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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL SEÑOR KAGEFUMI UENO,
 NUEVO EMBAJADOR DE JAPÓN ANTE LA SANTA SEDE*


Lunes 13 de noviembre de 2006

 

Señor embajador: 

Con placer acojo a su excelencia en esta solemne circunstancia de la presentación de las cartas que lo acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de Japón ante la Santa Sede.
Le agradezco las amables palabras que acaba de dirigirme, así como los saludos que me ha transmitido de parte de su majestad el emperador Akihito. Le ruego que le exprese mis mejores deseos para su persona así como para la familia imperial. Alegrándome vivamente por las relaciones de respeto y simpatía que Japón mantiene con la Santa Sede, saludo muy cordialmente al pueblo japonés, deseándole que prosiga su desarrollo humano y espiritual, con respeto de la dignidad de la persona humana, buscando siempre promover la paz y la solidaridad entre los pueblos.

Señor embajador, tal como usted ha señalado, las ricas tradiciones culturales y espirituales de su país han contribuido a la expansión de los valores humanos fundamentales. El reconocimiento de la dimensión espiritual de la sociedad, suscitando un auténtico diálogo entre las religiones y entre las culturas, no puede menos de favorecer una vida común fraterna y solidaria, la única que permite el desarrollo integral del hombre. En efecto, la colaboración interreligiosa e intercultural se puede realizar en numerosos campos de acción, principalmente en los ámbitos del compromiso en favor de una sociedad justa, de la paz mundial y de la lucha contra la pobreza mediante una solidaridad cada vez mayor.

Hoy más que nunca la búsqueda de la paz entre las naciones debe ser una prioridad en las relaciones internacionales. Las crisis que sufre el mundo no pueden encontrar una solución definitiva con la violencia; por el contrario, se resolverán con medios pacíficos respetando los compromisos asumidos. Como se sabe y la experiencia no cesa de demostrarlo, la violencia no puede ser nunca una respuesta justa a los problemas de las sociedades, puesto que destruye la dignidad, la vida y la libertad del hombre, al que pretende defender. Para construir la paz, son importantes los caminos de orden cultural, político y económico. "Ahora bien, en primer lugar, la paz se debe construir en los corazones. Ahí es donde se desarrollan los sentimientos que pueden alimentarla o, por el contrario, amenazarla, debilitarla y ahogarla" (Mensaje con ocasión del XX aniversario del encuentro interreligioso de oración por la paz en Asís, 2 de septiembre de 2006:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de septiembre de 2006, p. 3).

Así pues, alegrándome de los pasos realizados, invito a su país a proseguir decididamente sus esfuerzos para contribuir al establecimiento de una paz justa y estable en el mundo, de modo especial en el Extremo Oriente. En la crisis que atraviesa actualmente esa región, la Santa Sede alienta las negociaciones bilaterales o multilaterales, convencida de que la solución debe buscarse con medios pacíficos y en el respeto de los compromisos asumidos por todas las partes presentes, para lograr la desnuclearización de la península coreana.

Desde esta misma perspectiva, deseo vivamente que la comunidad internacional prosiga e intensifique su ayuda humanitaria a las poblaciones más vulnerables, sobre todo en Corea del norte, a fin de que una eventual interrupción no entrañe para la población civil consecuencias muy graves.
Por lo demás, señor embajador, me alegra la generosa contribución que aporta su país para la ayuda a los países más pobres. En efecto, es necesario que los vínculos de interdependencia entre los pueblos, que se desarrollan cada vez más, vayan acompañados por un intenso compromiso para que las consecuencias nefastas de las fuertes diferencias que persisten entre los países desarrollados y los países en vías de desarrollo no se agraven, sino que se transformen en una solidaridad auténtica, impulsando el crecimiento económico y social de los países más pobres.

Me alegra el respeto del que goza la Iglesia católica en Japón. A través de usted, señor embajador, quisiera saludar cordialmente a los obispos y a todos sus diocesanos, animándolos a vivir cada vez más firmemente en la comunión de la fe y a proseguir su compromiso en favor de la paz y la reconciliación entre los pueblos de la región, mediante una colaboración generosa con sus compatriotas.

Al comenzar su misión ante la Sede apostólica, le expreso mis mejores deseos para su feliz cumplimiento. Quiero asegurarle que aquí, entre mis colaboradores, encontrará siempre un apoyo cordial y atento.

Sobre su majestad el emperador Akihito y sobre la familia imperial, sobre el pueblo japonés y sobre sus dirigentes, así como sobre su excelencia, sobre sus colaboradores y sobre su familia, invoco de todo corazón la abundancia de las bendiciones divinas.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.48 p.8 (624).

 

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

 

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