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VISITA PASTORAL DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A
VITERBO Y BAGNOREGIO

ORACIÓN A LA VIRGEN DE LA ENCINA

 

Queridas hermanas: 

Es para mí una verdadera alegría poderme encontrar con vosotras en este lugar querido para la piedad popular. Vosotras, monjas de vida contemplativa, tenéis en la Iglesia la misión de ser antorchas que, en el silencio de los monasterios, arden de oración y de amor a Dios. A vosotras encomiendo mis intenciones, las intenciones del Pastor de esta diócesis y las necesidades de cuantos viven en esta tierra. A vosotras encomiendo, en este Año sacerdotal, sobre todo a los sacerdotes, a los seminaristas y las vocaciones. Sed con vuestro silencio orante su apoyo "a distancia" y ejerced con respecto a ellos vuestra maternidad espiritual, ofreciendo al Señor el sacrificio de vuestra vida por su santificación y por el bien de las almas. Os agradezco vuestra presencia y os bendigo de corazón; llevad el saludo y la bendición del Papa también a vuestras hermanas que no han podido venir. Os pido ahora que os unáis a mí al invocar la protección materna de María sobre esta comunidad diocesana y sobre los habitantes de esta tierra, rica en tradiciones religiosas y culturales.

Virgen Santa, Virgen de la Encina,
patrona de la diócesis de Viterbo,
reunidos en este santuario a ti consagrado,
te dirigimos una oración ferviente y confiada: 
vela por el Sucesor de Pedro
y por la Iglesia encomendada a su solicitud;
vela por esta comunidad diocesana y por sus pastores,
por Italia, por Europa y por los demás continentes.
Reina de la paz, alcánzanos el don
de la concordia y de la paz
para los pueblos y para toda la humanidad.

Virgen obediente, Madre de Cristo,
que con tu dócil "sí" al anuncio del ángel
te convertiste en Madre del Omnipotente,
ayuda a tus hijos a seguir
los planes que el Padre celestial tiene para cada uno,
a fin de cooperar al proyecto universal de redención,
que Cristo realizó muriendo en la cruz.

Virgen de Nazaret, Reina de la familia,
haz de nuestras familias cristianas fraguas de vida evangélica,
enriquecidas por el don de muchas vocaciones
al sacerdocio y a la vida consagrada.
Mantén firme la unidad de nuestras familias,
hoy tan amenazada por todas partes,
y haz de ellas hogares de serenidad y concordia,
donde el diálogo paciente disipe las dificultades y los contrastes.
Vela sobre todo por las que están divididas y en crisis,
Madre de perdón y de reconciliación.

Virgen Inmaculada, Madre de la Iglesia,
alimenta el entusiasmo de todos los componentes
de nuestra diócesis:  de las parroquias y de los grupos eclesiales,
de las asociaciones y de las nuevas formas de compromiso apostólico
que el Señor va suscitando con su Santo Espíritu;
haz que sea firme y decidida la voluntad de cuantos
el Dueño de la mies sigue llamando
como obreros a su viña, a fin de que,
resistiendo a toda adulación e insidia mundana,
perseveren generosamente
en el seguimiento del camino emprendido,
y, con tu ayuda materna, sean testigos de Cristo
atraídos por el fulgor de su amor, fuente de alegría.

Virgen Clemente, Madre de la humanidad,
dirige tu mirada a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo,
a los pueblos y sus gobernantes, a las naciones y los continentes;
consuela a quien llora, a quien sufre,
a quien padece a causa de la injusticia humana,
sostén a quien vacila bajo el peso de la fatiga
y contempla el futuro sin esperanza;
alienta a quien trabaja para construir un mundo mejor
donde triunfe la justicia y reine la fraternidad,
donde cesen el egoísmo y el odio, y la violencia.
Que toda forma y manifestación de violencia
sea vencida por la fuerza pacificadora de Cristo.

Virgen de la escucha, Estrella de la esperanza,
Madre de la Misericordia,
fuente por la cual vino al mundo Jesús,
nuestra vida y nuestro gozo,
te damos gracias y te renovamos la ofrenda de la vida,
seguros de que jamás nos abandonas,
especialmente en los momentos oscuros y difíciles de la existencia.
Acompáñanos siempre:  ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén.

 

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

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