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BENEDICTO XVI
MENSAJE URBI ET ORBI
Navidad, martes 25 de diciembre de
2008
«Apparuit gratia Dei Salvatoris nostri omnibus hominibus" (Tt
2,11).
Queridos hermanos y hermanas, renuevo el alegre anuncio de la Natividad de
Cristo con las palabras del apóstol San Pablo: Sí, hoy «ha aparecido la gracia
de Dios, que trae la salvación para todos los hombres».
Ha aparecido. Esto es lo que la Iglesia celebra hoy. La gracia de Dios,
rica de bondad y de ternura, ya no está escondida, sino que «ha aparecido», se
ha manifestado en la carne, ha mostrado su rostro. ¿Dónde? En Belén. ¿Cuándo?
Bajo César Augusto durante el primer censo, al que se refiere también el
evangelista San Lucas. Y ¿quién la revela? Un recién nacido, el Hijo de la
Virgen María. En Él ha aparecido la gracia de Dios, nuestro Salvador. Por eso
ese Niño se llama Jehoshua, Jesús, que significa «Dios salva».
La gracia de Dios ha aparecido. Por eso la Navidad es fiesta de luz. No una
luz total, como la que inunda todo en pleno día, sino una claridad que se hace
en la noche y se difunde desde un punto preciso del universo: desde la gruta de
Belén, donde el Niño divino ha «venido a la luz». En realidad, es Él la luz
misma que se propaga, como representan bien tantos cuadros de la Natividad. Él
es la luz que, apareciendo, disipa la bruma, desplaza las tinieblas y nos
permite entender el sentido y el valor de nuestra existencia y de la historia.
Cada belén es una invitación simple y elocuente a abrir el corazón y la mente al
misterio de la vida. Es un encuentro con la Vida inmortal, que se ha hecho
mortal en la escena mística de la Navidad; una escena que podemos admirar
también aquí, en esta plaza, así como en innumerables iglesias y capillas de
todo el mundo, y en cada casa donde el nombre de Jesús es adorado.
La gracia de Dio ha aparecido a todos los hombres. Sí, Jesús, el
rostro de Dios que salva, no se ha manifestado sólo para unos pocos, para
algunos, sino para todos. Es cierto que pocas personas lo han encontrado en la
humilde y destartalada demora de Belén, pero Él ha venido para todos: judíos y
paganos, ricos y pobres, cercanos y lejanos, creyentes y no creyentes..., todos.
La gracia sobrenatural, por voluntad de Dios, está destinada a toda criatura.
Pero hace falta que el ser humano la acoja, que diga su «sí» como María, para
que el corazón sea iluminado por un rayo de esa luz divina. Aquella noche eran
María y José los que esperaban al Verbo encarnado para acogerlo con amor, y los
pastores, que velaban junto a los rebaños (cf. Lc 2,1-20). Una pequeña
comunidad, pues, que acudió a adorar al Niño Jesús; una pequeña comunidad que
representa a la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. También hoy,
quienes en su vida lo esperan y lo buscan, encuentran al Dios que se ha hecho
nuestro hermano por amor; todos los que en su corazón tienden hacia Dios desean
conocer su rostro y contribuir a la llegada de su Reino. Jesús mismo lo dice en
su predicación: estos son los pobres de espíritu, los afligidos, los humildes,
los hambrientos de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los
que trabajan por la paz, los perseguidos por la causa de la justicia (cf. Mt
5,3-10). Estos son los que reconocen en Jesús el rostro de Dios y se ponen en
camino, come a los pastores de Belén, renovados en su corazón por la alegría de
su amor.
Hermanos y hermanas que me escucháis, el anuncio de esperanza que constituye
el corazón del mensaje de la Navidad está destinado a todos los hombres.
Jesús ha nacido para todos y, como María lo ofreció en Belén a los pastores, en
este día la Iglesia lo presenta a toda la humanidad, para que en cada persona y
situación se sienta el poder de la gracia salvadora de Dios, la única que puede
transformar el mal en bien, y cambiar el corazón del hombre y hacerlo un «oasis»
de paz.
Que sientan el poder de la gracia salvadora de Dios tantas poblaciones que
todavía viven en tinieblas y en sombras de muerte (cf. Lc 1,79). Que la
luz divina de Belén se difunda en Tierra Santa, donde el horizonte parece
volverse a oscurecer para israelíes y palestinos; se propague en Líbano, en Irak
y en todo el Medio Oriente. Que haga fructificar los esfuerzos de quienes no se
resignan a la lógica perversa del enfrentamiento y la violencia, y prefieren en
cambio la vía del diálogo y la negociación para resolver las tensiones internas
de cada País y encontrar soluciones justas y duraderas a los conflictos que
afectan a la región. A esta Luz que transforma y renueva anhelan los habitantes
de Zimbabwe, en África, atrapado durante demasiado tiempo por la tenaza de una
crisis política y social, que desgraciadamente sigue agravándose, así como los
hombres y mujeres de la República Democrática del Congo, especialmente en la
atormentada región de Kivu, de Darfur, en Sudán, y de Somalia, cuyas
interminables tribulaciones son una trágica consecuencia de la falta de
estabilidad y de paz. Esta Luz la esperan sobre todo los niños de estos y de
todos los Países en dificultad, para que se devuelva la esperanza a su porvenir.
Donde se atropella la dignidad y los derechos de la persona humana; donde los
egoísmos personales o de grupo prevalecen sobre el bien común; donde se corre el
riesgo de habituarse al odio fratricida y a la explotación del hombre por el
hombre; donde las luchas intestinas dividen grupos y etnias y laceran la
convivencia; donde el terrorismo sigue golpeando; donde falta lo necesario para
vivir; donde se mira con desconfianza un futuro que se esta haciendo cada vez
más incierto, incluso en las Naciones del bienestar: que en todos estos casos
brille la Luz de la Navidad y anime a todos a hacer su propia parte, con
espíritu de auténtica solidaridad. Si cada uno piensa sólo en sus propios
intereses, el mundo se encamina a la ruina.
Queridos hermanos y hermanas, hoy «ha aparecido la gracia de Dios, el
Salvador» (cf. Tt 2,11) en este mundo nuestro, con sus capacidades y sus
debilidades, sus progresos y sus crisis, con sus esperanzas y sus angustias. Hoy
resplandece la luz de Jesucristo, Hijo del Altísimo e hijo de la Virgen María, «Dios
de Dios, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero... que por nosotros los
hombres y por nuestra salvación bajó del cielo». Lo adoramos hoy en todos los
rincones de la tierra, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Lo adoramos
en silencio mientras Él, todavía niño, parece decirnos para nuestro consuelo: No
temáis, «no hay otro Dios fuera de mí» (Is 45,22). Venid a mí, hombres y
mujeres, pueblos y naciones; venid a mí, no temáis. He venido al mundo para
traeros el amor del Padre, para mostraros la vía de la paz.
Vayamos, pues, hermanos. Apresurémonos como los pastores en la noche de Belén.
Dios ha venido a nuestro encuentro y nos ha mostrado su rostro, rico de gracia y
de misericordia. Que su venida no sea en vano. Busquemos a Jesús, dejémonos
atraer por su luz que disipa la tristeza y el miedo del corazón del hombre;
acerquémonos con confianza; postrémonos con humildad para adorarlo. Feliz
Navidad a todos.
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana
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