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XV JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS ENFERMOS Y AGENTES SANITARIOS
EN LA BASÍLICA DE SAN PEDRO


Domingo 11 de febrero de 2007
Memoria de la Virgen de Lourdes

 

Queridos hermanos y hermanas: 

Con gran alegría me encuentro con vosotros aquí, en la basílica vaticana, con ocasión de la fiesta de la Virgen de Lourdes y de la Jornada mundial del enfermo, al final de la celebración eucarística presidida por el cardenal Camillo Ruini. A él, en primer lugar, dirijo mi cordial saludo, que extiendo a todos vosotros, aquí presentes:  al arcipreste de la basílica, mons. Angelo Comastri; a los demás obispos, a los sacerdotes, así como a los religiosos y a las religiosas.

Saludo a los responsables y a los miembros de la Unitalsi, que se encargan del traslado y de la atención a los enfermos en las peregrinaciones y en otros momentos significativos. Saludo a los responsables y a los peregrinos de la Obra romana de peregrinaciones, así como a los que van a participar en el XV Congreso nacional teológico-pastoral, en el que se darán cita numerosas personas procedentes de Italia y del extranjero. Saludo, asimismo, a la delegación de los representantes de los "Caminos de Europa".

Pero el saludo más cordial quisiera dirigirlo a vosotros, queridos enfermos, a vuestros familiares y a los voluntarios que con amor os cuidan y acompañan también hoy. Juntamente con todos vosotros, deseo unirme a los que en este mismo día participan en los diversos momentos de la Jornada mundial del enfermo que se celebra en la ciudad de Seúl, en Corea. Allí, en nombre mío, preside las celebraciones el cardenal Javier Lozano Barragán, presidente del Consejo  pontificio  para la pastoral de la salud.

Por tanto, hoy es la fiesta de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes, que hace poco menos de ciento cincuenta años se apareció a una muchacha sencilla, santa Bernardita Soubirous,  manifestándose como la Inmaculada Concepción. También en aquella aparición la Virgen se mostró tierna madre  con respecto a sus hijos, recordando  que los pequeños, los pobres, son los predilectos de Dios y que a ellos ha sido revelado el misterio del reino de los cielos.

Queridos amigos, María, que con fe acompañó a su Hijo hasta la cruz y que por un designio misterioso fue asociada a los sufrimientos de Cristo, su Hijo, nunca se cansa de exhortarnos a vivir y a compartir con serena confianza la experiencia del dolor y la enfermedad, ofreciéndola con fe al Padre, completando así en nuestra carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo (cf. Col 1, 24).

A este respecto, me vienen a la mente las palabras con las que mi venerado predecesor Pablo VI concluyó la exhortación apostólica Marialis cultus:  "Al hombre contemporáneo, frecuentemente atormentado entre la angustia y la esperanza, postrado por la sensación de su limitación y asaltado por aspiraciones sin límite (...), la Virgen, contemplada en su vicisitud evangélica y en la realidad ya conseguida en la ciudad de Dios, ofrece una visión serena y una palabra tranquilizadora:  la victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la náusea, de las perspectivas eternas sobre las temporales, de la vida sobre la muerte" (n. 57).

Son palabras que iluminan nuestro camino, incluso cuando parece que hemos perdido el sentido de la esperanza y la certeza de la curación; son palabras que quisiera que sirvieran de consuelo especialmente a los que se encuentran afectados por enfermedades graves y dolorosas.

Y precisamente a estos hermanos nuestros particularmente probados dedica su atención esta Jornada mundial del enfermo. Quisiéramos que sintieran la cercanía material y espiritual de toda la comunidad cristiana. Es importante no dejarlos en el abandono y en la soledad mientras afrontan un momento tan delicado de su vida.

Por tanto, son dignos de elogio los que con paciencia y amor ponen a su servicio su competencia profesional y su calor humano. Pienso en los médicos, en los enfermeros, en los agentes sanitarios, en los voluntarios, en los religiosos y las religiosas, en los sacerdotes que, sin escatimar esfuerzos, los atienden, como el buen samaritano, independientemente de su condición social, del color de su piel o de su religión, pendientes sólo de lo que necesitan. En el rostro de cada ser humano, sobre todo en el que está probado y desfigurado por la enfermedad, brilla el rostro de Cristo, el cual dijo: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).

Queridos hermanos y hermanas, dentro de poco una sugestiva procesión de antorchas hará revivir el clima que se crea en Lourdes, entre los peregrinos y los devotos, al atardecer. Nuestro pensamiento va a la gruta de Massabielle, donde se entrecruzan el dolor humano y la esperanza, el miedo y la confianza. ¡Cuántos peregrinos, confortados por la mirada de la Madre, encuentran en Lourdes la fuerza para cumplir más fácilmente la voluntad de Dios, incluso cuando cuesta renuncia y dolor, conscientes de que, como afirma el apóstol san Pablo, todo contribuye al bien de los que aman al Señor! (cf. Rm 8, 28).

Que la vela que tenéis encendida en vuestra mano sea también para vosotros, queridos hermanos y hermanas, signo de un sincero deseo de caminar con Jesús, fulgor de paz que ilumina las tinieblas y nos impulsa a ser también nosotros luz y apoyo para las personas de nuestro entorno. Que nadie, especialmente quien se encuentra en condiciones de duro sufrimiento, se sienta nunca solo y abandonado. A todos os encomiendo esta tarde a la Virgen María. Ella, después de pasar por sufrimientos indecibles, fue elevada al cielo, donde nos espera y donde también nosotros esperamos poder compartir un día la gloria de su Hijo divino, la alegría sin fin.

Con estos sentimientos, os imparto mi bendición a todos vosotros, aquí presentes, y a vuestros seres queridos.

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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