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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LA OBRA FEDERATIVA PARA EL TRANSPORTE DE ENFERMOS
A LOURDES Y AL MOVIMIENTO APOSTÓLICO DE CIEGOS


Sábado 17 de marzo de 200
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Queridos amigos de la Obra federativa para el transporte de enfermos a Lourdes (OFTAL) y del Movimiento apostólico de ciegos (MAC)

Con gran alegría me encuentro con vosotros en la basílica vaticana, donde habéis participado en la celebración eucarística presidida por mi secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone, al que saludo cordialmente. Saludo al arzobispo Angelo Comastri, vicario general para la Ciudad del Vaticano y arcipreste de la basílica vaticana, y a vuestros consiliarios. Os saludo a cada uno, en particular al presidente de la OFTAL, monseñor Franco Degrandi, y al vicepresidente del MAC, doctor Francesco Scelzo, al que doy las gracias por haberme presentado vuestras respectivas asociaciones, nacidas con poca diferencia de tiempo una de otra.

En efecto, el Movimiento apostólico de ciegos surgió en 1928 gracias a la intuición y al impulso apostólico de una profesora ciega de Monza, Maria Motta, dotada de profunda fe y de gran fuerza de espíritu, mientras que la Obra federativa para el transporte de enfermos a Lourdes celebra su 75° aniversario. De hecho, iniciada en 1913 por monseñor Alessandro Rastelli, sacerdote de la diócesis de Vercelli, nació oficialmente en 1932, promovida por el arzobispo de esa Iglesia particular. Vuestra presencia aquí hoy es providencial, porque las dos asociaciones, aun diferenciándose en muchos aspectos, tienen en común uno fundamental, que deseo poner inmediatamente de relieve.

Me refiero al hecho de que tanto el MAC como la OFTAL se presentan como experiencias de comunión fraterna, basada en el Evangelio y capaz de permitir que las personas que tienen dificultades, en este caso enfermas y ciegas, participen plenamente en la vida de la comunidad eclesial y en la construcción de la civilización del amor. Dos realidades que, como rezaba el tema de la reciente Asamblea eclesial de Verona, dan testimonio de Cristo resucitado, esperanza del mundo, manifestando que la fe y la amistad cristiana permiten superar juntamente cualquier condición de fragilidad.

En este sentido, es emblemática la experiencia de los dos fundadores:  don Rastelli y Maria Motta. El primero acudió a Lourdes después de un accidente que lo obligó a permanecer un mes en el hospital. La experiencia de la enfermedad lo hizo particularmente sensible al mensaje de la Virgen Inmaculada, que lo invitó a volver a la gruta de Massabielle, primero en compañía de un solo enfermo —y esto es muy significativo— y después guiando la primera peregrinación diocesana con más de 300 personas, de las cuales 30 eran enfermos. Para Maria Motta, ciega de nacimiento, la limitación visual no fue un impedimento para su vocación; antes bien, el Espíritu la convirtió en un apóstol de los ciegos, y a continuación hizo fecunda su iniciativa más allá de sus mismas expectativas.

De la "red" espiritual que ella había formado se desarrolló una verdadera asociación,  integrada  por  grupos diocesanos  presentes  en todas las partes de  Italia  y  aprobada  por  el beato Juan XXIII con el nombre de Movimiento apostólico de ciegos. En ella, invidentes y videntes, aprendiendo el estilo de la reciprocidad y de la comunión, asumen el compromiso de la formación para ponerse al servicio de la misión apostólica de la Iglesia.

Cada una de las dos asociaciones contribuye a edificar la Iglesia con su carisma específico.

Vosotros, amigos de la OFTAL, ofrecéis la experiencia de la peregrinación con los enfermos, signo fuerte de fe y de solidaridad entre personas que salen de sí mismas y de la obsesión por sus propios problemas para dirigirse a una meta común, un lugar del espíritu:  Lourdes, Tierra Santa, Loreto, Fátima y otros santuarios. Así ayudáis al pueblo de Dios a mantener despierta la conciencia de su naturaleza peregrinante en el seguimiento de Cristo, como aparece de manera relevante en la sagrada Escritura. Pensemos en el libro del Éxodo, que la liturgia nos invita a meditar en este tiempo cuaresmal; pensemos en la vida pública de Jesús, que los evangelios presentan como una gran peregrinación hacia Jerusalén, donde debe cumplirse su "éxodo".

También vosotros, amigos del MAC, sois portadores de una experiencia típica, propia de vosotros:  la de caminar juntos, unidos, invidentes y videntes. Es un testimonio de cómo el amor cristiano permite superar la discapacidad y vivir positivamente la diversidad, como ocasión de apertura al otro, de atención a sus problemas —pero ante todo a sus dones— y de servicio mutuo.
Queridos hermanos y hermanas, la Iglesia necesita también vuestra contribución para responder fiel y plenamente a la voluntad del Señor. Y lo mismo se puede decir de la sociedad civil:  la humanidad necesita vuestros dones, que son profecía del reino de Dios. Que no os asusten los límites y la pobreza de recursos:  a Dios le complace realizar sus obras con medios pobres. Pero pide que se le ponga a disposición una fe generosa.

En resumidas cuentas, habéis venido aquí precisamente para implorar ante la tumba de san Pedro el don de una fe más sólida. Mañana concluiréis vuestra peregrinación en dos lugares marianos de Roma:  el MAC, en la basílica de Santa María la Mayor; y la OFTAL, en el santuario de la Virgen del Amor Divino. Por tanto, recomenzad desde este momento de gracia, animados por la fe de Pedro y de María. Y con esta fe proseguid vuestro camino, acompañados también por mi oración y mi bendición, que con afecto os imparto a vosotros, aquí presentes, a todos vuestros socios y a vuestros seres queridos.

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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