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ENCUENTRO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
CON SU BEATITUD CRISÓSTOMOS II,
ARZOBISPO DE NUEVA JUSTINIANA Y DE TODO CHIPRE

Sábado 16 de junio de 2007

 

DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

 

Beatitud y querido hermano: 

Lo acojo hoy con alegría, escuchando resonar en el corazón las palabras del apóstol san Pablo:  "El Dios de la perseverancia y del consuelo os conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo" (Rm 15, 5-6).

Su visita es un don del Dios de la perseverancia y del consuelo, del que habla san Pablo dirigiéndose a los que escuchaban por primera vez en Roma el mensaje de la salvación. Hoy experimentamos el don de la perseverancia pues, no obstante la presencia de divisiones seculares y de caminos divergentes, y a pesar del esfuerzo realizado por cicatrizar heridas dolorosas, el Señor no ha cesado de guiar nuestros pasos por la senda de la unidad y la reconciliación. Y para todos nosotros esto es motivo de consuelo, pues este encuentro se inserta en un camino de búsqueda cada vez más intensa de la plena comunión tan deseada por Cristo:  "Ut omnes unum sint" (Jn 17, 21).

Sabemos bien que la adhesión a este ardiente deseo del Señor no puede y no debe proclamarse sólo con palabras ni sólo de modo formal. Por eso, usted, Beatitud, siguiendo las huellas del Apóstol de los gentiles, no ha venido de Chipre a Roma solamente para realizar un "intercambio de cortesía ecuménica", sino para reafirmar la inquebrantable decisión de perseverar en la oración a fin de que el Señor nos indique cómo llegar a la comunión plena. Su visita es, al mismo tiempo, motivo de intensa alegría, pues ya el hecho de encontrarnos nos permite gustar la belleza de la anhelada unidad plena de los cristianos.

Gracias, Beatitud, por este gesto de estima y de amistad fraterna. En su persona saludo al pastor de una Iglesia antigua e ilustre, tesela esplendorosa del resplandeciente mosaico, el Oriente, que, como solía decir el siervo de Dios Juan Pablo II, de venerada memoria, constituye uno de los dos pulmones con que respira la Iglesia.

Su grata presencia me trae a la memoria la ardiente predicación de san Pablo en Chipre (cf. Hch 13, 4 ss) y el aventurado viaje que lo llevó hasta Roma, donde anunció el mismo Evangelio y coronó su luminoso testimonio de fe con el martirio. El recuerdo del Apóstol de los gentiles, ¿no nos invita a dirigir con humildad y esperanza el corazón a Cristo, que es nuestro único Maestro?
Con su ayuda divina no debemos cansarnos de buscar juntos los caminos de la unidad, superando las dificultades que a lo largo de la historia han determinado entre los cristianos divisiones y desconfianza recíproca. Que el Señor nos conceda poder acercarnos pronto al mismo altar para compartir todos juntos la única mesa del Pan y del Vino eucarísticos.

Al acogerlo, querido hermano en el Señor, quisiera rendir homenaje a la antigua y venerable Iglesia de Chipre, rica en santos, entre los cuales me complace recordar especialmente a san Bernabé, compañero y colaborador del apóstol san Pablo, y a san Epifanio, obispo de Constanza, en otro tiempo Salamina, hoy Famagusta. San Epifanio, que desempeñó su ministerio episcopal durante 35 años en un período turbulento para la Iglesia a causa del resurgimiento del arrianismo y de las nuevas controversias de los "pneumatómacos", escribió obras claramente catequísticas y apologéticas, como él mismo explica en el Ancoratus.

Este interesante tratado contiene dos Símbolos de la fe, el Símbolo niceno-constantinopolitano y el Símbolo de la tradición bautismal de Constanza, que corresponde a la fe nicena, pero está formulado de modo diverso y es más amplio; como dice el mismo san Epifanio, "es más apto para combatir los nuevos errores, aunque es conforme a la fe profesada por aquellos Santos Padres" del concilio de Nicea (Ancoratus, n. 119). En él —explica— afirmamos la fe en el "Espíritu Santo, Espíritu de Dios, Espíritu perfecto, Espíritu consolador, increado, que procede del Padre y recibe del Hijo, objeto de nuestra fe" (ib.).

Como buen pastor, san Epifanio indica al rebaño que le fue encomendado por Cristo las verdades que hay que creer, el camino que hay que recorrer y los escollos que hay que evitar. Se trata de un método válido también hoy para el anuncio del Evangelio, especialmente a las nuevas generaciones, muy influenciadas por corrientes de pensamiento contrarias al espíritu evangélico.

En este inicio del tercer milenio la Iglesia afronta desafíos y problemas muy semejantes a los que afrontó el pastor san Epifanio. Como entonces, también hoy es preciso velar atentamente para poner en guardia al pueblo de Dios contra los falsos profetas, contra los errores y la superficialidad de propuestas que no son conformes a la enseñanza del divino Maestro, nuestro único Salvador.
Al mismo tiempo, urge encontrar un lenguaje nuevo para proclamar nuestra fe común, un lenguaje compartido, un lenguaje espiritual que permita transmitir con fidelidad las verdades reveladas, ayudándonos así a reconstruir, en la verdad y en la caridad, la comunión entre todos los miembros del único Cuerpo de Cristo.

Esta necesidad, que todos sentimos, nos impulsa a proseguir sin desalentarnos el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto; y nos orienta a utilizar medios válidos y estables para que la búsqueda de la comunión no sea discontinua y ocasional en la vida y en la misión de nuestras Iglesias.

Ante la ingente obra que nos espera y que supera las capacidades humanas, es necesario recurrir principalmente a la oración. Esto no exime del deber de poner también hoy todos los medios humanos válidos que puedan llevarnos a conseguir ese fin. Desde esta perspectiva, creo que su visita es una iniciativa muy útil para hacernos avanzar hacia la unidad querida por Cristo. Sabemos que esta unidad es don y fruto del Espíritu Santo; pero también sabemos que, al mismo tiempo, exige un esfuerzo constante, animado por una voluntad cierta y por una esperanza inquebrantable en el poder del Señor.

Así pues, gracias, Beatitud, por haber venido a visitarme juntamente con los hermanos que lo acompañan. Gracias por esta presencia, que expresa concretamente el deseo de buscar juntos la comunión plena. Por mi parte, le aseguro que comparto ese mismo deseo, sostenido por una firme esperanza. Sí, "el Dios de la perseverancia y del consuelo nos conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús". Así nos dirigimos con confianza al Señor, para que guíe nuestros pasos por el camino de la paz, de la alegría y del amor.

 

DISCURSO DE SU BEATITUD CRISÓSTOMOS II

"A todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación, a vosotros gracia y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo" (Rm 1, 7).

Santidad, Papa de la antigua Roma
y Obispo de la Cátedra histórica del apóstol san Pedro: 

La gracia del Espíritu Santo y nuestro deber de arzobispo primado de la santísima Iglesia mártir del apóstol san Bernabé con respecto a la unidad y la paz entre nuestras Iglesias apostólicas, han dirigido hoy nuestros pasos, junto con los de nuestro reverendo séquito, hasta aquí, al lugar del martirio de los corifeos de los Apóstoles Pedro y Pablo, al santuario de las catacumbas de los mártires de nuestra fe común, para encontrarnos con usted, que entre los obispos posee el primado de honor de la cristiandad indivisa, para darle el beso fraterno de paz y, después de siglos de camino no fraterno, construir de nuevo puentes de reconciliación y amor.

Es la tercera vez que nos encontramos después de las inolvidables exequias de vuestro amado predecesor el Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, y la ceremonia gozosa de su entronización en este Trono apostólico, hacia el cual mira toda la Ecumene cristiana con grandes expectativas, esperando que el que lo preside, el teólogo sabio, el incansable pastor y el dinámico líder eclesiástico, realice gestos de diálogo, pacificación, acercamiento y amor.

En esta dirección es grande la importancia del desarrollo del diálogo teológico oficial entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa, en el que nuestra Iglesia apostólica de Chipre participa con responsabilidad y coherencia. Tal vez nuestros ojos no podrán ver la tan anhelada unidad de la Iglesia, pero, con la gracia del Espíritu Santo, habremos cumplido también nosotros nuestro deber en el tiempo y en el espacio como pacificadores y como verdaderos hermanos "ut omnes unum sint".

Además, tenemos la convicción personal de que, del mismo modo que el alejamiento y la división entre nuestras Iglesias hermanas se produjo a lo largo de muchos siglos con la acumulación de malentendidos, así también su reunificación y el restablecimiento de la confianza mutua y del verdadero amor entre ellas necesitará tiempo, paciencia y sacrificios; sin embargo, con sentido de nuestra gran responsabilidad, asumimos el encargo de llevarlos a cabo "en la verdad y la caridad" bajo la infalible guía del Espíritu vivificante de Dios.

Nuestro encuentro de hoy tiene lugar, felizmente, en vísperas del 35° aniversario del inicio de las relaciones diplomáticas oficiales entre la Santa Sede y la República de Chipre. En efecto, el año 1973, después del encuentro del etnarca arzobispo Macario III con el Papa Pablo VI en Castelgandolfo, la representación de las dos partes se encomendó respectivamente a mons. Pío Laghi, entonces arzobispo titular de Mauriana, delegado apostólico en Jerusalén y Palestina, y actualmente cardenal, y al señor Polys Modinós, entonces embajador en París.

Santidad, deseo mencionar aquí al primer embajador de Chipre ante la Santa Sede residente en Roma, su excelencia el señor Georgios Poulides, nuestro querido amigo, dándole gracias de todo corazón por su devoción, su respeto y su amor a la Iglesia, así como por su obra importante e indispensable.

Durante los últimos decenios después del concilio Vaticano II, algunos de nuestros teólogos chipriotas, clérigos y laicos, han realizado estudios post lauream en varias universidades pontificias con becas del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos. Por eso, deseamos expresarle nuestro agradecimiento y nuestra intención de corresponder, por nuestra parte, con un gesto mínimo de gratitud, concediendo becas de verano en Chipre a teólogos católicos que estén interesados en aprender el griego moderno y conocer de cerca las riquezas litúrgicas de la Iglesia ortodoxa, para contribuir un día, también ellos, a la visión de la Iglesia unida.
Recientemente, su excelencia el presidente de la República de Chipre, señor Tassos Papadópulos, afirmó con énfasis:  "Chipre siempre ha sido Europa, incluso antes de la institución de Europa. Con su ingreso en la Unión europea Chipre ha vuelto a su casa".

Sin embargo, Europa, nuestra casa común, la cuna de la civilización occidental, la sede gloriosa del espíritu cristiano, la madre de los santos y de los misioneros, está pasando un período de crisis y desorientación, de ateísmo y duda, de secularización y decadencia. La sociedad y el hombre de nuestro tiempo tienen sed y buscan. Tienen valores y principios, tradiciones y costumbres que fueron creadas a la luz del Evangelio y bajo la sabia guía de los Padres de la Iglesia y de las demás personalidades eclesiásticas, pero no pueden reconocer la presencia de Cristo y la fuerza de su mensaje salvífico. Rechazan la importancia fundamental de las raíces cristianas de Europa.

Es la hora de la Iglesia y de la nueva evangelización, la hora de la misión ad intra. Pero sin la colaboración de las Iglesias de Europa y nuestro testimonio cristiano común, ciertamente pocas cosas pueden tener éxito, y por desgracia muchos esfuerzos aislados de las diversas Iglesias y confesiones cristianas quedan condenados al fracaso.

Nuestro tiempo globalizado, en vez de influir positivamente en el cristiano europeo convencido, parece rechazar la ecumenicidad histórica del mensaje cristiano y deja al margen su dinámica y su eficacia. La secularización, el eudemonismo, la deificación de la tecnología y de la ciencia atea desorientan a nuestro prójimo y lo llevan inevitablemente a una desesperación existencial. Se escucha su grito angustioso:  "Señor, ¿a quién iremos?" (Jn 6, 68).

¿Cuál es, entonces, nuestra responsabilidad como padres espirituales? ¿Cuál es nuestra solicitud espiritual con respecto a nuestra juventud? ¿Lograremos finalmente proteger la sagrada institución de la familia? ¿El carácter sagrado de la persona humana, ya indefensa ante la investigación médica, el aborto y la eutanasia? ¿La unicidad de la creación de Dios que nos rodea y corre el peligro de quedar destruida irreparablemente por nuestra causa?

La senda de la Ortodoxia pasa por la espiritualidad, la ascesis, el ayuno, el estudio de los textos de los Padres de la Iglesia inspirados por Dios, el sentido de lo sagrado y sobre todo la divina Eucaristía:  estas son nuestras armas espirituales, y deseamos luchar juntamente con la Iglesia hermana de Roma para transformar la sociedad europea, que es antropocéntrica, en una sociedad cristocéntrica, respetando a nuestros hermanos de las demás religiones, los inmigrantes, los pobres, los prófugos y los débiles de la tierra.

Nuestra presencia hoy aquí, Santidad, es una llamada a usted, el Papa procedente de un país amigo, traumatizado por la división durante decenios, como el nuestro, pero gracias a Dios reunificado. Por eso, sólo usted puede comprender nuestros sentimientos de dolor. Nuestra patria, hermana vuestra, la Iglesia apostólica de Chipre, sufre, pero también resiste dignamente con la intercesión de sus santos y particularmente con la protección de su fundador, el apóstol san Bernabé. Se pisotean los derechos humanos; se destruyen monumentos; obras de nuestro patrimonio espiritual son objeto de comercio internacional; y la división de la última capital europea, Nicosia, parece perpetuarse eternamente. ¿Quién escuchará nuestra justa queja y alzará la voz para protestar ante los poderosos de la tierra que explotan el nombre de Cristo pero son sordos a la ley del amor?

Santidad, pedimos su apoyo a través de la invencible arma de la oración fraterna, pero también a través de su grito paterno en defensa de los derechos inviolables de la antigua y apostólica Iglesia hermana de Chipre, encrucijada de pueblos, religiones, lenguas y civilizaciones del Mediterráneo y de Oriente Próximo.

Queremos que esté a nuestro lado. A través de nosotros el apóstol san Bernabé invita a su hermano mayor, el apóstol san Pedro, a visitar por primera vez su humilde casa, a ser su huésped, a sentirse como en su casa, a bendecirla. Lo esperamos, Santidad, como Obispo de la Sede romana que preside la caridad, en el Chipre del diálogo, de la democracia, de la dignidad, de la fe, del monaquismo, de la hospitalidad, de los monumentos y de las obras de arte. Dígnese venir y denos la ocasión de corresponder a su hospitalidad fraterna de estos espléndidos días que hemos vivido en la ciudad eterna.

Santidad, con la intercesión de los apóstoles san Pedro y san Pablo, patronos de la diócesis de Roma; del apóstol san Bernabé, fundador de la Iglesia de Chipre; y de los apóstoles griegos San Cirilo y san Metodio, copatronos de Europa, le deseamos, desde lo más íntimo de nuestro corazón, salud, larga vida y la iluminación del Espíritu Santo para el feliz cumplimiento de su elevada misión como Pontífice, constructor de puentes entre pueblos, religiones y culturas.

"El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo" (Rm 15, 13).

 

DECLARACIÓN COMÚN 

"Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef 1, 3).

1. Nosotros, Benedicto XVI, Papa y Obispo de Roma, y Crisóstomos II, arzobispo de Nueva Justiniana y de todo Chipre, con alegría damos gracias a Dios por este encuentro fraterno, en la fe común en Cristo resucitado, llenos de esperanza para el futuro de las relaciones entre nuestras Iglesias. Esta visita nos ha permitido constatar que han progresado esas relaciones, tanto a nivel local como en el ámbito del diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto. La delegación de la Iglesia de Chipre siempre ha dado una aportación positiva a este diálogo, entre otras maneras, acogiendo en 1983 al Comité de coordinación de la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico, de modo que los miembros católicos y ortodoxos, además de llevar a cabo el arduo trabajo preparatorio, pudieran visitar y admirar las grandes riquezas artísticas y espirituales de la Iglesia de Chipre.

2. En la feliz circunstancia de nuestro encuentro fraterno junto a las tumbas de san Pedro y san Pablo, los corifeos de los Apóstoles como indica la tradición litúrgica, queremos declarar de común acuerdo nuestro sincero y firme deseo, en obediencia a la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, de intensificar la búsqueda de la unidad plena entre todos los cristianos, realizando todos los esfuerzos posibles y que consideremos útiles para la vida de nuestras comunidades. Deseamos que los fieles católicos y ortodoxos de Chipre vivan fraternamente y con plena solidaridad, fundada en la fe común en Cristo resucitado. Asimismo, queremos sostener y promover el diálogo teológico, que a través de la competente Comisión internacional se dispone a afrontar las cuestiones más arduas que han marcado las vicisitudes históricas de la división. Es necesario alcanzar un acuerdo sustancial para la plena comunión en la fe, en la  vida  sacramental  y en el ejercicio del ministerio pastoral. Con este fin aseguramos nuestra ferviente oración de pastores en la Iglesia y pedimos a nuestros fieles que se unan a nosotros en una invocación coral para "que todos sean uno, a fin de que el mundo crea" (Jn 17, 21).

3. En nuestro encuentro hemos considerado las contingencias históricas en que viven nuestras Iglesias. En particular, hemos examinado la situación de división y de tensiones que caracterizan desde hace más de treinta años la isla de Chipre, con los trágicos problemas diarios que afectan también a la vida de nuestras comunidades y de las familias. Desde una perspectiva más amplia, hemos considerado la situación de Oriente Próximo, donde la guerra y los enfrentamientos entre los pueblos corren el riesgo de extenderse, con consecuencias desastrosas. Hemos invocado la paz "que viene de lo alto". Nuestras Iglesias quieren desempeñar un papel de pacificación en la justicia y en la solidaridad, y para que todo eso se realice deseamos promover las relaciones fraternas entre todos los cristianos y un diálogo leal entre las diversas religiones presentes y operantes en la región. Que la fe en el único Dios ayude a los hombres de estas antiguas e ilustres tierras a recuperar una convivencia amistosa, con respeto recíproco y una colaboración constructiva.

4. Por consiguiente, dirigimos este llamamiento a todos los que, en cualquier parte del mundo, alzan la mano contra sus mismos hermanos, exhortándolos con firmeza a deponer las armas y a esforzarse por cicatrizar las heridas causadas por la guerra. Además, los invitamos a trabajar para que se defiendan siempre, en todas las naciones, los derechos humanos:  respetar al hombre, imagen de Dios, es un deber fundamental para todos. Asimismo, entre los derechos humanos que hay que defender se debe incluir el derecho primario de la libertad de religión. No respetarlo constituye una ofensa gravísima a la dignidad del hombre, que es herido en lo más íntimo de su corazón, donde habita Dios. Así, profanar, destruir y saquear los lugares de culto de cualquier religión es un acto contra la humanidad y la civilización de los pueblos.

5. También reflexionamos sobre una nueva oportunidad que se abre para un intenso contacto y una colaboración más concreta entre nuestras Iglesias. En efecto, avanza la construcción de la Unión europea, y católicos y ortodoxos están llamados a contribuir a crear un clima de amistad y cooperación. En un tiempo de creciente secularización y relativismo, los católicos y ortodoxos en Europa están llamados a dar un renovado testimonio común de los valores éticos, siempre dispuestos a dar razón de su fe en Jesucristo, Señor y Salvador. La Unión europea, que no podrá limitarse a una cooperación meramente económica, necesita sólidas bases culturales, referencias éticas compartidas y apertura a la dimensión religiosa. Es preciso vivificar las raíces cristianas de Europa, que han hecho grande su civilización en el decurso de los siglos, y reconocer que las tradiciones cristianas occidental y oriental tienen, en este sentido, una importante tarea común que realizar.

6. En nuestro encuentro consideramos asimismo el largo camino de nuestras Iglesias y la gran tradición que, partiendo del anuncio de los primeros discípulos que llegaron a Chipre desde Jerusalén, después de la persecución contra san Esteban y siguiendo el mismo itinerario de san Pablo desde las costas de Chipre hasta Roma, como nos narran los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 11, 19; 27, 4 ss), llega hasta nuestros días. El rico patrimonio de fe y la sólida tradición cristiana de nuestras tierras, deben estimular a católicos y ortodoxos a dar  un  renovado impulso al anuncio del Evangelio en nuestro tiempo, para ser fieles a nuestra vocación cristiana y responder a  las exigencias del mundo de hoy.

7. Suscita seria preocupación el modo como se afrontan las cuestiones concernientes a la bioética. En efecto, existe el peligro de que ciertas técnicas aplicadas a la genética, concebidas con el fin de salir al paso de necesidades legítimas, de hecho ofenden la dignidad del hombre, creado a imagen de Dios. La explotación del ser humano, las experimentaciones abusivas, los experimentos de una genética que no respeta los valores éticos, constituyen una ofensa a la vida, atentan contra la incolumidad y la dignidad de toda persona humana y no pueden ni deben justificarse o permitirse en ningún momento de su existencia.

8. Al mismo tiempo, estas consideraciones éticas y la preocupación común por la vida humana nos llevan a invitar a las naciones que con la gracia de Dios han conseguido significativos progresos en el campo de la economía y de la tecnología a no olvidar a sus hermanos que habitan en los países azotados por la pobreza, el hambre y las enfermedades. Por tanto, invitamos a los responsables de las naciones a favorecer y promover una justa repartición de los recursos de la tierra, con espíritu de solidaridad con los pobres y con todos los indigentes del mundo.

9. También han sido concordes nuestras preocupaciones por el peligro de destrucción de la creación. El hombre la ha recibido para poder realizar con ella el plan de Dios. Pero, poniéndose a sí mismo como centro del universo, olvidando el mandato del Creador y encerrándose en una búsqueda egoísta de su propio bienestar, el ser humano ha gestionado el medio ambiente en que vive realizando opciones que ponen en peligro su misma existencia, mientras que el medio ambiente ha de ser respetado y protegido por parte de todos los que lo habitan.

10. Juntos elevamos nuestra oración al Señor de la historia para que fortalezca el testimonio de nuestras Iglesias a fin de que el anuncio de salvación del Evangelio llegue a las nuevas generaciones y sea luz para todos los hombres. Con esta finalidad, encomendamos nuestros deseos y compromisos a la Theotokos, la Madre de Dios Odigitria, que indica el camino hacia nuestro Señor Jesucristo.

Vaticano, 16 de junio de 2007

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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