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ENTREVISTA CONCEDIDA POR EL PAPA BENEDICTO XVI
A RADIO VATICANO Y A CUATRO CADENAS
DE TELEVISIÓN ALEMANAS
CON MOTIVO DE SU PRÓXIMO VIAJE APOSTÓLICO A ALEMANIA

Palacio Apostólico de Castelgandolfo
Sábado 5 de agosto de 2006

 

Hicieron las preguntas representantes de Radio Vaticano (RV) y de cuatro cadenas de televisión alemanas:  Bayerischer Rundfunk (BR, televisión de Baviera), la primera cadena nacional (ARD), la segunda (ZDF) y la cadena Deutsche Welle (DW).

Representante de BR: Santo Padre, en septiembre usted visitará Alemania o, con más precisión, naturalmente Baviera. "El Papa tiene nostalgia de su patria", así han dicho sus colaboradores en el curso de la preparación de este viaje. ¿Qué temas desearía tocar en particular durante la visita, y el concepto de "patria" forma parte de los valores que desea proponer de modo especial?

Benedicto XVI: Ciertamente. El motivo de la visita es precisamente que quiero volver a ver los lugares, las personas con las que he crecido, que me han marcado y han formado parte de mi vida. Personas a las que quiero manifestar mi gratitud. Y naturalmente también quiero expresar un mensaje que vaya más allá de mi tierra, como es coherente con mi ministerio. Simplemente he dejado que las conmemoraciones litúrgicas me indicaran los temas. El asunto fundamental es que debemos redescubrir a Dios, no a un Dios cualquiera, sino al Dios que tiene rostro humano, porque cuando vemos a Jesucristo vemos a Dios. Y partiendo de esto debemos hallar los caminos para encontrarnos mutuamente en la familia, entre las generaciones y también entre las culturas y los pueblos; los caminos de la reconciliación y la convivencia pacífica en este mundo. Los caminos que conducen hacia el futuro no los encontraremos si no recibimos la luz desde lo alto. Por tanto, no he elegido temas muy específicos, sino que es la liturgia la que me guía a expresar el mensaje fundamental de la fe, que naturalmente se inserta en la actualidad de hoy, en la que queremos buscar sobre todo la colaboración de los pueblos y los caminos posibles hacia la reconciliación y la paz.

Representante de ZDF: Como Papa, usted es responsable de la Iglesia en el mundo entero. Pero naturalmente su visita hace que la atención se dirija también a la situación de los católicos en Alemania. Ahora todos los observadores concuerdan en que el clima es bueno, entre otras causas, gracias a su elección. Pero naturalmente los antiguos problemas persisten. Por poner algunos ejemplos:  cada vez son menos los practicantes; cada vez son menos los bautizados; por lo general, cada vez influyen menos en la vida social. ¿Cómo ve usted la situación actual de la Iglesia católica en Alemania?

Benedicto XVI: Ante todo diría que Alemania forma parte de Occidente, si bien con sus características particulares, y en el mundo occidental hoy vivimos una ola de un nuevo iluminismo drástico o laicismo, o como se lo quiera llamar. Creer se ha vuelto más difícil, porque el mundo en el que nos encontramos está hecho completamente por nosotros mismos y en él, por decirlo así, Dios ya no aparece directamente. Ya no se bebe directamente de la fuente, sino del recipiente que se nos presenta ya lleno. Los hombres se han construido su propio mundo, y resulta difícil encontrar a Dios en este mundo. Esto no es específico de Alemania; es algo que se constata en todo el mundo, de manera particular en el occidental.

Por otra parte, Occidente está hoy fuertemente influenciado por otras culturas, en las que el elemento religioso originario es muy poderoso; esas culturas quedan horrorizadas por la frialdad que encuentran en Occidente con respecto a Dios. Y esta presencia de lo sagrado en otras culturas, aunque sea velada de muchas maneras, toca nuevamente al mundo occidental, nos toca a nosotros, que nos encontramos en una "encrucijada" de muchas culturas. Y también desde lo más profundo del hombre en Occidente, y en Alemania, surge el anhelo de algo "más grande". Vemos cómo la juventud busca "algo más"; en cierto modo el fenómeno religión —como se dice— vuelve, aunque se trate de un movimiento de búsqueda a menudo bastante indeterminado. Pero con todo esto la Iglesia está de nuevo presente; la fe se presenta como respuesta. Yo creo que esta visita, como la de Colonia, es precisamente una oportunidad para que se vea que creer es algo bello, que la alegría de una gran comunidad universal posee una fuerza que arrastra, que tras ella hay algo importante y que, por tanto, junto a los nuevos movimientos de búsqueda existen también nuevas perspectivas de fe, que nos llevan a unos hacia los otros y que son positivas también para la sociedad en su conjunto.

Representante de RV: Santo Padre, hace exactamente un año usted estaba en Colonia con los jóvenes, y creo que en esa ocasión experimentó que la juventud está muy dispuesta a acoger, y que usted personalmente fue muy bien acogido. En este próximo viaje, ¿lleva un mensaje especial para los jóvenes?

Benedicto XVI: Quisiera decir, antes que nada, que estoy muy contento de que haya jóvenes que quieran estar juntos, que quieran estar juntos en la fe, y que quieran hacer el bien. La disponibilidad al bien es muy fuerte en la juventud; basta pensar en las diversas formas de voluntariado. El compromiso para dar una contribución personal ante las necesidades de este mundo es una gran cosa. Por tanto, un primer impulso puede ser alentar a esto:  "Seguid adelante; buscad las ocasiones para hacer el bien; el mundo necesita esta voluntad, necesita este compromiso".

Luego, quizá, podría recordar el valor de las decisiones definitivas. Los jóvenes son muy generosos, pero ante el riesgo de comprometerse para toda la vida, sea en el matrimonio sea en el sacerdocio, se tiene miedo. El mundo está en continuo movimiento de manera dramática:  ¿Puedo disponer ya desde ahora de mi vida entera con todos sus imprevisibles acontecimientos futuros? ¿Con una decisión definitiva, no renuncio yo mismo a mi libertad, privándome de la posibilidad de cambiar? Conviene fomentar la valentía de tomar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que permiten crecer, caminar hacia adelante y lograr algo importante en la vida, son las únicas que no destruyen la libertad, sino que le indican la justa dirección en el espacio. Tener el valor de dar este salto —por así decir— a algo definitivo, acogiendo así plenamente la vida, es algo que me alegraría poder comunicar.

Representante de DW: Santo Padre, una pregunta sobre la política exterior. La esperanza de paz en Oriente Próximo se ha debilitado nuevamente en las semanas pasadas. ¿Qué posibilidades ve usted para la Santa Sede con respecto a la situación actual? ¿Qué influencia positiva puede ejercer usted en el desarrollo de la situación en Oriente Próximo?

Benedicto XVI: Naturalmente no tenemos ninguna posibilidad política, y no queremos ningún poder político. Pero queremos hacer un llamamiento a los cristianos y a todos aquellos que se sienten de alguna manera unidos e interpelados por la palabra de la Santa Sede, para que se movilicen todas las fuerzas que reconocen que la guerra es la peor solución para todos. No aporta nada bueno para nadie, ni siquiera para los supuestos "vencedores". En Europa lo sabemos muy bien, con la experiencia de las dos guerras mundiales. La paz es lo que todos necesitan. Existe una fuerte comunidad cristiana en el Líbano; hay cristianos también entre los árabes; hay cristianos en Israel; y los cristianos de todo el mundo se comprometen en favor de estos países tan queridos por todos nosotros. Existen fuerzas morales dispuestas a hacer comprender que la única solución es aprender a convivir. Estas son las fuerzas que queremos movilizar. Corresponde a los políticos encontrar los caminos para que esto acontezca lo más pronto posible y sobre todo de forma duradera.

Representante de BR: Como Obispo de Roma usted es Sucesor de san Pedro. ¿Cómo puede mostrarse de modo adecuado en los tiempos actuales el ministerio de Pedro? ¿Cómo ve usted la relación de tensión y equilibrio entre el primado del Papa, por una parte, y la colegialidad de los obispos, por otra?

Benedicto XVI: Existe naturalmente una relación de tensión y equilibrio, y así debe ser. La multiplicidad y la unidad deben encontrar siempre nuevamente su relación recíproca, y esta relación debe restablecerse de una manera siempre nueva en las cambiantes situaciones del mundo. Hoy en día existe una nueva polifonía de culturas, en la cual Europa ya no es la única que determina, sino que las comunidades cristianas de los diversos continentes están adquiriendo su propio peso, su propio color. Debemos fomentar siempre de nuevo esta sinergia. Por eso hemos desarrollado diversos instrumentos. Las visitas "ad limina" de los obispos, que han existido siempre, en la actualidad se valoran mucho más, pues permiten hablar con todos los organismos de la Santa Sede y también conmigo. Yo hablo personalmente con cada obispo. Ya he hablado con casi todos los obispos de África y con muchos de los de Asia. Ahora vendrán los de Europa central, Alemania, Suiza. En estos encuentros, en los que precisamente el centro y la periferia se encuentran juntos en un intercambio franco, crece la correcta relación recíproca en una tensión equilibrada.

Además tenemos otros instrumentos, como el Sínodo, o el consistorio, que yo celebraré regularmente y que quisiera desarrollar. En ellos, incluso sin tener un gran orden del día, se pueden discutir juntos los problemas actuales, intentando encontrar soluciones. Por un lado sabemos que el Papa no es un monarca absoluto, pero, escuchando todos a Cristo, —por decirlo de alguna forma— debe personificar la totalidad.

Es muy fuerte la conciencia de que resulta necesaria una instancia unificadora que asegure también la independencia de las fuerzas políticas y garantice que las comunidades cristianas no se identifiquen demasiado con las nacionalidades; es fuerte la conciencia de que es necesaria esa instancia superior y más amplia que, por una parte, cree unidad integrando dinámicamente todo y, por otra, acoja, acepte y promueva la multiplicidad. Por eso creo que, en este sentido, hay verdaderamente una adhesión íntima al ministerio petrino, con la voluntad de desarrollarlo ulteriormente, de forma que responda tanto a la voluntad del Señor como a las necesidades de los tiempos.

Representante de ZDF: Alemania como tierra de la Reforma está marcada naturalmente y de forma particular por las relaciones entre las distintas confesiones. Las relaciones ecuménicas son una realidad sensible, que de vez en cuando encuentra dificultades. ¿Qué posibilidades ve de mejorar la relación con la Iglesia evangélica, o qué dificultades ve en este camino?

Benedicto XVI: Quizá sea importante decir, antes que nada, que la Iglesia evangélica presenta una notable variedad. En Alemania, si no me equivoco, tenemos tres comunidades principales:  luteranos; reformados y la Unión prusiana. Además hoy se forman numerosas Iglesias libres (Freikirchen) y, dentro de las Iglesias clásicas, movimientos como la "Iglesia confesante" entre otras. Por tanto, se trata también de un conjunto con muchas voces, con el cual tenemos que entrar en diálogo, respetando la multiplicidad de voces, para buscar la unidad y entablar una colaboración.
 
Lo primero que hay que lograr es que en esta sociedad todos juntos nos preocupemos por hacer que sean claras las grandes directrices éticas, por encontrarlas nosotros mismos y por traducirlas en hechos, para garantizar de este modo la cohesión ética de la sociedad, sin la cual no puede llevar a cabo la finalidad de la política, que es la justicia para todos, una buena convivencia y la paz.

En este sentido creo que ya se ha conseguido mucho:  frente a los grandes desafíos morales nos encontramos realmente unidos gracias al fundamento cristiano común. Naturalmente, después hay que testimoniar a Dios en un mundo que tiene dificultades para encontrarlo, como ya hemos dicho; hay que hacer visible al Dios que tiene el rostro humano de Jesucristo, ofreciendo a los hombres el acceso a las fuentes sin las cuales la moral resulta estéril y pierde sus referencias; también hay que comunicar la alegría, porque no estamos solos en este mundo. Sólo de este modo nace la alegría ante la grandeza del hombre, que no es un producto defectuoso de la evolución, sino imagen de Dios.

Nos tenemos que mover en estos dos niveles:  el de las grandes referencias éticas y el que muestra, desde el interior de esas referencias y orientándose hacia ellas, la presencia de Dios, de un Dios concreto. Si lo hacemos, y sobre todo si cada una de nuestras comunidades trata de vivir la fe no de forma particularista, sino siempre desde sus raíces más profundas, entonces, aunque tal vez no lleguemos muy rápido a manifestaciones externas de unidad, avanzaremos hacia una unidad interior, que si Dios quiere un día llevará también a formas exteriores de unidad.

Representante de RV: Tema:  la familia. Hace un mes usted estuvo en Valencia para celebrar el Encuentro mundial de las familias. Quien ha escuchado con atención —como hemos intentado hacerlo desde Radio Vaticano— se ha dado cuenta de que usted no ha pronunciado la palabra "matrimonio homosexual", no ha hablado de aborto, ni de anticoncepción. Algunos observadores atentos han dicho:  "¡Interesante! Evidentemente su intención es anunciar la fe y no dar la vuelta al mundo como "apóstol de la moral"". ¿Nos puede hacer un comentario al respecto?

Benedicto XVI: Claro que sí. Ante todo debo decir que tuve solamente dos ocasiones de veinte minutos para hablar. Teniendo tan poco tiempo no se puede comenzar inmediatamente con lo negativo. Lo primero es saber qué es lo que queremos decir, ¿no es así? Y el cristianismo, el catolicismo no es un cúmulo de prohibiciones, sino una opción positiva. Y es muy importante que esto se vea nuevamente, ya que hoy esta conciencia ha desaparecido casi completamente. Se ha hablado mucho de lo que no está permitido, y ahora hay que decir:  Pero nosotros tenemos una idea positiva que proponer:  el hombre y la mujer están hechos el uno para el otro; existe una escala, por decirlo de algún modo:  sexualidad, eros, agapé, que son las dimensiones del amor; así se forma en primer lugar el matrimonio como encuentro, lleno de felicidad, entre un hombre y una mujer y después la familia, que garantiza la continuidad entre las generaciones; en ella se reconcilian las generaciones entre sí y también las culturas se pueden encontrar. Por tanto, sobre todo es importante poner de relieve lo que queremos.

En segundo lugar, se puede ver después también por qué no queremos algunas cosas. Y yo creo que es necesario reconocer que el hecho de que un hombre y una mujer estén hechos el uno para el otro para que la humanidad siga viviendo no es una invención católica:  en el fondo lo saben todas las culturas. Con respecto al aborto, no pertenece al sexto mandamiento, sino al quinto:  "No matarás". Y esto deberíamos considerarlo obvio, reafirmando siempre de nuevo que la persona humana comienza en el seno materno y sigue siendo persona humana hasta su último respiro. Es necesario respetar siempre al hombre como persona humana. Pero todo esto resulta más claro si antes hemos explicado lo positivo.

Representante de DW: Santo Padre, mi pregunta se relaciona en cierto modo con la del padre von Gemmingen. En todo el mundo los creyentes esperan de la Iglesia católica respuestas a los problemas globales más urgentes, como el sida y la superpoblación. ¿Por qué la Iglesia católica insiste tanto en la moral en lugar de intentar soluciones concretas para estos problemas cruciales de la humanidad, por ejemplo en el continente africano?

Benedicto XVI: Sí, el problema es:  ¿insistimos realmente demasiado en la moral? Después de mis conversaciones con los obispos africanos, estoy cada vez más convencido de que, si queremos avanzar en este campo, la cuestión fundamental es la educación, la formación. El progreso sólo puede ser progreso real si sirve a la persona humana y si la persona humana crece; no sólo debe crecer su poder técnico, sino también su capacidad moral. Y creo que el verdadero problema de nuestra situación histórica es el desequilibrio entre el crecimiento increíblemente rápido de nuestro poder técnico y el de nuestra capacidad moral, que no crece de forma proporcional.

Por eso la formación de la persona humana es la verdadera receta, la clave de todo; y este es también nuestro camino. En pocas palabras, esta formación tiene dos dimensiones. Ante todo, naturalmente, tenemos que aprender, adquirir conocimientos, capacidad, know-how, como se suele decir. En esta dirección Europa, y en los últimos decenios América, han hecho mucho, y se trata de algo importante. Pero si sólo se difunde el know-how, si sólo se enseña cómo se construyen y se usan las máquinas, y cómo se emplean los métodos de anticoncepción, entonces no debe sorprendernos  que al final nos encontremos  con  guerras  y con epidemias de sida.

Necesitamos dos dimensiones:  hace falta al mismo tiempo la formación del corazón —si me puedo expresar de este modo— con la que la persona humana adquiere referencias y así aprende también a usar correctamente la técnica, que es asimismo necesaria. Y esto es lo que estamos intentando hacer. En toda África, y también en muchos países de Asia, tenemos una gran red de escuelas de todos los grados, donde ante todo se puede aprender, adquirir verdadero conocimiento, capacidad profesional, y con ello alcanzar autonomía y libertad. Pero en estas escuelas nosotros no sólo tratamos de enseñar el know-how, sino también formar a personas que quieran reconciliarse, que sepan que tenemos que construir y no destruir, y que tengan las referencias necesarias para saber convivir.

En gran parte de África, las relaciones entre musulmanes y cristianos son ejemplares. Los obispos han formado comités comunes junto con los musulmanes para ver cómo crear paz en las situaciones de conflicto. Y esta red de escuelas, de aprendizaje y formación humana, que es muy importante, se completa con una red de hospitales y de centros de asistencia, que llegan de forma capilar incluso a las aldeas más remotas. Y en muchos lugares, a pesar de las destrucciones de la guerra, la Iglesia es la única realidad que ha permanecido intacta. No una fuerza, sino una realidad donde se cura, también a los enfermos de sida, y por otro lado se ofrece una educación que ayuda a entablar buenas relaciones con los demás. Por eso creo que se debería corregir la imagen según la cual sólo sembramos en nuestro entorno rígidos "no". Precisamente en África se trabaja mucho para que se puedan integrar las diferentes dimensiones de la formación y así sea posible superar la violencia y también las epidemias, entre las que están también la malaria y la tuberculosis.

Representante de BR: Santo Padre, el cristianismo se ha difundido por todo el mundo partiendo de Europa. Ahora muchos piensan que el futuro de la Iglesia se encuentra en los otros continentes. ¿Es verdad? En otras palabras, ¿qué futuro tiene el cristianismo en Europa, donde parece que se está reduciendo a asunto privado de una minoría?

Benedicto XVI: Ante todo, quiero hacer una aclaración. En realidad, como sabemos, el cristianismo nació en Oriente Próximo, y durante mucho tiempo su desarrollo principal se quedó allí, difundiéndose por Asia mucho más de lo que pensamos hoy tras los cambios introducidos por el islam. Por otra parte, precisamente por este motivo su eje se trasladó sensiblemente hacia Occidente y Europa, y Europa —estamos orgullosos de ello y nos alegramos— ha desarrollado ulteriormente el cristianismo en sus grandes dimensiones, también intelectuales y culturales. Pero creo que es importante que recordemos a los cristianos de Oriente, ya que se corre el peligro de que ellos, que han sido siempre una minoría importante, ahora emigren. Existe el peligro de que precisamente esos lugares donde tuvo su origen el cristianismo se queden sin cristianos. Creo que debemos ayudar mucho para que se puedan quedar.

Ahora contesto a su pregunta. Sin lugar a dudas, Europa se ha transformado en el centro del cristianismo y de su actividad misionera. Hoy los demás continentes, las otras culturas, entran con igual peso en el concierto de la historia del mundo. De este modo crece el número de las voces de la Iglesia, y esto es positivo. Conviene que se puedan expresar los diferentes temperamentos, los dones propios de África, de Asia y de América, especialmente de América Latina.
Naturalmente todos ellos no sólo han sido tocados por la palabra del cristianismo, sino también por el mensaje secularista de este mundo, que lleva también a los demás continentes la dura prueba que hemos sufrido en nosotros mismos. Todos los obispos del resto del mundo dicen:  todavía necesitamos a Europa, aunque Europa sea sólo una parte de un todo mayor. Todavía tenemos una responsabilidad al respecto. Para los otros continentes son muy importantes nuestras experiencias, la ciencia teológica que se ha desarrollado aquí, toda nuestra experiencia litúrgica, nuestras tradiciones, incluidas las experiencias ecuménicas que hemos acumulado.

Por eso es necesario que nosotros no nos rindamos, diciendo:  "Ya somos sólo una minoría; intentemos al menos conservar nuestro número reducido". Al contrario, debemos mantener vivo nuestro dinamismo, entablar relaciones de intercambio, para que en consecuencia nos lleguen de ahí nuevas fuerzas. Hoy hay sacerdotes indios y africanos en Europa, también en Canadá, donde trabajan muchos sacerdotes africanos. Es interesante. Se trata de un intercambio recíproco. Pero aunque en el futuro nos toque recibir más, debemos seguir siendo capaces de dar, desarrollando en este sentido la valentía y el dinamismo necesarios.

Representante de ZDF: Santo Padre, quiero volver a un tema del que ya se ha tratado. Las sociedades modernas en las decisiones importantes sobre política y ciencia no se orientan según los valores cristianos. Y la Iglesia, como muestran las encuestas, está considerada casi siempre sólo como una voz que amonesta o incluso frena. ¿No debería salir la Iglesia de esta posición defensiva, asumiendo una actitud más positiva en lo que respecta al futuro y a su construcción?

Benedicto XVI: Diría que en cualquier caso tenemos el deber de poner de relieve que nosotros queremos lo positivo. Y esto debemos hacerlo a través del diálogo con las culturas y las religiones, ya que, como he dicho, el continente africano, el alma africana y también el alma asiática están desconcertadas ante la frialdad de nuestra racionalidad. Es importante demostrar que aquí no sólo hay eso. De forma recíproca es importante que nuestro mundo laicista se dé cuenta de que la fe cristiana no es un impedimento, sino un puente para el diálogo con los otros mundos. No es correcto pensar que la cultura puramente racional, gracias a su tolerancia, permita un acercamiento más fácil a las otras religiones. Le falta en gran parte "el órgano religioso" y así el punto de enganche a partir del cual y con el cual los otros quieren entrar en relación. Por eso debemos y podemos mostrar que precisamente por la nueva interculturalidad, en la que vivimos, la pura racionalidad separada de Dios no es suficiente, sino que es necesaria una racionalidad más amplia, que vea a Dios en armonía con la razón; debemos mostrar que la fe cristiana, que se ha desarrollado en Europa, es también un medio para armonizar la razón y la cultura, y para integrarlas también con las acciones en una visión unitaria y comprensiva. En este sentido creo que tenemos una gran tarea:  mostrar que esta Palabra, que nosotros poseemos, no es algo perteneciente al pasado, sino que es necesaria también hoy.

Representante de RV: Santo Padre hablemos de sus viajes. Usted está en el Vaticano; posiblemente le cueste estar un poco lejos de la gente y separado del mundo, también aquí en el bellísimo ambiente de Castelgandolfo. Pero usted dentro de poco tendrá 80 años. ¿Piensa poder realizar muchos viajes, con la ayuda de Dios? ¿Tiene idea de los que quisiera realizar? ¿A Tierra Santa?, ¿a Brasil? ¿Lo sabe ya?

Benedicto XVI: En realidad, no estoy tan solo. Efectivamente existen —por decirlo de alguna manera— las murallas que dificultan el acceso, pero hay una "familia pontificia"; todos los días hay muchas visitas, especialmente cuando estoy en Roma. Llegan obispos y otras personas; hay visitas de Estado, de personalidades que quieren hablar conmigo también personalmente y no sólo de cuestiones políticas. En este sentido, gracias a Dios, tengo continuamente múltiples encuentros. Y también es importante que la sede del Sucesor de Pedro sea un lugar de encuentro. ¿No es verdad?

Además, desde el tiempo del Papa Juan XXIII, el péndulo se ha desplazado en otra dirección:  ahora son los Papas los que han comenzado a realizar visitas. Debo confesar que no me siento tan fuerte como para incluir en mi agenda muchos viajes largos, pero donde permiten dirigir un mensaje, donde responden a un auténtico deseo, los quisiera realizar, con la "dosis" que me sea posible. Alguno ya está previsto:  el próximo año en Brasil hay un encuentro del Celam, el Consejo episcopal latinoamericano, y creo que mi presencia allí es un paso importante, teniendo en cuenta las vicisitudes dramáticas que está viviendo América del sur y también las esperanzas que se tienen puestas en esa región. Después quisiera ir a Tierra Santa, y espero poder visitarla en tiempo de paz. Por lo demás, veremos qué me reserva la Providencia.

Representante de RV: Permítame insistir. Los austriacos hablan también alemán y lo esperan en Mariazell.

Benedicto XVI: Sí, ya está acordado. Yo sencillamente lo he prometido, de manera un poco imprudente. Es un lugar que me ha gustado tanto que he dicho:  "Sí, volveré a la Magna Mater Austriae". Naturalmente esa afirmación se convirtió inmediatamente en una promesa, y la mantendré con gusto.

Representante de RV: Insisto aún. Yo lo admiro cada miércoles, cuando celebra la audiencia general. Acuden cincuenta mil personas. Debe ser cansado, muy cansado. ¿Cómo logra resistir?

Benedicto XVI: Sí, Dios me da la fuerza necesaria. Y cuando se ve la acogida cordial, naturalmente uno se siente animado.

Representante de DW: Santo Padre, acaba de decir que ha hecho una promesa un poco imprudente. ¿Quiere decir que a pesar de su ministerio, con sus abundantes compromisos protocolarios, usted no se deja arrebatar su espontaneidad?

Benedicto XVI: En cualquier caso, lo intento, pues, aunque los compromisos estén fijados, yo quisiera conservar y realizar también algo propiamente personal.

Representante de BR: Santo Padre, las mujeres son muy activas en diversas funciones en la Iglesia católica. ¿Su aportación no debería ser más claramente visible, también en puestos de mayor responsabilidad en la Iglesia?

Benedicto XVI: Sobre este asunto naturalmente se reflexiona mucho. Como usted sabe, nosotros estamos convencidos de que nuestra fe, la constitución del Colegio de los Apóstoles, nos obliga y no nos permite conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres. Pero no hay que pensar que en la Iglesia la única posibilidad de desempeñar un papel importante es la de ser sacerdote. En la historia de la Iglesia hay muchísimas tareas y funciones. Basta recordar las hermanas de los Padres de la Iglesia, y la Edad Media, cuando grandes mujeres desempeñaron un papel muy decisivo, y también en la época moderna.

Pensemos en Hildegarda de Bingen, que protestaba enérgicamente ante los obispos y el Papa; en Catalina de Siena y en Brígida de Suecia. También en los tiempos modernos las mujeres deben buscar siempre de nuevo —y nosotros con ellas— el lugar que les corresponde. Hoy, están muy presentes en los dicasterios de la Santa Sede. Pero existe un problema jurídico:  el de la jurisdicción, es decir, el hecho de que, según el Derecho canónico, la facultad de tomar decisiones jurídicamente vinculantes va unida al Orden sagrado. Desde este punto de vista hay límites, pero creo que las mismas mujeres, con su ímpetu y su fuerza, con su "preponderancia", con su "fuerza espiritual", sabrán crearse su espacio. Y nosotros deberíamos tratar de ponernos a la escucha de Dios, para no oponernos a él; es más, nos alegramos de que el elemento femenino obtenga en la Iglesia el puesto operativo que le corresponde, comenzando por la Madre de Dios y por María Magdalena.

Santo Padre, en tiempos más recientes  se habla de una nueva fascinación del catolicismo. ¿Cuál es la vitalidad  y la capacidad de futuro de esta institución, por otra parte antiquísima?

Benedicto XVI: Todo el pontificado de Juan Pablo II ha atraído la atención de los hombres y los ha reunido. Lo que ocurrió con ocasión de su muerte fue un acontecimiento histórico muy especial:  cientos de miles de personas acudían con gran orden a la plaza de San Pedro, permanecían largas horas de pie y, en lugar de desfallecer, resistían sostenidas por una fuerza interior.

Luego lo revivimos con ocasión de la ceremonia de inicio de mi pontificado y también en Colonia. Es muy hermoso que la experiencia de la comunidad se convierta al mismo tiempo en una experiencia de fe; que la comunión no solamente se viva en un lugar cualquiera, sino que sea más viva precisamente en los lugares de la fe, haciendo que la catolicidad resplandezca con toda su luminosidad.

Como es obvio, esto debe realizarse también en la vida cotidiana. Las dos cosas deben ir juntas. Por una parte, los grandes momentos, en los que se experimenta que es hermoso participar, que el Señor está presente y que formamos una gran comunidad reconciliada más allá de todos los confines. Pero, naturalmente, después eso nos debe estimular para resistir durante las fatigosas vicisitudes de la vida diaria, afrontándolas a partir de estos puntos luminosos e invitando también a otros a formar parte de la comunidad en camino.

Pero quiero aprovechar esta ocasión para decir:  me sonroja todo lo que se está haciendo como preparación de mi visita, todo lo que la gente está haciendo. Mi casa ha sido pintada nuevamente; una escuela profesional ha rehecho el recinto. El profesor evangélico de religión ha colaborado para mi recinto. Se trata de pequeños detalles, pero son indicios de todo lo que se está haciendo. Todo esto lo considero extraordinario, y no lo refiero a mí mismo; lo veo como expresión de una voluntad de pertenecer a esta comunidad de fe y de un servicio recíproco. Me conmueve esa solidaridad, ese dejarse inspirar en esto por el Señor, y también por ello quiero dar gracias de todo corazón.

Santo Padre, usted ha hablado de la experiencia de la comunidad. Ahora va a ir a Alemania por segunda vez tras su elección. Por la Jornada mundial de la juventud, y posiblemente también por el campeonato mundial de fútbol, en cierto sentido el clima ha cambiado. Se tiene la impresión de que los alemanes se han abierto más al mundo, de que son más tolerantes, más alegres. ¿Qué cosa espera de los alemanes?

Benedicto XVI: Yo creo que, ya con el final de la segunda guerra mundial, comenzó naturalmente una transformación interior de la sociedad alemana, también de la mentalidad alemana, y que esa transformación se ha reforzado además con la reunificación. Nos hemos insertado mucho más en la sociedad mundial y naturalmente, en cierta medida, nos ha influido su mentalidad. Así salen a la luz también aspectos del carácter alemán que antes se desconocían. Posiblemente se nos ha caracterizado un poco como si todos fuéramos siempre disciplinados y reservados, algo que también tiene su fundamento. Pero me alegra que ahora se aprecie y resulte visible a todos que los alemanes no solamente son reservados, puntuales y disciplinados, sino también espontáneos, alegres y hospitalarios. Esto es muy hermoso. Mi deseo es que estas virtudes se desarrollen aún más y se hagan duraderas con el estímulo de la fe cristiana.

Representante de RV: Santo Padre, su Predecesor declaró beatos y santos a un número muy grande de cristianos. Algunos piensan que demasiados. De ahí mi pregunta:  las beatificaciones y las canonizaciones sólo benefician a la Iglesia si estas personas pueden ser consideradas como verdaderos modelos. Alemania da relativamente pocos santos y beatos, en comparación con otros países. ¿Se puede hacer algo para que esta dimensión pastoral se desarrolle, y para que la necesidad de beatificaciones y canonizaciones produzca un verdadero fruto pastoral?

Benedicto XVI: Al inicio yo también era de la idea de que la gran cantidad de beatificaciones casi nos abrumaba y que tal vez convenía elegir más:  sólo figuras que entrasen más claramente en nuestra conciencia. Mientras tanto he descentralizado las beatificaciones, para que estas figuras se hagan más visibles en los lugares específicos a los que pertenecen. Quizá un santo de Guatemala interesa menos en Alemania y, viceversa, uno de Altötting quizá no interesa mucho en Los Ángeles, y así sucesivamente.

En este sentido, creo que esta descentralización, que corresponde también a la colegialidad del Episcopado, a su estructura colegial, es algo oportuno precisamente para poner de relieve que los diferentes países tienen sus propias figuras y que estas son eficaces especialmente en esos mismos países. También he observado que estas beatificaciones en diferentes lugares afectan a innumerables personas y que la gente dice:  "¡Por fin uno de los nuestros!" y acude a él y le inspira devoción. El beato pertenece a ellos, y nosotros nos alegramos de que haya muchos. Y sería hermoso que gradualmente, con el desarrollo de la sociedad mundial, también nosotros los conociéramos mejor. Pero sobre todo es importante que también en este campo exista la multiplicidad; en este sentido es importante que también nosotros en Alemania aprendamos a conocer a nuestras propias figuras y a alegrarnos de ellas.

Paralelamente están las canonizaciones de las figuras más destacadas, que tienen relieve para toda la Iglesia. Yo creo que cada Conferencia episcopal debería elegir, debería ver quién es apto para nosotros, quién nos transmite realmente algo. Y debería hacer visibles esas figuras más significativas, dándolas a conocer a los fieles mediante la catequesis, la predicación; quizá se podrían presentar también mediante una película. Puedo imaginar películas muy hermosas. Yo naturalmente sólo conozco bien a los Padres de la Iglesia:  una película sobre san Agustín, también una sobre san Gregorio Nacianceno y su figura muy particular (huyó continuamente de las responsabilidades cada vez mayores que le venían asignadas), etc.

Conviene demostrar que no existen sólo situaciones desagradables como las que se presentan en tantas de nuestras películas, sino que en la historia hay también figuras admirables, que no son en absoluto aburridas y que tienen gran actualidad. En pocas palabras, hay que evitar cargar demasiado a la gente; más bien, conviene hacer visibles para muchos las figuras que son actuales y que inspiran devoción.

Representante de DW: ¿Historias en las que haya también humor? En 1989, en Munich, se le hizo entrega de la condecoración de la orden de Karl Valentin. ¿Qué papel desempeña en la vida de un Papa el humor y la desenvoltura?

Benedicto XVI: Yo no soy un hombre al que se le ocurran continuamente chistes. Pero considero muy importante, y diría que también necesario, para mi ministerio saber ver también el aspecto divertido de la vida y su dimensión alegre, sin tomarse todo de forma trágica. Un escritor dijo que los ángeles pueden volar porque no se toman demasiado en serio. Y nosotros quizá podríamos volar un poco más si no nos diéramos tanta importancia.

Cuando se desempeña un ministerio tan importante como el suyo, Santo Padre, es natural que sea muy observado. Los demás hablan de usted. Y, leyendo, me sorprendió lo que dicen muchos observadores:  que el Papa Benedicto es una personalidad diferente del cardenal Ratzinger. Por eso, me permito preguntarle:  ¿Cómo se ve a sí mismo?

Benedicto XVI: Me han analizado ya en diferentes ocasiones:  como profesor durante mi primer período y durante el período intermedio, como cardenal y en el período sucesivo. Ahora me analizan de nuevo. Naturalmente influyen las circunstancias y las situaciones, y también los hombres, ya que he asumido responsabilidades diferentes. Creo que mi personalidad fundamental y mi visión fundamental han crecido, pero en todo lo que es esencial han permanecido idénticas. Me alegra que ahora se pongan de relieve aspectos que antes no se notaban.

¿Se podría decir que su ministerio le gusta, que no es un peso para usted?

Benedicto XVI: Sería demasiado decir eso, porque en realidad es cansado, pero de todas formas intento encontrar la alegría también en este ministerio.

Conclusión (Bellut - ZDF): En nombre mío y en el de mis compañeros, le agradezco muy sinceramente esta entrevista, esta "primicia mundial". Nos alegra su próxima visita a Alemania, a Baviera. ¡Hasta pronto!

 

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

 

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