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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Eminencia; Las numerosas exhortaciones del evangelista san Juan a permanecer en el amor y en la verdad de Cristo evocan una imagen espléndida de una morada segura y cierta. Dios nos ama primero (cf. 1 Jn 4, 10) y luego nosotros, impulsados hacia este don, encontramos una morada para descansar donde podemos "seguir bebiendo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios" (cf. Deus caritas est, 7). San Juan también fue impulsado a exhortar a sus comunidades a permanecer en ese amor, pues algunas ya se habían debilitado por las disputas y distracciones, que pueden llevar a divisiones. 2. Queridos hermanos, vuestras comunidades diocesanas están llamadas a hacer que
resuene la proclamación viva de fe: "Nosotros hemos conocido el amor que Dios
nos tiene" (1 Jn 4, 16). Estas palabras, que manifiestan con gran
elocuencia la fe como adhesión personal a Dios y al mismo tiempo asienten a toda
la verdad que Dios revela (cf.
Dominus Iesus, 7), sólo pueden proclamarse
de modo creíble como consecuencia de un encuentro con Cristo. Impulsado por su
amor, el creyente se encomienda totalmente a Dios y así llega a ser uno con el
Señor (cf. 1 Co 6, 17). En la Eucaristía esta unión se fortalece y se
renueva, entrando en la dinámica de la entrega de Cristo para participar en la
vida divina: "El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él"
(Jn 6, 56; cf.
Deus caritas est, 13). 3. Desde esta perspectiva, la tarea fundamental de la evangelización de la
cultura es el desafío de hacer visible a Dios en el rostro humano de Jesús.
Ayudando a las personas a reconocer y experimentar el amor de Cristo,
despertaréis en ellas el deseo de habitar en la casa del Señor, abrazando la
vida de la Iglesia. Esta es nuestra misión, que expresa nuestra naturaleza
eclesial y asegura que toda iniciativa de evangelización fortalece al mismo
tiempo la identidad cristiana. 4. En el contexto de la evangelización de la cultura, deseo mencionar la excelente red de escuelas católicas en el centro de la vida eclesial de vuestras provincias. La catequesis y la educación religiosa constituyen un arduo apostolado. Doy las gracias y aliento a los numerosos laicos, hombres y mujeres, que, juntamente con los religiosos, se esfuerzan por asegurar que vuestros jóvenes aprecien cada día más el don de la fe que han recibido. Hoy más que nunca esto exige que el testimonio, alimentado por la oración, sea el medio principal de toda escuela católica. Los maestros, en cuanto testigos, deben dar razón de la esperanza que alimenta su vida (cf. 1 P 3, 15), viviendo la verdad que proponen a sus alumnos, siempre en referencia a Aquel con quien se han encontrado y cuya gran bondad han experimentado con alegría (cf. Discurso a la asamblea eclesial de la diócesis de Roma, 6 de junio de 2005). Y así, con san Agustín, dicen: "Tanto nosotros, que hablamos, como vosotros, que escucháis, somos discípulos y seguidores de un solo Maestro" (Sermón 23, 2). Como mencionáis en vuestras relaciones, un obstáculo muy insidioso para la educación en la actualidad es la marcada presencia en la sociedad del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, considera como criterio último sólo la propia voluntad y los propios deseos. Dentro de este horizonte relativista se produce un eclipse de los sublimes objetivos de la vida, así como una reducción del nivel de excelencia, una timidez ante la categoría de bien y una búsqueda de novedades tenaz pero sin sentido, que se ostenta como realización de la libertad. Esas tendencias perjudiciales ponen de relieve la particular urgencia del apostolado de "caridad intelectual" que sostiene la unidad esencial de conocimiento, guía a los jóvenes a la sublime satisfacción de ejercer su libertad en relación con la verdad, y articula la conexión entre la fe y todos los aspectos de la familia y de la vida civil. Confío en que los jóvenes canadienses, iniciados en el amor a la verdad, quieran acudir a la casa del Señor, que "ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (Jn 1, 9) y satisface todo deseo de humanidad. 5. Queridos hermanos, con afecto y gratitud fraterna os ofrezco estas reflexiones y os animo en vuestro anuncio de la buena nueva de Jesucristo. Experimentad su amor y, de este modo, haced que la luz de Dios ilumine el mundo (cf. Deus caritas est, 39). Invocando sobre vosotros la intercesión de María, Sede de la Sabiduría, os imparto de corazón mi bendición apostólica a vosotros y a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos de vuestras diócesis.
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana
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