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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LA LIV ASAMBLEA GENERAL
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA


Lunes 30 de mayo de 2005

 

Queridos hermanos obispos italianos: 

Me alegra encontrarme esta mañana aquí con vosotros, reunidos en vuestra asamblea general, después de haber celebrado ayer con muchos de vosotros en Bari la santa misa conclusiva del Congreso eucarístico nacional. Saludo a vuestro presidente, cardenal Camillo Ruini, y le agradezco las cordiales palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Saludo a los tres vicepresidentes, al secretario general y a cada uno de vosotros; y deseo expresaros sentimientos de profunda comunión y afecto sincero. 

Han pasado sólo pocas semanas desde mi elección, y están muy vivos en nosotros los sentimientos que nos unieron en los días del sufrimiento y de la muerte de mi venerado predecesor, el siervo de Dios Juan Pablo II, un padre, un ejemplo y un amigo para cada uno de nosotros. Os estoy particularmente agradecido porque siento que me acogéis con el mismo espíritu con el que lo acompañasteis a él durante los veintiséis años de su pontificado.

Queridos hermanos, nuestro vínculo tiene por lo demás una raíz precisa, que es la que une a todos los obispos del mundo con el Sucesor de Pedro, pero que en esta nación asume un vigor especial, porque el Papa es Obispo de Roma y primado de Italia. La historia ha mostrado, a lo largo de ya veinte siglos, cuán grandes frutos ha dado este vínculo particular, tanto para la vida de fe y el florecimiento de civilización del pueblo italiano, como para el ministerio del mismo Sucesor de Pedro. Por eso, inicio el servicio nuevo e inesperado al que el Señor me ha llamado sintiéndome íntimamente confortado por vuestra cercanía y solidaridad; juntos podremos cumplir la misión que Jesucristo nos ha encomendado; juntos podremos dar testimonio de Cristo y hacerlo presente hoy, al igual que ayer, en los hogares y en el corazón de los italianos.

En efecto, la relación de Italia con la fe cristiana no sólo se remonta a la generación apostólica, a la predicación y al martirio de san Pedro y san Pablo, sino que también actualmente es profunda y viva. Ciertamente, esa forma de cultura, basada en una racionalidad puramente funcional, que contradice y tiende a excluir el cristianismo, y en general las tradiciones religiosas y morales de la humanidad, está presente y operante en Italia como, en cierta medida, por doquier en Europa. Pero aquí su hegemonía no es en absoluto total y mucho menos indiscutida:  en efecto, incluso entre quienes no comparten, o de cualquier modo no practican nuestra fe, son muchos los que están convencidos de que esa forma de cultura constituye en realidad una funesta mutilación del hombre y de su misma razón. Sobre todo en Italia, la Iglesia mantiene una presencia capilar entre personas de todas las edades y condiciones, y por tanto puede proponer en las situaciones más diversas el mensaje de salvación que el Señor le ha confiado.

Queridos hermanos, conozco vuestro empeño por mantener viva esta presencia y por incrementar su dinamismo misionero. En las Orientaciones pastorales que habéis entregado a las diócesis italianas para este primer decenio del nuevo siglo, recogiendo la enseñanza de Juan Pablo II en la Novo millennio ineunte, con acierto ponéis como fundamento de todo contemplar a Jesucristo y, en él, el verdadero rostro de Dios Padre, la relación viva y diaria con él. En efecto, aquí radica el alma y la energía secreta de la Iglesia, la fuente de la eficacia de nuestro apostolado. Sobre todo en el misterio de la Eucaristía nosotros mismos, nuestros sacerdotes y todos nuestros fieles podemos vivir plenamente esta relación con Cristo:  aquí él se hace presente en medio de nosotros, se entrega siempre de nuevo, se hace nuestro, para que nosotros seamos suyos y aprendamos su amor. El Año de la Eucaristía y el Congreso recién celebrado en Bari son estímulos que nos ayudan a entrar más profundamente en este misterio.

Al contemplar el rostro de Cristo, y en Cristo el rostro del Padre, María santísima nos precede, nos sostiene y nos acompaña. El amor y la devoción a la Madre del Señor, tan difundidos y arraigados en el pueblo italiano, son una valiosa herencia, que debemos cultivar siempre, y un gran recurso también con vistas a la evangelización. Queridos hermanos, sobre estas bases podemos proponernos verdaderamente a nosotros mismos y a nuestros fieles la vocación a la santidad, "alto grado de la vida cristiana ordinaria", según la feliz expresión de Juan Pablo II en la Novo millennio ineunte (n. 31):  en efecto, el Espíritu Santo viene a nosotros, de Cristo y del Padre, precisamente para introducirnos en el misterio de la vida y del amor de Dios, más allá de toda fuerza y expectativa humana.

En concreto, la presencia de la Iglesia en la población italiana se caracteriza ante todo por la amplia red de parroquias y por la vitalidad que expresan hasta ahora, a pesar de los grandes cambios de la sociedad y de la cultura. Por eso, en una reciente Nota pastoral vuestra ("El rostro misionero de las parroquias en un mundo que cambia") habéis tratado sabiamente de sostener las parroquias, reafirmando su valor y su función, y animando así en particular a los sacerdotes, que tienen la ardua responsabilidad de párrocos. Pero también habéis destacado la necesidad de que las parroquias asuman una actitud más misionera en la pastoral diaria y, por tanto, se abran a una colaboración más intensa con todas las fuerzas vivas de que la Iglesia dispone hoy.

Al respecto, es muy importante que se refuerce la comunión entre las estructuras parroquiales y las diversas realidades "carismáticas" surgidas en los últimos decenios y ampliamente presentes en Italia, para que la misión pueda llegar a todos los ambientes de vida. Con el mismo fin, ciertamente da una contribución valiosa la presencia de las comunidades religiosas, que en Italia son todavía numerosas, a pesar de la escasez de vocaciones.

Desde luego, la cultura es un terreno decisivo para el futuro de la fe y para la orientación global de la vida de una nación. Por eso, os pido que prosigáis el trabajo que habéis emprendido para que la voz de los católicos esté constantemente presente en el debate cultural italiano y, más aún, para que se refuerce la capacidad de elaborar racionalmente, a la luz de la fe, los múltiples interrogantes que se plantean en los diversos ámbitos del saber y en las grandes opciones de vida. Además, hoy la cultura y los modelos de comportamiento están cada vez más condicionados y caracterizados por las representaciones que proponen los medios de comunicación:  por tanto, es meritorio el esfuerzo de vuestra Conferencia para tener, también en este nivel, una adecuada capacidad de expresión a fin de proporcionar a todos una interpretación cristiana de los acontecimientos y de los problemas.

Así pues, la situación efectiva de la Iglesia en Italia confirma y justifica la atención y las expectativas que tienen con respecto a ella muchas Iglesias hermanas en Europa y en el mundo. Como destacó muchas veces mi amado predecesor Juan Pablo II, Italia puede y debe desempeñar un gran papel para dar un testimonio común de Jesucristo, nuestro único Salvador, y para que se reconozca en Cristo la medida del verdadero humanismo, tanto por lo que respecta a la conciencia de las personas como a la organización de la vida social.

Una cuestión neurálgica, que requiere nuestra máxima atención pastoral, es la familia. En Italia, mucho más que en otros países, la familia representa en verdad la célula fundamental de la sociedad; está profundamente arraigada en el corazón de las generaciones jóvenes y afronta múltiples problemas, ofreciendo apoyo y remedio a situaciones que, de otro modo, serían desesperadas.

Sin embargo, también en Italia, en el actual clima cultural, la familia está expuesta a muchos peligros y amenazas, que todos conocemos. En efecto, a la fragilidad e inestabilidad interna de muchas uniones conyugales se suma la tendencia, generalizada en la sociedad y en la cultura, a rechazar el carácter único y la misión propia de la familia fundada en el matrimonio. Por otra parte, precisamente Italia es una de las naciones en las que la escasez de nacimientos es más grave y persistente, con consecuencias ya graves para todo el cuerpo social. Por eso, ya desde hace mucho tiempo, los obispos italianos habéis unido vuestra voz a la de Juan Pablo II, ante todo para defender el carácter sagrado de la vida humana y el valor de la institución matrimonial, pero también para promover el papel de la familia en la Iglesia y en la sociedad, solicitando medidas económicas y legislativas que sostengan a las jóvenes familias en la generación y educación de los hijos.

Con el mismo espíritu, actualmente os estáis esforzando por iluminar y motivar las opciones de los católicos y de todos los ciudadanos acerca del referéndum ya inminente sobre la ley relativa a la procreación asistida:  precisamente por su claridad y concreción, vuestro compromiso es signo de la solicitud de los pastores por todo ser humano, que no puede reducirse jamás a un medio, sino que es siempre un fin, como nos enseña nuestro Señor Jesucristo en su Evangelio y como nos dice la misma razón humana. En este compromiso, y en todas las múltiples obras que forman parte de la misión y del deber de los pastores, estoy  cerca  de vosotros con la palabra y con la oración, confiando en la luz y en la gracia del Espíritu, que actúa en las conciencias y en los corazones.
 
La misma solicitud por el verdadero bien del hombre que nos impulsa a preocuparnos por el bien de las familias y por el respeto de la vida humana se expresa en la atención a los pobres que tenemos entre nosotros, a los enfermos, a los inmigrantes y a los pueblos diezmados por las enfermedades, las guerras y el hambre. Queridos hermanos obispos italianos, deseo agradeceros a vosotros y a vuestros fieles la generosidad de vuestra caridad, que contribuye a hacer de la Iglesia concretamente el pueblo nuevo en el que nadie es extranjero. Recordemos siempre las palabras del Señor:  cuanto hicisteis "a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).

Como sabéis, en agosto iré a Colonia para la Jornada mundial de la juventud, y espero encontrarme de nuevo con muchos de vosotros, acompañados por gran número de jóvenes italianos. Precisamente con respecto a los jóvenes, a su formación y a su relación con el Señor y con la Iglesia, quisiera añadir una última reflexión.

En efecto, como afirmó repetidamente Juan Pablo II, ellos son la esperanza de la Iglesia; pero en el mundo de hoy también están particularmente expuestos al peligro de ser "llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina" (Ef 4, 14). Por consiguiente, necesitan ayuda para crecer y madurar en la fe:  este es el primer servicio que deben recibir de la Iglesia, y especialmente de nosotros, los obispos, y de nuestros sacerdotes.

Sabemos bien que muchos de ellos no están en condiciones de comprender y de aceptar inmediatamente toda la enseñanza de la Iglesia, pero, precisamente por eso, es importante despertar en ellos la intención de creer con la Iglesia, la confianza en que esta Iglesia, animada y guiada por el Espíritu, es el verdadero sujeto de la fe, insertándonos en el cual entramos y participamos en la comunión de la fe. Para que esto se pueda realizar, los jóvenes deben sentirse amados por la Iglesia, amados concretamente por nosotros, obispos y sacerdotes. Así, podrán experimentar en la Iglesia la amistad y el amor que el Señor siente por ellos, comprenderán que en Cristo la verdad coincide con el amor y, a su vez, aprenderán a amar al Señor y a tener confianza en su cuerpo, que es la Iglesia. Queridos hermanos obispos italianos, este es hoy el punto central del gran desafío de la transmisión de la fe a las generaciones jóvenes.

Aseguro mi oración diaria por vosotros y por vuestras Iglesias, por toda la amada nación italiana, por su presente y su futuro cristiano, así como por la tarea que está llamada a realizar en Europa y en el mundo, y os imparto con afecto una especial bendición apostólica a vosotros, a vuestros sacerdotes y a cada familia italiana.

 

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