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ENCUENTRO DEL
SANTO PADRE CON LOS JÓVENES DE ROMA Y DEL LACIO COMO PREPARACIÓN PARA LA XXI
JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
RESPUESTAS DE SU
SANTIDAD BENEDICTO XVI A LOS JÓVENES
Jueves 6 de abril de 2006
Santidad, soy Simone, de la parroquia de San Bartolomé; tengo
21 años y estudio ingeniería química en la universidad "La Sapienza" de Roma.
Ante todo, quiero darle las gracias por habernos dirigido el Mensaje para la XXI
Jornada mundial de la juventud sobre el tema de la palabra de Dios que ilumina
los pasos de la vida del hombre. Ante las preocupaciones, las incertidumbres con
respecto al futuro e incluso simplemente cuando afronto la rutina de la vida
diaria, también yo siento la necesidad de alimentarme de la palabra de Dios y
conocer mejor a Cristo, a fin de encontrar respuestas a mis interrogantes. A
menudo me pregunto qué haría Jesús si estuviera en mi lugar en una situación
determinada, pero no siempre logro comprender lo que me dice la Biblia. Además,
sé que los libros de la Biblia fueron escritos por hombres diversos, en épocas
diversas y todas muy lejos de mí. ¿Cómo puedo reconocer que lo que leo es, en
cualquier caso, palabra de Dios que interpela mi vida? Muchas gracias.
Respondo subrayando por ahora un primer punto: ante todo se debe decir que
es preciso leer la sagrada Escritura no como un libro histórico cualquiera, por
ejemplo como leemos a Homero, a Ovidio o a Horacio. Hay que leerla realmente
como palabra de Dios, es decir, entablando una conversación con Dios. Al inicio
hay que orar, hablar con el Señor: "Ábreme la puerta". Es lo que dice con
frecuencia san Agustín en sus homilías: "He llamado a la puerta de la Palabra
para encontrar finalmente lo que el Señor me quiere decir". Esto me parece muy
importante. La Escritura no se lee en un clima académico, sino orando y diciendo
al Señor: "Ayúdame a entender tu palabra, lo que quieres decirme en esta
página".
Un segundo punto es: la sagrada Escritura introduce en la comunión con la
familia de Dios. Por tanto, la sagrada Escritura no se puede leer de forma
individual. Desde luego, siempre es importante leer la Biblia de un modo muy
personal, en una conversación personal con Dios, pero al mismo tiempo es
importante leerla en compañía de las personas con quienes se camina. Hay que
dejarse ayudar por los grandes maestros de la "lectio divina". Por
ejemplo, tenemos muchos libros buenos del cardenal Martini, un auténtico maestro
de la "lectio divina", que ayuda a penetrar en el sentido de la sagrada
Escritura. Él, que conoce bien todas las circunstancias históricas, todos los
elementos característicos del pasado, siempre trata de explicar que muchas
palabras aparentemente del pasado son también muy actuales. Estos maestros nos
ayudan a comprender mejor y también a aprender cómo se debe leer la sagrada
Escritura. Por lo general, conviene leerla también en compañía de los amigos que
están en camino conmigo y buscan, juntamente conmigo, cómo vivir con Cristo, qué
vida nos viene de la palabra de Dios.
Un tercer punto: si es importante leer la sagrada Escritura con la ayuda de
maestros, acompañados de los amigos, de los compañeros de camino, es importante
de modo especial leerla en la gran compañía del pueblo de Dios peregrino, es
decir, en la Iglesia. La sagrada Escritura tiene dos sujetos. Ante todo el
sujeto divino: es Dios quien habla. Pero Dios ha querido implicar al hombre en
su palabra. Mientras que los musulmanes están convencidos de que el Corán fue
inspirado oralmente por Dios, nosotros creemos que para la sagrada Escritura es
característica -como dicen los teólogos- la "sinergia", la colaboración de Dios
con el hombre. Dios implica a su pueblo con su palabra y así el segundo sujeto
-como he dicho, el primer sujeto es Dios- es humano. Están los escritores, pero
también está la continuidad de un sujeto permanente: el pueblo de Dios que
camina con la palabra de Dios y está en diálogo con Dios. Escuchando a Dios se
aprende a escuchar la palabra de Dios y luego también a interpretarla. Así se
hace presente la palabra de Dios, porque las personas mueren, pero el sujeto
vital, el pueblo de Dios, está siempre vivo y es idéntico a lo largo de los
milenios: es siempre el mismo sujeto vivo, en el que vive la Palabra.
Así se explican también muchas estructuras de la sagrada Escritura, sobre todo
la así llamada "relectura". Un texto antiguo es releído en otro libro,
-pongamos- cien años después, y entonces se entiende plenamente lo que no era
perceptible en aquel momento anterior, aunque ya estaba contenido en el texto
precedente. Y es releído otra vez algún tiempo después, y de nuevo se comprenden
otros aspectos, otras dimensiones de la Palabra; y así, en esta permanente
relectura y reescritura en el contexto de una continuidad profunda, mientras se
sucedían los tiempos de la espera, fue desarrollándose la sagrada Escritura. Por
último, con la venida de Cristo y con la experiencia de los Apóstoles, la
Palabra se hizo definitiva, de forma que ya no puede haber más reescrituras,
pero siguen siendo necesarias nuevas profundizaciones de nuestra comprensión. El
Señor dijo: "El Espíritu Santo os introducirá en una profundidad que ahora no
podéis tener".
Así pues, la comunión de la Iglesia es el sujeto vivo de la Escritura. Pero
también ahora el sujeto principal es el mismo Señor, el cual sigue hablando en
la Escritura que está en nuestras manos. Creo que debemos aprender estos tres
elementos: leerla en conversación personal con el Señor; leerla acompañados por
maestros que tienen la experiencia de la fe, que han penetrado en el sentido de
la sagrada Escritura; leerla en la gran compañía de la Iglesia, en cuya liturgia
estos acontecimientos se hacen siempre presentes de nuevo, en la que el Señor
nos habla ahora a nosotros, de forma que poco a poco penetramos cada vez más en
la sagrada Escritura, en la que Dios habla realmente con nosotros hoy.
Santo Padre, soy Anna, tengo 19 años; estudio literatura y
pertenezco a la parroquia de la Virgen del Carmen.
Uno de los principales problemas que debemos afrontar es el afectivo. A menudo
tenemos dificultad para amar, porque es fácil confundir amor con egoísmo, sobre
todo hoy, donde gran parte de los medios de comunicación social nos imponen una
visión individualista, secularizada, de la sexualidad; donde todo parece lícito
y todo se permite en nombre de la libertad y de la conciencia de las personas.
La familia fundada en el matrimonio parece ya prácticamente una invención de la
Iglesia, por no hablar de las relaciones prematrimoniales, cuya prohibición se
presenta, incluso a muchos de los que somos creyentes, como algo incomprensible
o pasado de moda... Sabiendo que somos muchos los que queremos vivir
responsablemente nuestra vida afectiva, ¿quiere explicarnos qué nos dice al
respecto la palabra de Dios? Muchas gracias.
Se trata de un gran problema y, ciertamente, no es posible responder en pocos
minutos, pero trataré de decir algo. Ya Anna dio una respuesta al decir que hoy
el amor a menudo es mal interpretado cuando se presenta como una experiencia
egoísta, mientras que en realidad consiste en abandonarse y así se transforma en
encontrarse. Ella dijo también que una cultura consumista falsifica nuestra vida
con un relativismo que parece concedernos todo y en realidad nos vacía. Pero
entonces escuchamos la palabra de Dios a este respecto. Anna, con razón, quería
saber qué dice la palabra de Dios.
Para mí es muy hermoso constatar que ya en las primeras páginas de la sagrada
Escritura, inmediatamente después del relato de la creación del hombre,
encontramos la definición del amor y del matrimonio. El autor sagrado nos dice:
"El hombre abandonará a su padre y a su madre, seguirá a su mujer y ambos serán
una sola carne", una única existencia. Estamos al inicio y ya se nos da una
profecía de lo que es el matrimonio; y esta definición permanece idéntica
también en el Nuevo Testamento. El matrimonio es este seguir al otro en el amor
y así llegar a ser una sola existencia, una sola carne, y por eso inseparables;
una nueva existencia que nace de esta comunión de amor, que une y así también
crea futuro.
Los teólogos medievales, interpretando esta afirmación que se encuentra al
inicio de la sagrada Escritura, decían que el matrimonio fue el primero de los
siete sacramentos en ser instituido por Dios, dado que lo instituyó ya en el
momento de la creación, en el Paraíso, al inicio de la historia, y antes de toda
historia humana. Es un sacramento del Creador del universo; por tanto, ha sido
inscrito precisamente en el ser humano mismo, que está orientado hacia este
camino, en el que el hombre deja a sus padres y se une a su mujer para formar
una sola carne, para que los dos lleguen a ser una sola existencia.
Por tanto, el sacramento del matrimonio no es una invención de la Iglesia; en
realidad, fue creado juntamente con el hombre como tal, como fruto del dinamismo
del amor, en el que el hombre y la mujer se encuentran mutuamente y así
encuentran también al Creador que los llamó al amor.
Es verdad que el hombre cayó y fue expulsado del Paraíso o, por decirlo de otra
forma, con palabras más modernas, es verdad que todas las culturas están
contaminadas por el pecado, por los errores del hombre en su historia, y así
queda oscurecido el plan inicial inscrito en nuestra naturaleza. De hecho, en
las culturas humanas hallamos este oscurecimiento del plan original de Dios. Sin
embargo, al mismo tiempo, observando las culturas, toda la historia cultural de
la humanidad, constatamos también que el hombre nunca ha podido olvidar del todo
este plan inscrito en lo más profundo de su ser. En cierto sentido, siempre ha
sabido que las demás formas de relación entre el hombre y la mujer no
correspondían realmente al plan original sobre su ser. De este modo, vemos cómo
las culturas, sobre todo las grandes culturas, siempre de nuevo se orientan
hacia esta realidad, la monogamia, el ser hombre y mujer una carne sola. Así en
la fidelidad puede crecer una nueva generación, puede continuarse una tradición
cultural, renovándose y realizando, en la continuidad, un auténtico progreso.
El Señor, que habló de esto mediante la voz de los profetas de Israel, aludiendo
a la concesión del divorcio por parte de Moisés, dijo: "Moisés os lo concedió
"por la dureza de vuestro corazón"". El corazón después del pecado "se
endureció", pero este no era el plan del Creador; y los profetas, cada vez con
mayor claridad, insistieron en ese plan originario. Para renovar al hombre, el
Señor, aludiendo a esas voces proféticas que siempre guiaron a Israel hacia la
claridad de la monogamia, reconoció con Ezequiel que, para vivir esta vocación,
necesitamos un corazón nuevo; en vez del corazón de piedra -como dice Ezequiel-
necesitamos un corazón de carne, un corazón realmente humano.
Y en el bautismo, mediante la fe, el Señor "implanta" en nosotros este corazón
nuevo. No es un trasplante físico, pero tal vez precisamente esta comparación
nos puede servir: después de un trasplante el organismo necesita cuidados,
necesita recibir las medicinas necesarias para poder vivir con el nuevo corazón,
de forma que llegue a ser "su corazón" y no "el corazón de otro". En este
"trasplante" espiritual, en el que el Señor nos implanta un corazón nuevo, un
corazón abierto al Creador, a la vocación de Dios, para poder vivir con este
corazón nuevo hacen falta cuidados adecuados, hay que recurrir a las medicinas
oportunas para que el nuevo corazón llegue a ser realmente "nuestro corazón".
Viviendo así en la comunión con Cristo, con su Iglesia, el nuevo corazón llega a
ser realmente "nuestro corazón" y se hace posible el matrimonio. El amor
exclusivo entre un hombre y una mujer, la vida en común de dos personas tal como
la diseñó el Creador resulta posible, aunque el ambiente de nuestro mundo la
haga tan difícil que parezca imposible.
El Señor nos da un corazón nuevo y nosotros debemos vivir con este corazón
nuevo, usando la terapias convenientes para que sea realmente "nuestro". Así es
como vivimos lo que el Creador nos ha dado y esto crea una vida verdaderamente
feliz. De hecho, podemos verlo también en este mundo, a pesar de tantos otros
modelos de vida: hay muchas familias cristianas que viven con fidelidad y
alegría la vida y el amor indicados por el Creador; así crece una nueva
humanidad.
Por último, quisiera añadir: todos sabemos que para llegar a una meta en el
deporte y en la profesión hacen falta disciplina y renuncias, pero todo eso
contribuye al éxito, ayuda a alcanzar la meta que se buscaba. Así, también la
vida misma, es decir, el llegar a ser hombres según el plan de Jesús, exige
renuncias; pero esas renuncias no son algo negativo; al contrario, ayudan a
vivir como hombres con un corazón nuevo, a vivir una vida verdaderamente humana
y feliz.
Dado que existe una cultura consumista que quiere impedirnos vivir según el plan
del Creador, debemos tener la valentía de crear islas, oasis, y luego grandes
terrenos de cultura católica, en los que se viva el plan del Creador.
Santo Padre, soy Inelida, tengo 17 años; soy ayudante del
jefe scout de los lobatos en la parroquia de San Gregorio Barbarigo y estudio en
el instituto "Mario Mafai".
En su Mensaje para la XXI Jornada mundial de la juventud, usted nos dijo que "es
urgente que surja una nueva generación de apóstoles arraigados en la palabra de
Cristo". Son palabras tan fuertes y comprometedoras que casi dan miedo.
Ciertamente, también nosotros quisiéramos ser nuevos apóstoles, pero ¿quiere
explicarnos con más detalle cuáles son, según usted, los mayores desafíos de
nuestro tiempo, y cómo sueña usted que deben ser estos nuevos apóstoles? En
otras palabras, ¿qué espera de nosotros, Santidad?
Todos nos preguntamos qué espera el Señor de nosotros. Me parece que el gran
desafío de nuestro tiempo -así me dicen también los obispos que realizan la
visita "ad limina", por ejemplo los de África- es el secularismo, es decir, un
modo de vivir y presentar el mundo como "si Deus non daretur", es decir,
como si Dios no existiera. Se quiere relegar a Dios a la esfera privada, a un
sentimiento, como si él no fuera una realidad objetiva; y así cada uno se forja
su propio proyecto de vida. Pero esta visión, que se presenta como si fuera
científica, sólo acepta como válido lo que se puede verificar con experimentos.
Con un Dios que no se presta al experimento de lo inmediato, esta visión acaba
por perjudicar también a la sociedad, pues de ahí se sigue que cada uno se forja
su propio proyecto y al final cada uno se sitúa contra el otro. Como se ve, una
situación en la que realmente no se puede vivir.
Debemos hacer que Dios esté nuevamente presente en nuestras sociedades. Esta me
parece la primera necesidad: que Dios esté de nuevo presente en nuestra vida,
que no vivamos como si fuéramos autónomos, autorizados a inventar lo que son la
libertad y la vida. Debemos tomar conciencia de que somos criaturas, constatar
que Dios nos ha creado y que seguir su voluntad no es dependencia sino un don de
amor que nos da vida.
Por tanto, el primer punto es conocer a Dios, conocerlo cada vez más, reconocer
en mi vida que Dios existe y que Dios cuenta para mí. El segundo punto es el
siguiente: si reconocemos que Dios existe, que nuestra libertad es una libertad
compartida con los demás y que por tanto debe haber un parámetro común para
construir una realidad común, surge la pregunta: ¿qué Dios? En efecto, hay
muchas imágenes falsas de Dios: un Dios violento, etc. La segunda cuestión, por
consiguiente, es reconocer al Dios que nos mostró su rostro en Jesús, que sufrió
por nosotros, que nos amó hasta la muerte y así venció la violencia.
Hay que hacer presente, ante todo en nuestra "propia" vida, al Dios vivo, al
Dios que no es un desconocido, un Dios inventado, un Dios sólo pensado, sino un
Dios que se ha manifestado, que se reveló a sí mismo y su rostro. Sólo así
nuestra vida llega a ser verdadera, auténticamente humana; y sólo así también
los criterios del verdadero humanismo se hacen presentes en la sociedad. También
aquí, como dije en la primera respuesta, es verdad que no podemos construir
solos esta vida justa y recta, sino que debemos caminar en compañía de amigos
justos y rectos, de compañeros con los que podamos hacer la experiencia de que
Dios existe y que es hermoso caminar con Dios. Y caminar en la gran compañía de
la Iglesia, que nos presenta a lo largo de los siglos la presencia del Dios que
habla, que actúa, que nos acompaña. Por tanto, podría decir: encontrar a Dios,
encontrar al Dios que se reveló en Jesucristo, caminar en compañía de su gran
familia, con nuestros hermanos y hermanas que forman la familia de Dios, esto me
parece el contenido esencial de este apostolado del que he hablado.
Santidad, me llamo Vittorio; soy de la parroquia de San Juan
Bosco en Cinecittà; tengo 20 años y estudio ciencias de la educación en la
universidad de Tor Vergata.
En ese mismo Mensaje nos invita a no tener miedo de responder con generosidad al
Señor, especialmente cuando propone seguirlo en la vida consagrada o en la vida
sacerdotal. Nos dice que no tengamos miedo, que nos fiemos de él y que no
quedaremos defraudados. Estoy convencido de que muchos de los que estamos aquí,
y muchos de los que nos siguen desde su casa a través de la televisión, están
pensando en seguir a Jesús por un camino de especial consagración, pero no
siempre es fácil descubrir si ese es el camino correcto. ¿Nos quiere decir cómo
descubrió usted cuál era su vocación? ¿Puede darnos consejos para comprender
mejor si el Señor nos llama a seguirlo en la vida consagrada o sacerdotal?
Muchas gracias.
Por lo que a mí se refiere, crecí en un mundo muy diferente del actual,
pero, en definitiva, las situaciones son semejantes. Por una parte, existía aún
la situación de "cristiandad", en la que era normal ir a la iglesia y aceptar la
fe como la revelación de Dios y tratar de vivir según la revelación; por otra,
estaba el régimen nazi, que afirmaba con voz muy fuerte: "En la nueva Alemania
no habrá ya sacerdotes, no habrá ya vida consagrada, no necesitamos ya a esta
gente; buscaos otra profesión".
Pero precisamente al escuchar esas "fuertes" voces, ante la brutalidad de aquel
sistema tan inhumano, comprendí que, por el contrario, había una gran necesidad
de sacerdotes. Este contraste, el ver aquella cultura antihumana, me confirmó en
la convicción de que el Señor, el Evangelio, la fe, nos indicaban el camino
correcto y nosotros debíamos esforzarnos por lograr que sobreviviera ese camino.
En esa situación, la vocación al sacerdocio creció casi naturalmente junto
conmigo y sin grandes acontecimientos de conversión. Además, en este camino me
ayudaron dos cosas: ya desde mi adolescencia, con la ayuda de mis padres y del
párroco, descubrí la belleza de la liturgia y siempre la he amado, porque sentía
que en ella se nos presenta la belleza divina y se abre ante nosotros el cielo.
El segundo elemento fue el descubrimiento de la belleza del conocer, el conocer
a Dios, la sagrada Escritura, gracias a la cual es posible introducirse en la
gran aventura del diálogo con Dios que es la teología. Así, fue una alegría
entrar en este trabajo milenario de la teología, en esta celebración de la
liturgia, en la que Dios está con nosotros y hace fiesta juntamente con
nosotros.
Como es natural, no faltaron dificultades. Me preguntaba si tenía realmente la
capacidad de vivir durante toda mi vida el celibato. Al ser un hombre de
formación teórica y no práctica, sabía también que no basta amar la teología
para ser un buen sacerdote, sino que es necesario estar siempre disponible con
respecto a los jóvenes, a los ancianos, a los enfermos, a los pobres; es
necesario ser sencillos con los sencillos. La teología es hermosa, pero también
es necesaria la sencillez de la palabra y de la vida cristiana. Así pues, me
preguntaba: ¿seré capaz de vivir todo esto y no ser unilateral, sólo un
teólogo? Pero el Señor me ayudó; y me ayudó, sobre todo, la compañía de los
amigos, de buenos sacerdotes y maestros.
Volviendo a la pregunta, pienso que es importante estar atentos a los gestos del
Señor en nuestro camino. Él nos habla a través de acontecimientos, a través de
personas, a través de encuentros; y es preciso estar atentos a todo esto. Luego,
segundo punto, entrar realmente en amistad con Jesús, en una relación personal
con él; no debemos limitarnos a saber quién es Jesús a través de los demás o de
los libros, sino que debemos vivir una relación cada vez más profunda de amistad
personal con él, en la que podemos comenzar a descubrir lo que él nos pide.
Luego, debo prestar atención a lo que soy, a mis posibilidades: por una parte,
valentía; y, por otra, humildad, confianza y apertura, también con la ayuda de
los amigos, de la autoridad de la Iglesia y también de los sacerdotes, de las
familias. ¿Qué quiere el Señor de mí? Ciertamente, eso sigue siendo siempre una
gran aventura, pero sólo podemos realizarnos en la vida si tenemos la valentía
de afrontar la aventura, la confianza en que el Señor no me dejará solo, en que
el Señor me acompañará, me ayudará.
Santo Padre, soy Giovanni, tengo 17 años, estudio en el
instituto "Giovanni Giorgi" de Roma y pertenezco a la parroquia de Santa María,
Madre de la Misericordia.
Le pido que nos ayude a entender mejor cómo pueden armonizarse la revelación
bíblica y las teorías científicas en la búsqueda de la verdad. A menudo nos
hacen creer que la ciencia y la fe son enemigas; que la ciencia y la técnica son
lo mismo; que la lógica matemática lo ha descubierto todo; que el mundo es fruto
de la casualidad; y que si la matemática no ha descubierto el teorema-Dios es
simplemente porque Dios no existe. Es decir, sobre todo cuando estudiamos, no
siempre es fácil descubrir en todas las cosas un proyecto divino, inscrito en la
naturaleza y en la historia del hombre. Así, a veces, la fe flaquea o se reduce
a un acto sentimental. También yo, Santo Padre, como todos los jóvenes, tengo
hambre de Verdad, pero ¿cómo puedo hacer para armonizar ciencia y fe?
El gran Galileo dijo que Dios escribió el libro de la naturaleza con la
forma del lenguaje matemático. Estaba convencido de que Dios nos ha dado dos
libros: el de la sagrada Escritura y el de la naturaleza. Y el lenguaje de la
naturaleza -esta era su convicción- es la matemática; por tanto, la matemática
es un lenguaje de Dios, del Creador. Reflexionemos ahora sobre qué es la
matemática: de por sí, es un sistema abstracto, una invención del espíritu
humano que como tal, en su pureza, no existe. Siempre es realizado de forma
aproximada, pero, como tal, es un sistema intelectual, es una gran invención
-una invención genial- del espíritu humano. Lo sorprendente es que esta
invención de nuestra mente humana es realmente la clave para comprender la
naturaleza, que la naturaleza está realmente estructurada de modo matemático,
y que nuestra matemática, inventada por nuestro espíritu, es realmente el
instrumento para poder trabajar con la naturaleza, para ponerla a nuestro
servicio, para servirnos de ella mediante la técnica.
Me parece casi increíble que coincidan una invención del intelecto humano y la
estructura del universo: la matemática inventada por nosotros nos da realmente
acceso a la naturaleza del universo y nos permite utilizarlo. Por tanto,
coinciden la estructura intelectual del sujeto humano y la estructura objetiva
de la realidad: la razón subjetiva y la razón objetivada en la naturaleza son
idénticas. Creo que esta coincidencia entre lo que nosotros hemos pensado y el
modo como se realiza y se comporta la naturaleza, son un enigma y un gran
desafío, porque vemos que, en definitiva, es "una" la razón que las une a
ambas: nuestra razón no podría descubrir la otra si no hubiera una idéntica
razón en la raíz de ambas.
En este sentido, me parece que precisamente la matemática -en la que, como tal,
Dios no puede aparecer- nos muestra la estructura inteligente del universo.
Ahora hay también teorías basadas en el caos, pero son limitadas, porque si
hubiera prevalecido el caos, toda la técnica sería imposible. La técnica es
fiable sólo porque nuestra matemática es fiable. Nuestra ciencia, que en
definitiva permite trabajar con la energía de la naturaleza, supone la
estructura fiable, inteligente, de la materia.
Así, vemos que hay una racionalidad subjetiva y una racionalidad objetiva en la
materia, que coinciden. Naturalmente, ahora nadie puede probar -como se prueba
con experimentos, en las leyes técnicas- que ambas tuvieron su origen en una
única inteligencia, pero me parece que esta unidad de inteligencia, detrás de
las dos inteligencias, es realmente manifiesta en nuestro mundo. Y cuanto más
podamos servirnos del mundo con nuestra inteligencia, tanto más manifiesto será
el plan de la Creación.
Por último, para llegar a la cuestión definitiva, yo diría: Dios o existe o no
existe. Hay sólo dos opciones. O se reconoce la prioridad de la razón, de la
Razón creadora que está en el origen de todo y es el principio de todo -la
prioridad de la razón es también prioridad de la libertad- o se sostiene la
prioridad de lo irracional, por lo cual todo lo que funciona en nuestra tierra y
en nuestra vida sería sólo ocasional, marginal, un producto irracional; la razón
sería un producto de la irracionalidad. En definitiva, no se puede "probar" uno
u otro proyecto, pero la gran opción del cristianismo es la opción por la
racionalidad y por la prioridad de la razón. Esta opción me parece la mejor,
pues nos demuestra que detrás de todo hay una gran Inteligencia, de la que nos
podemos fiar.
Pero a mí me parece que el verdadero problema actual contra la fe es el mal en
el mundo: nos preguntamos cómo es compatible el mal con esta racionalidad del
Creador. Y aquí realmente necesitamos al Dios que se encarnó y que nos muestra
que él no sólo es una razón matemática, sino que esta razón originaria es
también Amor. Si analizamos las grandes opciones, la opción cristiana es también
hoy la más racional y la más humana. Por eso, podemos elaborar con confianza una
filosofía, una visión del mundo basada en esta prioridad de la razón, en esta
confianza en que la Razón creadora es Amor, y que este amor es Dios.
* * *
Al final,
Benedicto XVI entregó a un grupo de jóvenes, en representación de todos, la
sagrada Escritura y les dijo:
A
fin de que, escuchándola con atención, sea cada vez más lámpara para vuestros
pasos y luz en vuestro camino. Queridos jóvenes, amad la palabra de Dios y amad
a la Iglesia, que os permite acceder a un tesoro de tanto valor, ayudándoos a
apreciar sus riquezas. Permaneced fieles a la Palabra que esta tarde la Iglesia,
a través del Sucesor de Pedro, os entrega, seguros de lo que nos dice el
evangelista san Juan: "Si permanecéis fieles a mi palabra, seréis
verdaderamente discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres"
(Jn
8, 31-32).
Benedicto XVI impartió la bendición y prosiguió:
Y ahora, como conclusión de este encuentro, queridos amigos, deseamos recordar
a un testigo de la palabra de Dios, mi venerado predecesor el siervo de Dios
Juan Pablo II. De acuerdo con la exhortación de la carta a los Hebreos, también
nosotros queremos recordarlo como el que nos ha anunciado la palabra de Dios y
considerando atentamente el final de su vida, queremos comprometernos a imitar
su fe. Por eso, con algunos de vosotros iré ahora a su tumba, a donde llevaremos
la cruz del Año santo, que os entregó al comienzo de las Jornadas mundiales de
la juventud, y el icono de María santísima, Salus Populi Romani.
Os pido que me
acompañéis en esta peregrinación uniéndoos a mi plegaria. Pidamos al Señor que
recompense al Papa Juan Pablo II por su gran obra de difusión del Evangelio en
el mundo y pidamos para nosotros su mismo celo apostólico, a fin de que la
Palabra de salvación, por obra de la Iglesia, se difunda en todos los ambientes
de vida y llegue a todo hombre hasta los extremos confines de la tierra.
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