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DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
A UN GRUPO DE OBISPOS AMIGOS
DEL MOVIMIENTO DE LOS FOCOLARES
Y A OTRO DE AMIGOS DE LA COMUNIDAD DE SAN EGIDIO


Sala Clementina
Jueves 8 de febrero de 2007

 

Venerados hermanos en el episcopado: 

Me alegra daros la bienvenida en esta audiencia especial y os saludo cordialmente a todos vosotros, que venís de varios países del mundo. Dirijo también un particular saludo a todos los que están aquí con nosotros y que pertenecen a otras Iglesias.

Algunos de vosotros participáis en la cita anual de los obispos amigos del Movimiento de los Focolares, que tiene por tema:  "Cristo crucificado y abandonado, luz en la noche cultural". Aprovecho con gusto esta ocasión para enviar a Chiara Lubich mis mejores deseos y mi bendición, que extiendo a todos los miembros del Movimiento fundado por ella.

Otros participáis en el IX Congreso de obispos amigos de la Comunidad de San Egidio, que afronta un tema muy actual:  "La globalización del amor". Saludo a monseñor Vincenzo Paglia, y con él al profesor Andrea Riccardi y a toda la Comunidad, que en el aniversario de su fundación se reunirá esta tarde en la basílica de San Juan de Letrán para participar en una solemne celebración eucarística.

No tengo aquí todos los nombres, pero desde luego saludo a todos los queridos hermanos obispos y cardenales; y saludo cordialmente a todos los queridos hermanos de la Iglesia ortodoxa.

Queridos hermanos en el episcopado, quisiera deciros ante todo que vuestra cercanía a los dos Movimientos subraya la vitalidad de estas nuevas asociaciones de fieles y al mismo tiempo manifiesta la comunión entre los carismas que constituye un típico "signo de los tiempos".

Me parece que estos encuentros de carismas de la unidad de la Iglesia en la diversidad de los dones son un signo muy alentador e importante. La exhortación postsinodal Pastores gregis recuerda que "las relaciones recíprocas entre los obispos van mucho más allá de sus encuentros institucionales" (n. 59). Es lo que sucede también en congresos como los vuestros, en los que no sólo se experimenta la colegialidad, sino también una fraternidad episcopal que compartiendo los ideales promovidos por los Movimientos impulsa a intensificar más la comunión de los corazones, fortalecer más el apoyo recíproco y compartir más el compromiso de mostrar a la Iglesia como lugar de oración y de caridad, como casa de misericordia y de paz.

Mi venerado predecesor Juan Pablo II presentó los Movimientos y las nuevas comunidades surgidas en estos años como un don providencial del Espíritu Santo a la Iglesia para responder de manera eficaz a los desafíos de nuestro tiempo. Y vosotros sabéis que esta es también mi convicción. Cuando era profesor, y después cardenal, expresé mi convicción de que los Movimientos son un don del Espíritu Santo a la Iglesia. Y precisamente en el encuentro de los carismas muestran también la riqueza de los dones y de la unidad de la fe.

¿Cómo olvidar, por ejemplo, la extraordinaria Vigilia de Pentecostés del año pasado, en la que participaron juntamente muchos Movimientos y asociaciones eclesiales? Todavía siento la emoción que experimenté al participar en la plaza de San Pedro en una experiencia espiritual tan intensa.

Os repito lo que dije entonces a los fieles venidos de todas las partes del mundo, es decir, que la multiformidad y la unidad de los carismas y ministerios son inseparables en la vida de la Iglesia. El Espíritu Santo quiere la multiformidad de los Movimientos al servicio del único Cuerpo que es precisamente la Iglesia. Y esto lo realiza a través del ministerio de quienes él ha puesto para gobernar a la Iglesia de Dios:  los obispos en comunión con el Sucesor de Pedro.

Esta unidad y multiplicidad, que existe en el pueblo de Dios, se manifiesta en cierto sentido también hoy aquí, al reunirse con el Papa muchos obispos, cercanos a dos Movimientos eclesiales diferentes, caracterizados por una fuerte dimensión misionera.

En el rico mundo occidental, en el que, aunque está presente una cultura relativista, no falta sin embargo al mismo tiempo un deseo generalizado de espiritualidad, vuestros Movimientos testimonian la alegría de la fe y la belleza de ser cristianos con una gran apertura ecuménica; en las grandes áreas subdesarrolladas de la tierra comunican el mensaje de la solidaridad y se acercan a los pobres y a los débiles con el amor, humano y divino, que propuse de nuevo a la atención de todos en la encíclica Deus caritas est.

Por tanto, la comunión entre los obispos y los Movimientos puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo.

El Movimiento de los Focolares, precisamente partiendo del corazón de su espiritualidad, es decir, de Jesús crucificado y abandonado, subraya el carisma y el servicio de la unidad, que se realiza en los diferentes ámbitos sociales y culturales, como por ejemplo en el económico, con la "economía de comunión", y a través de los caminos del ecumenismo y del diálogo interreligioso.

La Comunidad de San Egidio, al poner en el centro de su existencia la oración y la liturgia, quiere estar cerca de quienes se encuentran en situaciones de pobreza y de marginación social. Para el cristiano, el hombre, aunque esté lejos, nunca es un extraño.

Juntos podemos afrontar con mayor empeño los desafíos que nos interpelan de manera apremiante en este inicio del tercer milenio:  pienso, en primer lugar, en la búsqueda de la justicia y de la paz, y en la urgencia de construir un mundo más fraterno y solidario, comenzando precisamente por los países de los que procedéis algunos de vosotros y que sufren sangrientos conflictos. Me refiero especialmente a África, continente que llevo en mi corazón y que espero que experimente finalmente un tiempo de paz estable y de auténtico desarrollo. El próximo Sínodo de los obispos africanos será seguramente un momento propicio para mostrar el gran amor que Dios siente por las queridas poblaciones africanas.

Queridos amigos, la fraternidad original que existe entre vosotros y los Movimientos de los que sois amigos os impulsa a "llevar mutuamente vuestras cargas" (Ga 6, 2), como recomienda el Apóstol, sobre todo en lo que se refiere a la evangelización, al amor a los pobres y a la causa de la paz. Que el Señor haga cada vez más fructuosas vuestras iniciativas espirituales y apostólicas.

Yo os acompaño con la oración y de buen grado os imparto la bendición apostólica a los que estáis aquí presentes, al Movimiento de los Focolares y a la Comunidad de San Egidio, así como a los fieles encomendados a vuestra solicitud pastoral.

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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