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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Queridos hermanos en el episcopado: Para favorecer la armonía en la Iglesia y contribuir a su dinamismo misionero, deseo que los miembros de los institutos de vida consagrada, cuyo constante servicio a la misión en vuestras diócesis alabo y agradezco, mantengan relaciones de confianza y colaboración con los pastores, viviendo una comunión profunda, no sólo dentro de cada comunidad, sino también con la Iglesia diocesana y universal. Ojalá que mediante la fidelidad a su vocación particular cada instituto manifieste siempre que sus obras son ante todo una expresión de la fe en el amor de Dios y que es poniendo este amor en el centro de la vida como responde realmente a las necesidades de los hombres. Una de las tareas mediante las cuales la Iglesia en vuestra región manifiesta más visiblemente el amor al prójimo es su compromiso con vistas al desarrollo social. Numerosas estructuras eclesiales permiten a vuestras comunidades ponerse con eficacia al servicio de los más pobres, signo de su convicción de que el amor al prójimo, arraigado en el amor a Dios, es constitutivo de la vida cristiana. Así, "toda la actividad de la Iglesia es expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano" (Deus caritas est, 19). Pero el cristianismo no debe reducirse a una sabiduría puramente humana, ni confundirse con un servicio social, pues se trata también de un servicio espiritual. Sin embargo, para el discípulo de Cristo el ejercicio de la caridad no puede ser un medio al servicio del proselitismo, dado que el amor es gratuito (cf. ib., 31). Prestáis frecuentemente el servicio al hombre en colaboración con hombres y mujeres que no comparten la fe cristiana, sobre todo con musulmanes. Así, los esfuerzos realizados para un encuentro en la verdad de creyentes de diferentes tradiciones religiosas contribuyen a la realización concreta del bien auténtico de las personas y de la sociedad. Es necesario profundizar cada vez más las relaciones fraternas entre las comunidades, para favorecer un desarrollo armonioso de la sociedad, reconociendo la dignidad de cada persona y permitiendo a todos practicar libremente su religión. Esta tarea de fomentar el desarrollo armonioso de la sociedad es especialmente urgente en Guinea Bissau, cuya población, en medio de grandes tensiones y laceraciones, aguarda aún una correcta orientación de las estructuras políticas y administrativas, consolidando su operatividad y su funcionamiento al servicio de una sociedad donde todos puedan ser artífices de un proyecto común. Sé que la Iglesia local se encuentra en primera línea en la promoción del diálogo y la cooperación entre todos los componentes de la nación; a través de la palabra iluminada por la fe, del testimonio constante de fidelidad al Evangelio y del generoso servicio pastoral, seguid siendo, amados pastores, puntos seguros de referencia y orientación para todos vuestros compatriotas. Extendiendo ahora la mirada a los diversos países, veo que una de las prioridades pastorales de vuestras diócesis es, con razón, la familia cristiana. Sin ella, faltaría la unidad básica de vida y de construcción de la "familia de Dios", como la Iglesia en vuestro continente se reconoció y se propuso ser en la asamblea sinodal de 1994. No podrá considerarse realmente insertada o encarnada mientras el ideal cristiano de vida familiar no arraigue en el pueblo africano. El camino para ello no pasa por cambios que alteren el núcleo central de la doctrina sacramental y familiar de la Iglesia, sino por una fidelidad radical de los esposos a la vida nueva abrazada en el bautismo y por la reconducción al Evangelio de Jesucristo del matrimonio africano tradicional, elemento destacado de las culturas locales. Para alcanzar su grado más alto, estas culturas precisan del encuentro con Cristo, pero también él espera este encuentro para que el acontecimiento de la Encarnación llegue a su plenitud, dando la "estatura completa" (cf. Ef 4, 13) al Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Esta, asumiendo los valores de las diversas culturas, se transforma en la novia, adornada con sus joyas, de la que habla el profeta Isaías (cf. Is 61, 10); y así también me complace veros, amadas diócesis de esta Conferencia episcopal. Adornaos con vuestras mejores joyas para Cristo Señor. Queridos hermanos en el episcopado, al concluir nuestro encuentro, encomiendo a cada una de vuestras comunidades diocesanas a la Virgen María, Reina de África. Llevad el saludo cordial del Papa y su aliento a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas, a los catequistas y a todos los fieles laicos de vuestras diócesis. Dios conceda a todos ser testigos fieles de su amor a los hombres. De corazón os imparto a todos una afectuosa bendición apostólica.
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana |
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