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MENSAJE URBI ET ORBI
DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
PASCUA 2011
(Vídeo)
Galería fotográfica
In resurrectione tua, Christe, coeli et terra laetentur. En
tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra (Lit. Hor.)
Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo:
La mañana de Pascua nos ha traído el anuncio antiguo y siempre nuevo:
¡Cristo ha resucitado! El eco de este acontecimiento, que surgió en Jerusalén
hace veinte siglos, continúa resonando en la Iglesia, que lleva en el corazón la
fe vibrante de María, la Madre de Jesús, la fe de la Magdalena y las otras
mujeres que fueron las primeras en ver el sepulcro vacío, la fe de Pedro y de
los otros Apóstoles.
Hasta hoy —incluso en nuestra era de comunicaciones supertecnológicas—
la fe de los cristianos se basa en aquel anuncio, en el testimonio de aquellas
hermanas y hermanos que vieron primero la losa removida y el sepulcro vacío,
después a los mensajeros misteriosos que atestiguaban que Jesús, el Crucificado,
había resucitado; y luego, a Él mismo, el Maestro y Señor, vivo y tangible, que
se aparece a María Magdalena, a los dos discípulos de Emaús y, finalmente, a los
once reunidos en el Cenáculo (cf. Mc 16,9-14).
La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación, de una
experiencia mística. Es un acontecimiento que sobrepasa ciertamente la historia,
pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella
indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro
de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que
ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el
esplendor de la Verdad y del Bien.
Así como en primavera los rayos del sol hacen brotar y abrir las yemas
en las ramas de los árboles, así también la irradiación que surge de la
resurrección de Cristo da fuerza y significado a toda esperanza humana, a toda
expectativa, deseo, proyecto. Por eso, todo el universo se alegra hoy, al estar
incluido en la primavera de la humanidad, que se hace intérprete del callado
himno de alabanza de la creación. El aleluya pascual, que resuena en la
Iglesia peregrina en el mundo, expresa la exultación silenciosa del universo y,
sobre todo, el anhelo de toda alma humana sinceramente abierta a Dios, más aún,
agradecida por su infinita bondad, belleza y verdad.
«En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra». A esta
invitación de alabanza que sube hoy del corazón de la Iglesia, los «cielos»
responden al completo: La multitud de los ángeles, de los santos y beatos se
suman unánimes a nuestro júbilo. En el cielo, todo es paz y regocijo. Pero en la
tierra, lamentablemente, no es así. Aquí, en nuestro mundo, el aleluya
pascual contrasta todavía con los lamentos y el clamor que provienen de tantas
situaciones dolorosas: miseria, hambre, enfermedades, guerras, violencias. Y,
sin embargo, Cristo ha muerto y resucitado precisamente por esto. Ha muerto a
causa de nuestros pecados de hoy, y ha resucitado también para redimir nuestra
historia de hoy. Por eso, mi mensaje quiere llegar a todos y, como anuncio
profético, especialmente a los pueblos y las comunidades que están sufriendo un
tiempo de pasión, para que Cristo resucitado les abra el camino de la libertad,
la justicia y la paz.
Que pueda alegrarse la Tierra que fue la primera a quedar inundada por
la luz del Resucitado. Que el fulgor de Cristo llegue también a los pueblos de
Oriente Medio, para que la luz de la paz y de la dignidad humana venza a las
tinieblas de la división, del odio y la violencia. Que, en Libia, la diplomacia
y el diálogo ocupen el lugar de las armas y, en la actual situación de conflicto,
se favorezca el acceso a las ayudas humanitarias a cuantos sufren las
consecuencias de la contienda. Que, en los países de África septentrional y de
Oriente Medio, todos los ciudadanos, y particularmente los jóvenes, se esfuercen
en promover el bien común y construir una sociedad en la que la pobreza sea
derrotada y toda decisión política se inspire en el respeto a la persona humana.
Que llegue la solidaridad de todos a los numerosos prófugos y refugiados que
provienen de diversos países africanos y se han viso obligados a dejar sus
afectos más entrañables; que los hombres de buena voluntad se vean iluminados y
abran el corazón a la acogida, para que, de manera solidaria y concertada se
puedan aliviar las necesidades urgentes de tantos hermanos; y que a todos los
que prodigan sus esfuerzos generosos y dan testimonio en este sentido, llegue
nuestro aliento y gratitud.
Que se recomponga la convivencia civil entre las poblaciones de Costa
de Marfil, donde urge emprender un camino de reconciliación y perdón para curar
las profundas heridas provocadas por las recientes violencias. Y que Japón, en
estos momentos en que afronta las dramáticas consecuencias del reciente
terremoto, encuentre alivio y esperanza, y lo encuentren también aquellos países
que en los últimos meses han sido probados por calamidades naturales que han
sembrado dolor y angustia.
Se alegren los cielos y la tierra por el testimonio de quienes sufren
contrariedades, e incluso persecuciones a causa de la propia fe en el Señor
Jesús. Que el anuncio de su resurrección victoriosa les infunda valor y
confianza.
Queridos hermanos y hermanas. Cristo resucitado camina delante de
nosotros hacia los cielos nuevos y la tierra nueva (cf. Ap 21,1), en la
que finalmente viviremos como una sola familia, hijos del mismo Padre. Él está
con nosotros hasta el fin de los tiempos. Vayamos tras Él en este mundo lacerado,
cantando el Aleluya. En nuestro corazón hay alegría y dolor; en nuestro
rostro, sonrisas y lágrimas. Así es nuestra realidad terrena. Pero Cristo ha
resucitado, está vivo y camina con nosotros. Por eso cantamos y caminamos, con
la mirada puesta en el Cielo, fieles a nuestro compromiso en este mundo.
Feliz Pascua a todos.
© Copyright 2011 - Libreria
Editrice Vaticana
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