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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL TERCER GRUPO DE OBISPOS DE CANADÁ
EN VISITA "AD LIMINA"


Viernes 8 de septiembre de 2006

 

Eminencia;
queridos hermanos en el episcopado:
 

1. "Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él" (1 Jn 4, 16). Con afecto fraterno os doy cordialmente la bienvenida a vosotros, obispos de Ontario, y agradezco a monseñor Smith los amables sentimientos expresados en vuestro nombre. Correspondo a ellos afectuosamente y os aseguro a vosotros, y a quienes están encomendados a vuestro cuidado pastoral, mis oraciones y mi solicitud. Vuestra visita ad limina Apostolorum, y al Sucesor de Pedro, es una ocasión para confirmar vuestro compromiso de hacer que Cristo sea cada vez más visible en la Iglesia y en la sociedad a través del testimonio gozoso del Evangelio, que es Jesucristo mismo.

Las numerosas exhortaciones del evangelista san Juan a permanecer en el amor y en la verdad de Cristo evocan una imagen espléndida de una morada segura y cierta. Dios nos ama primero (cf. 1 Jn 4, 10) y luego nosotros, impulsados hacia este don, encontramos una morada para descansar donde podemos "seguir bebiendo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios" (cf. Deus caritas est, 7). San Juan también fue impulsado a exhortar a sus comunidades a permanecer en ese amor, pues algunas ya se habían debilitado por las disputas y distracciones, que pueden llevar a divisiones.

2. Queridos hermanos, vuestras comunidades diocesanas están llamadas a hacer que resuene la proclamación viva de fe:  "Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene" (1 Jn 4, 16). Estas palabras, que manifiestan con gran elocuencia la fe como adhesión personal a Dios y al mismo tiempo asienten a toda la verdad que Dios revela (cf. Dominus Iesus, 7), sólo pueden proclamarse de modo creíble como consecuencia de un encuentro con Cristo. Impulsado por su amor, el creyente se encomienda totalmente a Dios y así llega a ser uno con el Señor (cf. 1 Co 6, 17). En la Eucaristía esta unión se fortalece y se renueva, entrando en la dinámica de la entrega de Cristo para participar en la vida divina:  "El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 56; cf. Deus caritas est, 13).

Sin embargo, la exhortación de san Juan sigue siendo siempre actual. En las sociedades cada vez más secularizadas vosotros mismos experimentáis cómo el amor a la humanidad que brota del corazón de Dios puede pasar desapercibido o incluso ser rechazado. El hombre, pensando que sustraerse a esta relación constituye, de una manera u otra, una solución para su propia liberación, se transforma de hecho en extraño a sí mismo, puesto que "el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (Gaudium et spes, 22). Numerosos hombres y mujeres, mostrando poco interés por el amor que revela la plenitud de la verdad del ser humano, siguen alejándose de la morada de Dios para vivir en el desierto del aislamiento individual, de la fractura social y de la pérdida de identidad cultural.

3. Desde esta perspectiva, la tarea fundamental de la evangelización de la cultura es el desafío de hacer visible a Dios en el rostro humano de Jesús. Ayudando a las personas a reconocer y experimentar el amor de Cristo, despertaréis en ellas el deseo de habitar en la casa del Señor, abrazando la vida de la Iglesia. Esta es nuestra misión, que expresa nuestra naturaleza eclesial y asegura que toda iniciativa de evangelización fortalece al mismo tiempo la identidad cristiana.

A este respecto, debemos reconocer que cualquier reducción del mensaje central de Jesús, es decir, el "reino de Dios", a un discurso indefinido sobre "valores del reino" debilita la identidad cristiana y disminuye la contribución de la Iglesia a la regeneración de la sociedad. Cuando creer se reemplaza por "hacer", y el testimonio por discursos sobre "cuestiones", urge recuperar la alegría profunda y el estupor de los primeros discípulos, cuyo corazón, en presencia del Señor, "ardía en su interior", impulsándolos a "contar lo que les había pasado" (cf. Lc 24, 32. 35).

Hoy se experimentan muy dramáticamente los obstáculos a la difusión del reino de Cristo en la separación entre Evangelio y cultura, excluyendo a Dios de la esfera pública. Canadá tiene una merecida reputación de país comprometido generosa y prácticamente en favor de la justicia y la paz; y en vuestras ciudades multiculturales existe un atractivo clima de vitalidad y oportunidad. Sin embargo, al mismo tiempo, algunos valores separados de sus raíces morales y de su pleno significado, que se encuentra en Cristo, se han desarrollado de un modo muy preocupante. En nombre de la "tolerancia" vuestro país ha tenido que soportar la insensatez de la redefinición del término "cónyuge", y en nombre de la "libertad de elección" afronta la destrucción diaria de niños no nacidos. Cuando se ignora el plan divino del Creador, se pierde la verdad de la naturaleza humana.
 
En el seno de la misma comunidad cristiana existen falsas dicotomías, que son particularmente dañinas cuando los líderes cristianos de la vida civil sacrifican la unidad de la fe y sancionan la desintegración de la razón y los principios de la ética natural, rindiéndose a efímeras tendencias sociales y a falsas exigencias de los sondeos de opinión. La democracia sólo tiene éxito si se basa en la verdad y en una correcta comprensión de la persona humana. Los católicos que participan en la vida política no pueden aceptar componendas con respecto a este principio; de lo contrario, se silenciaría el testimonio cristiano del esplendor de la verdad en la esfera pública y se proclamaría la autonomía de la moral (cf. Nota doctrinal La participación de los católicos en la vida política, 2-3, 6). Os exhorto a que, en vuestros debates con los líderes de la vida política y civil, demostréis que nuestra fe cristiana, lejos de ser un obstáculo para el diálogo, es un puente, precisamente porque une razón y cultura.

4. En el contexto de la evangelización de la cultura, deseo mencionar la excelente red de escuelas católicas en el centro de la vida eclesial de vuestras provincias. La catequesis y la educación religiosa constituyen un arduo apostolado. Doy las gracias y aliento a los numerosos laicos, hombres y mujeres, que, juntamente con los religiosos, se esfuerzan por asegurar que vuestros jóvenes aprecien cada día más el don de la fe que han recibido. Hoy más que nunca esto exige que el testimonio, alimentado por la oración, sea el medio principal de toda escuela católica. Los maestros, en cuanto testigos, deben dar razón de la esperanza que alimenta su vida (cf. 1 P 3, 15), viviendo la verdad que proponen a sus alumnos, siempre en referencia a Aquel con quien se han encontrado y cuya gran bondad han experimentado con alegría (cf. Discurso a la asamblea eclesial de la diócesis de Roma, 6 de junio de 2005). Y así, con san Agustín, dicen:  "Tanto nosotros, que hablamos, como vosotros, que escucháis, somos discípulos y seguidores de un solo Maestro" (Sermón 23, 2).

Como mencionáis en vuestras relaciones, un obstáculo muy insidioso para la educación en la actualidad es la marcada presencia en la sociedad del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, considera como criterio último sólo la propia voluntad y los propios deseos. Dentro de este horizonte relativista se produce un eclipse de los sublimes objetivos de la vida, así como una reducción del nivel de excelencia, una timidez ante la categoría de bien y una búsqueda de novedades tenaz pero sin sentido, que se ostenta como realización de la libertad. Esas tendencias perjudiciales ponen de relieve la particular urgencia del apostolado de "caridad intelectual" que sostiene la unidad esencial de conocimiento, guía a los jóvenes a la sublime satisfacción de ejercer su libertad en relación con la verdad, y articula la conexión entre la fe y todos los aspectos de la familia y de la vida civil. Confío en que los jóvenes canadienses, iniciados en el amor a la verdad, quieran acudir a la casa del Señor, que "ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (Jn 1, 9) y satisface todo deseo de humanidad.

5. Queridos hermanos, con afecto y gratitud fraterna os ofrezco estas reflexiones y os animo en vuestro anuncio de la buena nueva de Jesucristo. Experimentad su amor y, de este modo, haced que la luz de Dios ilumine el mundo (cf. Deus caritas est, 39). Invocando sobre vosotros la intercesión de María, Sede de la Sabiduría, os imparto de corazón mi bendición apostólica a vosotros y a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos de vuestras diócesis.

 

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

 

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