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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A UN GRUPO DE MIEMBROS
DEL CÍRCULO DE SAN PEDRO
Sábado 25 de febrero de 2006
Queridos amigos:
Me alegra acogeros y dirigiros a cada uno mi cordial saludo. Saludo a todos los
miembros de la presidencia general del Círculo de San Pedro, y en particular al
presidente, don Leopoldo de los Duques Torlonia, al que agradezco las amables
palabras con que ha introducido nuestro encuentro. Esta cita tradicional, que
tiene lugar inmediatamente después de la fiesta de la Cátedra del apóstol san
Pedro, constituye un momento particularmente significativo, en el que vuestra
benemérita asociación entrega al Papa el Óbolo de san Pedro, recogido en la
diócesis de Roma durante el año pasado. Por consiguiente, es para mí una
circunstancia propicia para manifestaros mi viva gratitud, pensando en el empeño
que ponéis en esta obra y, más aún, en el espíritu de fe y de amor a la Iglesia
con que la lleváis a cabo.
El "Óbolo de san Pedro" es la expresión más típica de la participación de todos
los fieles en las iniciativas del Obispo de Roma en beneficio de la Iglesia
universal. Es un gesto que no sólo tiene valor práctico, sino también
fuertemente simbólico, como signo de comunión con el Papa y de solicitud por las
necesidades de los hermanos; y por eso vuestro servicio posee un valor muy
eclesial.
Todo esto cobra mayor relieve a la luz de mi encíclica sobre el amor cristiano
Deus caritas est, cuya segunda parte, como sabéis, está dedicada
precisamente al ejercicio de la caridad por parte de la Iglesia como "comunidad
de amor". Por tanto, a vosotros, queridos responsables del Círculo de San Pedro,
quisiera entregaros idealmente la encíclica, porque, como fieles laicos
comprometidos fuertemente también en acciones caritativas, figuráis entre sus
primeros destinatarios.
En efecto, pensando precisamente en todos los que, como vosotros, colaboran en
lo que podríamos llamar el ministerio de la caridad de la comunidad cristiana,
tracé un perfil que os podrá ser útil considerar tanto a nivel personal como de
grupo (cf. nn. 33-39). Recordé que la motivación principal de la acción debe ser
siempre el amor a Cristo; que la caridad no se reduce a simple actividad y que
implica el don de sí; que este don debe ser humilde, sin aires de superioridad;
y que su fuerza proviene de la oración, como demuestra el ejemplo de los santos.
A los santos de la caridad que, desde el diácono Lorenzo, abundan en la historia
de la Iglesia de Roma, deseo encomendar el Círculo de San Pedro. Queridos
amigos, os agradezco nuevamente vuestra visita y el servicio que con empeño
prestáis desde hace muchos años al ministerio del Papa. Invoco sobre cada uno de
vosotros la protección de María santísima, para que os acompañe y sostenga
siempre. Por mi parte, os aseguro un recuerdo en mi oración, a la vez que os
bendigo de corazón, juntamente con todos los socios y con vuestras familias.
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana
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