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DISCURSO DEL SANTO
PADRE BENEDICTO XVI
Queridos hermanos y hermanas: Con esta Asamblea, y con el año pastoral que se inspirará en sus contenidos, la
diócesis de Roma prosigue el itinerario de larga duración que comenzó hace diez
años con la Misión ciudadana impulsada por mi amado predecesor Juan Pablo II. En
efecto, la finalidad es siempre la misma: reavivar la fe en nuestras
comunidades y tratar de despertarla, o suscitarla, en todas las personas y
familias de esta gran ciudad, donde la fe fue predicada y la Iglesia fue
implantada ya por la primera generación cristiana y, en particular por los
Apóstoles san Pedro y san Pablo. En realidad, descubrir la belleza y la alegría de la fe es un camino que cada nueva generación debe recorrer por sí misma, porque en la fe está en juego todo lo que tenemos de más nuestro y de más íntimo, nuestro corazón, nuestra inteligencia, nuestra libertad, en una relación profundamente personal con el Señor, que actúa en nuestro interior. Pero la fe es también radicalmente acto y actitud comunitaria; es el "creemos" de la Iglesia. Así pues, la alegría de la fe es una alegría que se ha de compartir: como afirma el apóstol san Juan, "lo que hemos visto y oído (el Verbo de la vida), os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. (...) Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo" (1 Jn 1, 3-4). Por eso, educar a las nuevas generaciones en la fe es una tarea grande y fundamental que atañe a toda la comunidad cristiana. Queridos hermanos y hermanas, como habéis podido comprobar, esta tarea resulta hoy especialmente difícil por varias razones, pero precisamente por esto es aún más importante y sumamente urgente. En efecto, se pueden descubrir dos líneas de fondo de la actual cultura secularizada, claramente dependientes entre sí, que impulsan en dirección contraria al anuncio cristiano y no pueden menos de influir en los que están madurando sus orientaciones y opciones de vida. La primera de esas líneas es el agnosticismo, que brota de la reducción de la inteligencia humana a simple razón calculadora y funcional, y que tiende a ahogar el sentido religioso inscrito en lo más íntimo de nuestra naturaleza. La segunda es el proceso de relativización y de desarraigo que destruye los vínculos más sagrados y los afectos más dignos del hombre, y como consecuencia hace frágiles a las personas, y precarias e inestables nuestras relaciones recíprocas. Precisamente en esta situación todos, especialmente nuestros muchachos,
adolescentes y jóvenes, necesitan vivir la fe como alegría, gustar la serenidad
profunda que brota del encuentro con el Señor. En la encíclica
Deus caritas
est escribí: "Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar
el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano
por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con
ello, una orientación decisiva" (n. 1). Así pues, es indispensable —y es la tarea encomendada a las familias cristianas,
a los sacerdotes, a los catequistas, a los educadores, a los jóvenes mismos con
respecto a sus coetáneos, a nuestras parroquias, asociaciones y movimientos, y,
por último, a toda la comunidad diocesana— que las nuevas generaciones puedan
experimentar a la Iglesia como una compañía de amigos realmente digna de
confianza, cercana en todos los momentos y circunstancias de la vida, tanto en
los alegres y gratificantes como en los arduos y oscuros; una compañía que no
nos abandonará jamás ni siquiera en la muerte, porque lleva en sí la promesa de
la eternidad. A vosotros, queridos muchachos y jóvenes de Roma, quisiera pediros
que os fiéis de la Iglesia, que la améis y confiéis en ella, porque en ella está
presente el Señor y porque lo único que busca es vuestro verdadero bien. Al contrario, la fe y la ética cristiana no pretenden ahogar el amor, sino hacerlo sano, fuerte y realmente libre: precisamente este es el sentido de los diez Mandamientos, que no son una serie de "no", sino un gran "sí" al amor y a la vida. En efecto, el amor humano necesita ser purificado, madurar y también ir más allá de sí mismo, para poder llegar a ser plenamente humano, para ser principio de una alegría verdadera y duradera; por consiguiente, para responder al anhelo de eternidad que lleva en su interior y al que no puede renunciar sin traicionarse a sí mismo. Este es el motivo fundamental por el cual el amor entre el hombre y la mujer sólo se realiza plenamente en el matrimonio. Por tanto, en toda la obra educativa, en la formación del hombre y del cristiano, no debemos dejar de lado, por miedo o por vergüenza, la gran cuestión del amor: si lo hiciéramos, presentaríamos un cristianismo desencarnado, que no puede interesar de verdad al joven que se abre a la vida. Sin embargo, también debemos introducir en la dimensión integral del amor cristiano, donde el amor a Dios y el amor al hombre están indisolublemente unidos y donde el amor al prójimo es un compromiso muy concreto. El cristiano no se contenta con palabras, y tampoco con ideologías engañosas, sino que sale al encuentro de las necesidades de sus hermanos comprometiéndose de verdad a sí mismo, sin contentarse con alguna buena acción esporádica. Así pues, proponer a los muchachos y a los jóvenes experiencias prácticas de servicio al prójimo más necesitado forma parte de una auténtica y plena educación en la fe. Al igual que la necesidad de amar, el deseo de la verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre. Por eso, en la educación de las nuevas generaciones, ciertamente no puede evitarse la cuestión de la verdad; más aún, debe ocupar un lugar central. En efecto, al interrogarnos por la verdad ensanchamos el horizonte de nuestra racionalidad, comenzamos a liberar la razón de los límites demasiado estrechos dentro de los cuales queda confinada cuando se considera racional sólo lo que puede ser objeto de experimento y cálculo. Es precisamente aquí donde tiene lugar el encuentro de la razón con la fe, pues en la fe acogemos el don que Dios hace de sí mismo revelándose a nosotros, criaturas hechas a su imagen; acogemos y aceptamos esa Verdad que nuestra mente no puede comprender por completo y no puede poseer, pero que precisamente por eso ensancha el horizonte de nuestro conocimiento y nos permite llegar al Misterio en el que estamos inmersos y encontrar en Dios el sentido definitivo de nuestra existencia. Queridos amigos, como sabemos bien, no es fácil aceptar esta superación de los límites de nuestra razón. Por eso, la fe, que es un acto humano muy personal, sigue siendo una opción de nuestra libertad, que también puede rechazarse. Ahora bien, aquí emerge una segunda dimensión de la fe, la de fiarse de una persona: no de una persona cualquiera, sino de Jesucristo, y del Padre que lo envió. Creer quiere decir entablar un vínculo personalísimo con nuestro Creador y Redentor, en virtud del Espíritu Santo que actúa en nuestro corazón, y hacer de este vínculo el fundamento de toda la vida. En efecto, Jesucristo "es la Verdad hecha persona, que atrae hacia sí al mundo. (...) Cualquier otra verdad es un fragmento de la Verdad que es él y a él remite" (Discurso a la Congregación para la doctrina de la fe, 10 de febrero de 2006: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de febrero de 2006, p. 3). Así, colma nuestro corazón, lo dilata y lo llena de alegría, impulsa nuestra inteligencia hacia horizontes inexplorados y ofrece a nuestra libertad su decisivo punto de referencia, sacándola de las estrecheces del egoísmo y capacitándola para un amor auténtico. Por consiguiente, en la educación de las nuevas generaciones no debemos tener
miedo de confrontar la verdad de la fe con las auténticas conquistas del
conocimiento humano. Los progresos de la ciencia son hoy muy rápidos y a menudo
se presentan como contrapuestos a las afirmaciones de la fe, provocando
confusión y haciendo más difícil la aceptación de la verdad cristiana. Pero
Jesucristo es y sigue siendo el Señor de toda la creación y de toda la
historia: "Todas las cosas fueron creadas por él y para él (...), y todo tiene
en él su consistencia" (Col 1, 16-17). Por eso, el diálogo entre la fe y
la razón, si se realiza con sinceridad y rigor, brinda la posibilidad de
percibir de modo más eficaz y convincente la racionalidad de la fe en Dios —no
en un Dios cualquiera, sino en el Dios que se reveló en Jesucristo— y de mostrar
que en el mismo Jesucristo se encuentra la realización de toda auténtica
aspiración humana. Hemos hablado de la fe como encuentro con Aquel que es la Verdad y el Amor.
También hemos visto que se trata de un encuentro al mismo tiempo comunitario y
personal, que debe tener lugar en todas las dimensiones de nuestra vida, a
través del ejercicio de la inteligencia, de las opciones de la libertad y del
servicio del amor. Sin embargo, existe un espacio privilegiado en el que este
encuentro se realiza de la manera más directa, se refuerza y se profundiza, y
así realmente es capaz de impregnar y caracterizar toda la existencia: este
espacio es la oración. Por eso, queridos hermanos y hermanas, en nuestro humilde servicio de testigos y
misioneros del Dios vivo debemos ser portadores de la esperanza que nace de la
certeza de la fe: así ayudaremos a nuestros hermanos y compatriotas a encontrar
el sentido y la alegría de la vida. En este compromiso, no descuidéis ninguna dimensión de la vida, porque Cristo
vino para salvar a todo el hombre, tanto en lo más íntimo de las conciencias
como en las expresiones de la cultura y en las relaciones sociales.
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana
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