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DISCURSO DEL SANTO
PADRE BENEDICTO XVI A LOS SOCIOS DE LA UNIÓN CRISTIANA DE EMPRESARIOS
DIRIGENTES
Sala Pablo VI, sábado 4 de marzo
Señores cardenales; queridos amigos de la Unión cristiana de
empresarios dirigentes:
Me alegra acogeros y dirigiros a cada uno mi cordial saludo. Saludo en
particular al cardenal Ennio Antonelli, que ha interpretado los sentimientos
comunes. Le doy las gracias por su discurso; agradezco también al presidente de
la Unión las amables palabras con las que ha introducido nuestro encuentro,
presentando las motivaciones y el estilo de vuestro compromiso personal y
asociativo. De modo especial, me ha impresionado el propósito que habéis
manifestado de tender a una ética que vaya más allá de la simple deontología
profesional, aunque en el contexto actual eso ya sería bastante.
Esto me ha hecho pensar en la relación entre justicia y caridad, a la que
dediqué una reflexión específica en la segunda parte de la encíclica
Deus
caritas est (cf. nn. 26-29). El cristiano está llamado a buscar siempre la
justicia, pero lleva en sí el impulso del amor, que va más allá de la misma
justicia. El camino realizado por los laicos cristianos, desde mediados del
siglo XIX hasta hoy, los ha llevado a tomar conciencia de que las obras de
caridad no deben sustituir el compromiso en favor de la justicia social. La
doctrina social de la Iglesia, y sobre todo la acción de numerosas asociaciones
de inspiración cristiana, como la vuestra, muestran cuán largo ha sido el camino
recorrido por la comunidad eclesial a este respecto.
En estos últimos tiempos, también gracias al magisterio y al testimonio de los
Romanos Pontífices, y en especial del amado Papa Juan Pablo II, a todos nos
resulta más claro que la justicia y la caridad son dos aspectos inseparables del
único compromiso social del cristiano. De modo particular, a los fieles laicos
les compete trabajar por un orden justo en la sociedad, participando
personalmente en la vida pública, cooperando con los demás ciudadanos bajo su
responsabilidad personal (cf.
Deus
caritas est, 29). Precisamente al
obrar así, están animados por la "caridad social", que los impulsa a estar
atentos a las personas en cuanto tales, a las situaciones de mayor dificultad y
soledad, y también a las necesidades no materiales (cf. ib., 28).
Hace dos años, gracias al Consejo pontificio Justicia y paz, se publicó el
Compendio de la doctrina social de la Iglesia. Se trata de un instrumento
formativo muy útil para todos los que quieren dejarse guiar por el Evangelio en
su actividad laboral y profesional. Estoy seguro de que ya ha sido objeto de
atento examen también por vuestra parte, y deseo que, tanto para cada uno de
vosotros como para las secciones locales de la UCID, se convierta en un punto de
referencia constante al examinar las cuestiones, al elaborar los proyectos, al
buscar las soluciones para los complejos problemas del mundo del trabajo y de la
economía. En efecto, precisamente en este ámbito realizáis una parte
irrenunciable de vuestra misión de laicos cristianos y, por tanto, de vuestro
camino de santificación.
Además, he leído con interés la "Carta de valores" de los jóvenes de la UCID, y
me complace el espíritu positivo y de confianza en la persona humana que la
anima. Cada "creo" va acompañado de un "me comprometo", buscando así la
coherencia entre una fuerte convicción y un consiguiente esfuerzo operativo. En
particular, he apreciado el propósito de valorar a toda persona por lo que es y
por lo que puede dar, según sus talentos, rechazando toda forma de explotación;
así como la importancia reconocida a la familia y a la responsabilidad personal.
Se trata de valores que, por desgracia, también a causa de las actuales
dificultades económicas, a menudo corren el riesgo de no ser puestos en práctica
por los empresarios que carecen de una sólida inspiración moral. Por eso es
indispensable la aportación de todos los que toman su inspiración moral de su
formación cristiana, que, con mayor razón, jamás se ha de considerar ya
plenamente adquirida, sino que debe alimentarse y renovarse siempre.
Queridos amigos, dentro de pocos días celebraremos la solemnidad de san José,
patrono de los trabajadores. Seguramente siempre ha sido venerado por vuestra
asociación a lo largo de su historia. Yo, que también llevo su nombre, me alegro
hoy de poder presentároslo no sólo como protector e intercesor celestial de toda
iniciativa benemérita, sino también como confidente de vuestra oración, de
vuestro compromiso ordinario, en el que ciertamente se alternan satisfacciones y
desilusiones, de vuestra diaria y —diría— tenaz búsqueda de la justicia de Dios
en las cosas humanas.
Precisamente san José os ayudará a poner en práctica la exigente exhortación de
Jesús: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia" (Mt 6, 33). Que
también os asista siempre la Virgen María, así como los grandes testigos de la
caridad social, que han difundido con su enseñanza y su acción el evangelio de
la caridad. Por último, que os acompañe la bendición apostólica, que de corazón
os imparto a vosotros, aquí presentes, y de buen grado extiendo a todos los
socios y a vuestros familiares.
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana
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