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PALABRAS DE BENEDICTO XVI
AL FINAL DE LA PROYECCIÓN DE LA PELÍCULA "KAROL, UN HOMBRE QUE LLEGÓ A SER
PAPA"
Jueves 19 de mayo de 2005
Queridos hermanos y hermanas:
Estoy seguro de interpretar los sentimientos comunes al expresar profunda
gratitud a cuantos, esta tarde, han querido ofrecerme a mí y a todos vosotros la
proyección de esta conmovedora película, que recorre las etapas de la vida del
joven Karol Wojtyla, siguiéndolo después hasta su elección como Pontífice con el
nombre de Juan Pablo II. Saludo y doy las gracias al señor cardenal Roberto
Tucci, que nos ha introducido en la visión de la película. Expreso también mi
profundo aprecio al director y escenógrafo Giacomo Battiato, así como a los
actores, de manera especial a Piotr Adamczyk, intérprete del protagonista, al
productor Pietro Valsecchi y a las productoras Taodue y Mediaset.
Saludo cordialmente a los demás señores cardenales, a los obispos, a los
sacerdotes, a las autoridades y a todos los que han querido participar en esta
manifestación en honor del amado Pontífice recientemente fallecido. Lo
recordamos todos con profundo afecto e íntima gratitud. Precisamente ayer habría
festejado su 85° cumpleaños.
"Karol, un hombre que llegó a ser Papa" es el título del serial inspirado en un
texto de Gian Franco Svidercoschi. Como hemos visto, la primera parte pone de
relieve lo que sucedió en Polonia bajo la ocupación nazi, con referencias a
veces emotivamente muy fuertes a la represión del pueblo polaco y al genocidio
de los judíos. Se trata de crímenes atroces que muestran todo el mal que
encerraba en sí la ideología nazi. Afectado por tanto dolor y tanta violencia,
el joven Karol decidió dar un cambio a su vida, respondiendo a la llamada divina
al sacerdocio.
La película presenta escenas y episodios que, con su crudeza, suscitan en quien
la ve un estremecimiento instintivo y lo impulsan a reflexionar sobre los
abismos de perversidad que pueden anidar en el alma humana. Al mismo tiempo, la
evocación de semejantes aberraciones no puede por menos de reavivar en toda
persona sensata el compromiso de hacer lo que esté a su alcance para que no se
repitan jamás hechos de tan inhumana barbarie.
La proyección de hoy tiene lugar pocos días después del 60° aniversario del fin
de la segunda guerra mundial. El 8 de mayo de 1945 concluyó esa enorme tragedia,
que había sembrado en Europa y en el mundo destrucción y muerte en una medida
jamás experimentada antes. Hace diez años, Juan Pablo II escribió que el segundo
conflicto mundial aparece cada vez con mayor claridad como "un suicidio de la
humanidad". Cada vez que una ideología totalitaria humilla al hombre, la
humanidad entera se ve seriamente amenazada. Los recuerdos no deben borrarse con
el paso del tiempo; antes bien, deben convertirse en lección severa para nuestra
generación y para las generaciones futuras. Tenemos el deber de recordar,
especialmente a los jóvenes, a cuáles formas de violencia inaudita pueden llegar
el desprecio al hombre y la violación de sus derechos.
¿Cómo no leer a la luz de un providencial designio divino el hecho de que a un
pontífice polaco le haya sucedido en la cátedra de Pedro un ciudadano de esa
tierra, Alemania, donde el régimen nazi pudo imponerse con gran virulencia,
atacando después a las naciones vecinas, entre las cuales en particular Polonia?
Ambos Papas en su juventud, aunque en frentes opuestos y en situaciones
diferentes, experimentaron la barbarie de la segunda guerra mundial y de la
insensata violencia de hombres contra otros hombres y de pueblos contra otros
pueblos. La carta de reconciliación que, durante los últimos días del concilio
Vaticano II, aquí en Roma, los obispos polacos entregaron a los obispos
alemanes, contenía aquellas famosas palabras que siguen resonando hoy en nuestro
corazón: "Perdonamos y pedimos perdón".
En la homilía del domingo pasado recordé a los neosacerdotes que "nada puede
mejorar en el mundo, si no se supera el mal. Y el mal sólo puede superarse con
el perdón" (Homilía,
15 de mayo de 2005: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 20
de mayo de 2005, p. 4). Que la condena común y sincera del nazismo, al igual que
la del comunismo ateo, nos impulse a todos al compromiso de construir en el
perdón la reconciliación y la paz. "Perdonar —recordó también el amado Juan
Pablo II— no significa olvidar", y añadió que "si la memoria es ley de la
historia, el perdón es fuerza de Dios, fuerza de Cristo, que interviene en los
acontecimientos de los hombres" (Homilía en Castelgandofo y transmitida
por radio y televisión a Sarajevo, n. 6: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 16 de septiembre de 1994, p. 8). La paz es, ante todo, don
de Dios, que suscita en el corazón de quien la acoge sentimientos de amor y
solidaridad.
Ojalá que, también gracias al testimonio del Papa Juan Pablo II, evocado por
esta significativa producción cinematográfica, se reavive en todos el propósito
de trabajar, cada uno en su campo y según sus posibilidades, al servicio de una
decisiva acción de paz en Europa y en el mundo entero. Encomiendo los deseos
de paz que todos llevamos en el corazón a la intercesión materna de la Virgen
María, particularmente venerada durante este mes de mayo. Que ella, la Reina de
la paz, apoye los esfuerzos generosos de cuantos quieren trabajar en la
edificación de la verdadera paz sobre los sólidos pilares de la verdad, la
justicia, la libertad y el amor. Con estos sentimientos, imparto a todos la
bendición apostólica.
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