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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A UNA DELEGACIÓN DE LA ACADEMIA
DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS DE PARÍS


Sábado 10 de febrero de 2007

 

Señor secretario perpetuo;
señor cardenal;
queridos amigos académicos;
señoras y señores:
 

Me alegra acogeros hoy a vosotros, miembros de la Academia de ciencias morales y políticas. En primer lugar, agradezco al señor Michel Albert, secretario perpetuo, las palabras con las que se ha hecho intérprete de vuestra delegación, así como la medalla que recuerda mi ingreso como miembro asociado extranjero de vuestra noble institución.

La Academia de ciencias morales y políticas es un lugar de intercambios y debates, que propone a todos los ciudadanos y al legislador reflexiones para ayudar a "encontrar las formas de organización política más favorables para el bien público y para la realización de la persona". En efecto, la reflexión y la acción de las autoridades y de los ciudadanos deben centrarse en dos elementos:  el respeto a todo ser humano y la búsqueda del bien común. En el mundo actual, es más urgente que nunca invitar a nuestros contemporáneos a una atención renovada a estos dos elementos. En efecto, la difusión del subjetivismo, que hace que cada uno tienda a considerarse como único punto de referencia y a creer que lo que piensa tiene el carácter de la verdad, nos impulsa a formar las conciencias sobre los valores fundamentales, que no pueden descuidarse sin poner en peligro al hombre y a la sociedad misma, y sobre los criterios objetivos de una decisión, que suponen un acto de razón.

Como subrayé durante mi conferencia sobre la nueva Alianza, pronunciada ante vuestra Academia en 1995, la persona humana es un "ser constitutivamente en relación", llamado a sentirse cada día más responsable de sus hermanos y hermanas en la humanidad. La pregunta hecha por Dios, desde el primer texto de la Escritura, debe resonar sin cesar en el corazón de cada uno:  "¿Qué has hecho con tu hermano?". El sentido de la fraternidad y de la solidaridad, y el sentido del bien común, se fundan en la vigilancia con respecto a sus hermanos y a la organización de la sociedad, dando un lugar a cada uno, a fin de que pueda vivir con dignidad, tener un techo y lo necesario para su existencia y para la de la familia que tiene a su cargo. Con este espíritu es necesario comprender la moción que habéis votado, en octubre del año pasado, concerniente a los derechos humanos y a la libertad de expresión, que forma parte de los derechos fundamentales, tratando siempre de no herir la dignidad fundamental de las personas y de los grupos humanos, y de respetar sus creencias religiosas.

Permitidme evocar también ante vosotros la figura de Andrei Dimitrievich Sajarov, a quien sucedí en la Academia. Esta importante personalidad nos recuerda que, tanto en la vida personal como en la pública, es necesario tener la valentía de decir la verdad y de seguirla, de ser libres con respecto al mundo que nos rodea, el cual a menudo tiende a imponer sus modos de ver y los comportamientos que se han de adoptar. La verdadera libertad consiste en caminar por la senda de la verdad, según la vocación propia, sabiendo que cada uno tendrá que rendir cuentas de su vida a su Creador y Salvador. Es importante que sepamos proponer a los jóvenes ese camino, recordándoles que la verdadera realización personal no se logra a cualquier precio, e invitándolos a no contentarse con seguir todas las modas que se presentan. Así sabrán discernir, con valentía y tenacidad, el camino de la libertad y de la felicidad, que supone vivir cierto número de exigencias y realizar los esfuerzos, los sacrificios y las renuncias necesarios para obrar bien.

Uno de los desafíos para nuestros contemporáneos, y en particular para la juventud, consiste en no aceptar vivir simplemente en la exterioridad, en la apariencia, sino en incrementar la vida interior, ámbito unificador del ser y del obrar, ámbito del reconocimiento de nuestra dignidad de hijos de Dios llamados a la libertad, sin separarse de la fuente de la vida, sino permaneciendo unido a ella. Lo que alegra el corazón de los hombres es reconocerse hijos e hijas de Dios, es una vida hermosa y buena bajo la mirada de Dios, así como las victorias obtenidas sobre el mal y contra la mentira. Al permitir a cada uno descubrir que su vida tiene un sentido y que es responsable de ella, abrimos el camino a una maduración de las personas y a una humanidad reconciliada, preocupada por el bien común.

El sabio ruso Sajarov es un ejemplo de ello; cuando, bajo el régimen comunista, su libertad exterior estaba limitada, su libertad interior, que nadie le podía quitar, lo autorizaba a tomar la palabra para defender con firmeza a sus compatriotas, en nombre del bien común. También hoy es importante que el hombre no se deje atar por cadenas exteriores, como el relativismo, la búsqueda del poder y del lucro a toda costa, la droga, las relaciones afectivas desordenadas, la confusión en el ámbito del matrimonio, no reconocer al ser humano en todas las etapas de su existencia, desde su concepción hasta su fin natural, que permite pensar que hay períodos en los que el ser humano no existiría realmente.

Debemos tener la valentía de recordar a nuestros contemporáneos lo que es el hombre y lo que es la humanidad. Invito a las autoridades civiles y a las personas que desempeñan una función en la transmisión de los valores a tener siempre esta valentía de la verdad sobre el hombre.

Al final de nuestro encuentro, permitidme desear que, mediante sus trabajos, la Academia de ciencias morales y políticas, juntamente con otras instituciones, ayude siempre a los hombres a construir una vida mejor y a edificar una sociedad donde todos vivan como hermanos. Este deseo va acompañado por la oración que elevo al Señor por vosotros, por vuestras familias y por todos los miembros de la Academia de ciencias morales y políticas.

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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