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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL PERSONAL DE LA COMISARÍA GENERAL DE POLICÍA
QUE SE ENCARGA DE LA SEGURIDAD
EN TORNO AL VATICANO


Viernes 12 de enero de 2007

 

Señor jefe de la policía; señor director;
queridos funcionarios y agentes: 

Después de las solemnes festividades navideñas y al inicio de un nuevo año, este encuentro con vosotros, que formáis la Comisaría general de seguridad pública junto al Vaticano, representa un momento siempre grato y familiar. Os dirijo a cada uno mi cordial saludo; me alegra esta ocasión para expresaros mi aprecio y mi agradecimiento por vuestro valioso servicio. En particular, agradezco al director general, doctor Vincenzo Caso, las amables palabras que me ha dirigido; y saludo con gratitud también al jefe de la policía, prefecto Gianni De Gennaro, y al prefecto Salvatore Festa. Me complace expresar a todos mis mejores deseos para el año recién iniciado.

Esta cita, queridos amigos, nos ofrece siempre, además de la alegría de encontrarnos, también un motivo de reflexión, y contribuye a reforzar en vosotros las motivaciones de la tarea que se os ha asignado. Sé bien, también por experiencia directa, cuán importante es para los peregrinos y los turistas vuestra discreta presencia en los lugares que constituyen el corazón de la Roma cristiana. Cada uno de ellos, que desea visitar la basílica de San Pedro y se detiene bajo la imponente columnata de Bernini, ve vuestro rostro y a menudo recurre a vuestra ayuda.

Hay un aspecto de este trabajo insustituible que quisiera subrayar hoy:  la custodia de los lugares y el cuidado de las personas. Cuidado y custodia son elementos esenciales para comprender el significado real del compromiso específico que se requiere de vosotros. Vuestra tarea consiste en custodiar y vigilar lugares que tienen un valor inestimable para la memoria y la fe de millones de peregrinos; lugares que contienen grandes tesoros de historia y de arte, pero donde sobre todo se lleva a cabo, por inescrutable misterio, el encuentro vivo de los fieles con el Señor Jesús. El pueblo de Dios, el peregrino, toda persona, al pasar junto a vosotros, comprende que goza de una especial y tranquilizadora protección.

Ojalá todos sientan que cuentan con vuestra ayuda y vuestra protección, para que así puedan participar en el gran patrimonio espiritual de la comunidad cristiana. Como componentes de este Cuerpo especial de seguridad pública, tened la solicitud de vigilar para que cada persona pueda llegar con tranquilidad hasta el umbral de los lugares santos; y para que, al gozar de vuestra vigilancia, los peregrinos abran luego de par en par el corazón al encuentro con el Dios verdadero, que da la vida.

Queridos hermanos y hermanas, esta reflexión vale para cada uno de nosotros:  todos estamos llamados a ser custodios de nuestro prójimo. El Señor nos pedirá cuentas de la responsabilidad que nos incumbe, del bien o del mal que hayamos hecho a nuestros hermanos; si los hemos acompañado con atención a lo largo del camino diario, compartiendo las preocupaciones y las alegrías manifestadas por su corazón; si hemos estado a su lado, de modo discreto pero constante, durante su viaje; y si les hemos ayudado y sostenido cuando el camino se hacía más arduo y fatigoso.

Queridos amigos, llevemos juntamente las cargas unos de otros, compartiendo la alegría de pertenecer al Señor y de vivir constantemente a la luz de su Evangelio, palabra de verdad que salva. Al inicio de este nuevo año, pidamos la protección materna de la Virgen Madre, encomendándole toda tristeza, toda preocupación y toda esperanza, para que en todas las circunstancias de la vida podamos amar, alegrarnos y vivir en la fe del Hijo de Dios que por nosotros se hizo hombre.

Con estos sentimientos, a la vez que os deseo un sereno y provechoso trabajo, invoco sobre vosotros, sobre vuestras familias y sobre todos vuestros seres queridos la abundancia de los dones celestiales, y de corazón os imparto una especial bendición apostólica.

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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