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PALABRAS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL FINAL DE LA COMIDA CON LOS CARDENALES
EN EL DÍA DE SU 80º CUMPLEAÑOS

Lunes 16 de abril de 2007

 

Queridos hermanos y amigos: 

En este momento quiero dar gracias de todo corazón. Ante todo, doy gracias al señor decano del sacro Colegio, tanto por las palabras que me dirigió ayer con gran benevolencia, como también por lo que ha escrito en la revista "30 Giorni", y por la preparación tan delicada y competente de esta hermosísima comida, en la que hemos vivido un momento de nuestra colegialidad afectiva y efectiva. Más aún; no sólo se ha tratado de un momento de colegialidad, sino también de auténtica fraternidad. Verdaderamente hemos experimentado cuán hermoso es estar juntos:  "Ecce quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum" (Sal 133, 1).

Agradezco esta experiencia de fraternidad, que vivo cada día. Aunque no nos veamos continuamente, siento siempre y constato la colaboración de quienes me ayudan. Realmente, el Colegio cardenalicio da un apoyo eficaz y grande al trabajo del Sucesor de Pedro.

Quisiera dar las gracias también a todos los cardenales que han escrito tantas cosas hermosas en "30 Giorni", en el suplemento especial del diario Avvenire y también en otras publicaciones.

Gracias, asimismo, a los que no han escrito, pero han pensado y orado. Para mí el verdadero don de este día es la oración, que me da la certeza de que me aceptan desde el interior y, sobre todo, me ayudan y sostienen en mi ministerio petrino, un ministerio que no puedo desempeñar yo solo, sino únicamente en comunión con todos los que me ayudan, también orando, para que el Señor esté con todos nosotros y esté conmigo.

Hoy, en el Oficio de lectura, rezamos las palabras de un Salmo que tienen un sabor particular de verdad y que para mí son muy valiosas:  "In manibus tuis sortes meae" (Sal 31, 16); en la traducción Vetus latina el texto decía:  "In manu tua tempora mea", es decir, "en tus manos están mis días". En el texto griego se hablaba de kairoí mou. Todas estas versiones entrañan una gran verdad:  nuestro tiempo, cada día, las vicisitudes de nuestra vida, nuestro destino, nuestra acción están en buenas manos, en las manos del Señor.

Esta es la gran confianza con la que seguimos adelante, sabiendo que las manos del Señor están sostenidas por las manos y los corazones de tantos cardenales. Esto es para mí el motivo de la gran alegría de este día.

Os doy las gracias a todos vosotros, con mis mejores deseos.

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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