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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LOS PROFESORES Y
ALUMNOS DE LAS UNIVERSIDADES Y ATENEOS ECLESIÁSTICOS DE ROMA
Lunes 23 de octubre de 2006
Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el
sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:
Me alegra encontrarme con vosotros al final de la santa misa y poder así
expresaros mis mejores deseos para el nuevo año académico. Saludo en primer
lugar al señor cardenal Zenon Grocholewski, prefecto de la Congregación para la
educación católica, que ha presidido la concelebración eucarística, y le
agradezco cordialmente las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre.
Saludo al secretario y a los demás colaboradores del dicasterio para la
educación católica, renovando a todos la expresión de mi gratitud por el valioso
servicio que prestan a la Iglesia en un ámbito tan importante para la formación
de las nuevas generaciones. Mi saludo se extiende a los rectores, a los
profesores y a los alumnos de todas las universidades y ateneos pontificios aquí
presentes y a los que están espiritualmente unidos a nosotros en la oración.
Como todos los años, también esta tarde se ha dado cita la comunidad académica
eclesiástica romana, formada por cerca de quince mil personas y caracterizada
por una amplia multiplicidad de procedencias. De las Iglesias de todo el mundo,
especialmente de las diócesis de reciente creación y de los territorios
misioneros, vienen a Roma seminaristas y diáconos para frecuentar los ateneos
pontificios, así como presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas, y no pocos
laicos, para completar sus estudios superiores de licenciatura y doctorado, o
para participar en otros cursos de especialización y actualización. Aquí
encuentran profesores y formadores que, a su vez, son de diversas nacionalidades
y de diferentes culturas. Con todo, esta variedad no crea dispersión, porque,
como expresa de la forma más elevada también esta celebración litúrgica, todos
los ateneos, las facultades y los colegios tienden a una unidad superior,
obedeciendo a criterios comunes de formación, principalmente al de la fidelidad
al Magisterio. Por tanto, al inicio del nuevo año, bendigamos al Señor por esta
singular comunidad de profesores y alumnos, que manifiesta de modo elocuente la
universalidad y la unidad de la Iglesia católica. Una comunidad tanto más
hermosa porque se dirige de modo especial a los jóvenes, dándoles la oportunidad
de entrar en contacto con instituciones de alto valor teológico y cultural, y
ofreciéndoles al mismo tiempo la posibilidad de experiencias eclesiales y
pastorales enriquecedoras.
Quisiera reafirmar también en esta ocasión, como lo he hecho en varios
encuentros con sacerdotes y seminaristas, la importancia prioritaria de la vida
espiritual y la necesidad de lograr, además del crecimiento cultural, una
equilibrada maduración humana y una profunda formación ascética y religiosa.
Quien quiera ser amigo de Jesús y convertirse en su discípulo auténtico
―sea
seminarista, sacerdote, religioso, religiosa o laico― no puede por menos de
cultivar una íntima amistad con él en la meditación y en la oración. La
profundización de las verdades cristianas y el estudio de la teología o de otra
disciplina religiosa suponen una educación en el silencio y la contemplación,
porque es necesario desarrollar la capacidad de escuchar con el corazón a Dios
que habla.
El pensamiento siempre necesita purificación para poder entrar en la dimensión
donde Dios pronuncia su Palabra creadora y redentora, su Verbo "salido del
silencio", según una hermosa expresión de san Ignacio de Antioquía (Carta a
los Magnesios VIII, 2). Nuestras palabras sólo pueden tener algún valor y
utilidad si provienen del silencio de la contemplación; de lo contrario,
contribuyen a la inflación de los discursos del mundo, que buscan el
consenso de la opinión común.
Por tanto, quien estudia en un centro eclesiástico debe estar dispuesto a
obedecer a la verdad y, en consecuencia, a cultivar una especial ascesis del
pensamiento y de la palabra. Esa ascesis se basa en la familiaridad amorosa con
la palabra de Dios y antes aún con el "silencio" del que brota la Palabra en el
diálogo de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. A ese diálogo
también nosotros tenemos acceso mediante la santa humanidad de Cristo. Así pues,
queridos amigos, como hicieron los discípulos del Señor, pedidle: Maestro,
"enséñanos a orar" (Lc 11, 1), y también: enséñanos a pensar, a escribir
y a hablar, porque estas cosas están íntimamente unidas entre sí.
Estas son las sugerencias que os doy a cada uno de vosotros, queridos hermanos y
hermanas, al inicio de este nuevo año académico. Las acompaño de buen grado con
la seguridad de un recuerdo especial en la oración, para que el Espíritu Santo
ilumine vuestro corazón y os lleve a un claro conocimiento de Cristo, capaz de
transformar vuestra existencia, porque sólo él tiene palabras de vida eterna (cf.
Jn 6, 68).
Vuestro futuro apostolado será fecundo y fructuoso en la medida en que, durante
estos años, os preparéis estudiando con seriedad, y sobre todo alimentéis
vuestra relación personal con él, tendiendo a la santidad y teniendo como único
objetivo de vuestra existencia la realización del reino de Dios.
Encomiendo estos deseos a la maternal intercesión de María santísima, Sede de la
Sabiduría. Que ella os acompañe a lo largo de este nuevo año de estudio y
escuche todas vuestras expectativas y esperanzas.
Con afecto imparto a cada uno de vosotros y a vuestras comunidades de estudio,
así como a vuestros seres queridos, una especial bendición apostólica.
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana
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