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DISCURSO DEL PAPA
BENEDICTO XVI A LAS ASOCIACIONES CRISTIANAS DE TRABAJADORES ITALIANOS (ACLI)
Viernes 27 de enero de 2006
Venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado;
queridos miembros de las ACLI:
Nos encontramos hoy con ocasión del sexagésimo aniversario de la fundación de
las Asociaciones cristianas de trabajadores italianos. Saludo al presidente
Luigi Bobba, y le agradezco cordialmente las amables palabras que me ha dirigido
y que me han conmovido verdaderamente; saludo a los demás dirigentes y a cada
uno de vosotros. Dirijo un saludo especial a los obispos y a los sacerdotes que
os acompañan y cuidan de vuestra formación espiritual.
Vuestra asociación nació por la intuición clarividente del Papa Pío XII, de
venerada memoria, que quiso dar cuerpo a una presencia visible y eficaz de los
católicos italianos en el mundo del trabajo, sirviéndose de la valiosa
colaboración del entonces sustituto de la Secretaría de Estado, Giovanni Battista Montini. Diez años más tarde, el 1 de mayo de 1955, el mismo Pontífice
instituyó la fiesta de San José obrero, para proponer a todos los trabajadores
del mundo el camino de la santificación personal a través del trabajo, y
restituir así al esfuerzo diario la perspectiva de una auténtica humanización.
También hoy la cuestión del trabajo, en el centro de cambios rápidos y
complejos, sigue interpelando la conciencia humana y exige que no se pierda de
vista el principio de fondo que debe orientar toda opción concreta: el bien de
cada ser humano y de toda la sociedad.
Dentro de esta fidelidad fundamental al proyecto originario de Dios, quisiera
releer ahora brevemente con vosotros y para vosotros las tres "consignas" o
"fidelidades" que históricamente os habéis comprometido a encarnar en vuestra
multiforme actividad. La primera fidelidad que las ACLI están llamadas a vivir
es la fidelidad a los trabajadores. La persona es "la medida de la
dignidad del trabajo" (Compendio de la doctrina social de la Iglesia,
271). Por eso, el Magisterio ha recordado siempre la dimensión humana de la
actividad laboral, orientándola a su verdadera finalidad, sin olvidar que el
coronamiento de la enseñanza bíblica sobre el trabajo es el mandamiento del
descanso. Por consiguiente, exigir que el domingo no se homologue a todos los
demás días de la semana es una opción de civilización.
De la primacía del valor ético del trabajo humano derivan otras prioridades: la
del hombre sobre el trabajo mismo (cf.
Laborem exercens, 12), la del
trabajo sobre el capital (cf. ib.) y la del destino universal de los
bienes sobre el derecho a la propiedad privada (cf. ib., 14): en suma,
la prioridad del ser sobre el tener (cf. ib., 20). Esta jerarquía de
prioridades muestra con claridad que el ámbito del trabajo, con pleno derecho,
forma parte de la cuestión antropológica.
En este campo emerge hoy una nueva e inédita consecuencia de la cuestión social
relacionada con la defensa de la vida. Vivimos en un tiempo en el que la ciencia
y la técnica brindan posibilidades extraordinarias de mejorar la existencia de
todos. Pero un uso incorrecto de este poder puede provocar graves e irreparables
amenazas contra el destino de la vida misma. Por tanto, hay que reafirmar la
enseñanza del amado Juan Pablo II, que nos invitó a ver en la vida la nueva
frontera de la cuestión social (cf.
Evangelium vitae, 20). La defensa de
la vida, desde su concepción hasta su término natural, y dondequiera que se vea
amenazada, ofendida o ultrajada, es el primer deber en el que se expresa una
auténtica ética de la responsabilidad, que se extiende coherentemente a todas
las demás formas de pobreza, de injusticia y de exclusión.
La segunda consigna a la que quisiera animaros es, de acuerdo con el espíritu de
vuestros padres fundadores, la fidelidad a la democracia, la única que
puede garantizar la igualdad y los derechos de todos. En efecto, se da una
especie de dependencia recíproca entre democracia y justicia, que impulsa a
todos a comprometerse de modo responsable para que se salvaguarde el derecho de
cada uno, especialmente de los débiles o marginados. La justicia es el banco de
prueba de una auténtica democracia.
Dicho esto, no hay que olvidar que la búsqueda de la verdad constituye al mismo
tiempo la condición de posibilidad de una democracia real y no aparente: "Una
democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o
encubierto, como demuestra la historia" (Centesimus annus, 46). De aquí
la invitación a trabajar para que aumente el consenso en torno a un marco de
referencias comunes. De lo contrario, el llamamiento a la democracia corre el
riesgo de ser una mera formalidad de procedimiento, que perpetúa las diferencias
y acentúa los problemas.
La tercera consigna es la fidelidad a la Iglesia. Sólo una adhesión
cordial y apasionada al camino eclesial garantizará la identidad necesaria, que
se hace presente en todos los ámbitos de la sociedad y del mundo, sin perder el
sabor y el aroma del Evangelio. Con razón, las palabras que Juan Pablo II os
dirigió el 1 de mayo de 1995 —"Sólo el Evangelio renueva las ACLI"— indican aún
hoy a vuestra asociación el camino real, dado que os alientan a poner en el
centro de la vida asociativa la palabra de Dios y a considerar la evangelización
como parte integrante de vuestra misión.
Además, la presencia de los sacerdotes, para acompañaros en vuestra vida
espiritual, os ayuda a valorar vuestra relación con la Iglesia local y a
fortalecer vuestro compromiso ecuménico y de diálogo interreligioso. Como laicos
y trabajadores cristianos asociados, cuidad siempre la formación de vuestros
miembros y dirigentes, desde la perspectiva del servicio peculiar al que estáis
llamados. Como testigos del Evangelio y constructores de vínculos fraternos,
estad presentes con valentía en los ámbitos cruciales de la vida social.
Queridos amigos, el hilo conductor de la celebración de vuestro sexagésimo
aniversario ha sido volver a interpretar estas históricas "fidelidades",
valorando la cuarta consigna con la que el venerado Juan Pablo II os exhortó a
"ensanchar los confines de vuestra acción social" (Discurso a las ACLI,
27 de abril de 2002, n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 10 de mayo de 2002, p. 10). Que este compromiso para el futuro de la
humanidad esté animado siempre por la esperanza cristiana. Así también vosotros,
como testigos de Jesús resucitado, esperanza del mundo, contribuiréis a infundir
nuevo dinamismo a la gran tradición de las Asociaciones cristianas de
trabajadores italianos y, bajo la acción del Espíritu Santo, podréis cooperar a
renovar la faz de la tierra. Que Dios os acompañe y la Virgen santísima os
proteja a vosotros, a vuestras familias y todas vuestras iniciativas. Os bendigo
con afecto, asegurándoos un recuerdo especial en mi oración.
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana
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