos de esperanza estos males que afligen a la
humanidad. En efecto, resucitando, el Señor no ha quitado el sufrimiento y el
mal del mundo, pero los ha vencido en la raíz con la superabundancia de su
gracia. A la prepotencia del Mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor. Como vía
para la paz y la alegría nos ha dejado el Amor que no teme a la Muerte. “Que os
améis unos a otros —dijo a los Apóstoles antes de morir— como yo os he amado”
(Jn 13,34).
¡Hermanos y hermanas en la fe, que me escucháis desde todas partes de
la tierra! Cristo resucitado está vivo entre nosotros, Él es la esperanza de un
futuro mejor. Mientras decimos con Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”, resuena en
nuestro corazón la palabra dulce pero comprometedora del Señor: “El que quiera
servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien
me sirva, el Padre lo premiará” (Jn 12,26). Y también nosotros, unidos a
Él, dispuestos a dar la vida por nuestros hermanos (cf. 1 Jn 3,16, nos
convertimos en apóstoles de paz, mensajeros de una alegría que no teme el dolor,
la alegría de la Resurrección. Que María, Madre de Cristo resucitado, nos
obtenga este don pascual. ¡Feliz Pascua a todos!
© Copyright 2007 - Libreria
Editrice Vaticana
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