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ALOCUCIÓN DEL PAPA BENEDICTO XVI
AL FINAL DE LA VISITA AL CENTRO PENITENCIARIO
PARA MENORES DE CASAL DEL MARMO, ROMA


Domingo 18 de marzo de 2007

 

Queridos muchachos y muchachas: 

Ante todo, quisiera daros las gracias por vuestra alegría. ¡Gracias por esta participación! Para mí es una gran alegría haberos dado un poco de luz con mi visita. Así se concluye ahora nuestro encuentro, así se concluye mi breve pero intensa visita. Como se ha recordado, es mi primer contacto con el mundo de las cárceles desde que soy Papa. He escuchado con atención las palabras del director, del comandante y de un representante vuestro, y os agradezco los sentimientos cordiales que me habéis manifestado, así como la felicitación que me habéis dirigido con ocasión de mi onomástico. Además, he percibido que aún sigue  vivo entre vosotros el recuerdo del cardenal Casaroli, llamado familiarmente padre Agostino. Él me habló muchas veces de sus experiencias, a través de las cuales se sentía siempre muy amigo, muy cercano a todos los muchachos y muchachas presentes aquí.

Vosotros, queridos muchachos y muchachas, provenís de diversas naciones. Me gustaría poder permanecer más tiempo con vosotros; pero, por desgracia, el tiempo es limitado. Quizá en otra oportunidad encontremos una jornada más larga. Sin embargo, sabed que el Papa os quiere y os sigue con afecto. Asimismo, deseo aprovechar esta ocasión para extender mi saludo a todos los que están en la cárcel y a cuantos, de diferentes maneras, trabajan en el ámbito penitenciario.

Queridos muchachos y muchachas, hoy para vosotros, como se ha dicho, es una jornada de fiesta:  ha venido a visitaros el Papa; están presentes el ministro de Justicia, diversas autoridades, el cardenal vicario, el obispo auxiliar, vuestro capellán, muchas otras personalidades y amigos. Por tanto, es una jornada de alegría. La liturgia misma de este domingo comienza con una invitación a estar  alegres:   "¡Alégrate!"  es la primera palabra de la misa. Pero, ¿cómo puede  ser feliz quien sufre, quien está privado de libertad, quien se siente abandonado?

Durante la misa hemos recordado que Dios nos ama:  este es el manantial de la verdadera alegría. Aun teniendo todo lo que se desea, a veces se es infeliz; en cambio, se podría estar privado de todo, incluso de libertad y de salud, y estar en paz y en alegría, si dentro del corazón está Dios. Por tanto, el secreto está aquí:  es preciso que Dios ocupe siempre el primer lugar en nuestra vida. Jesús nos reveló el verdadero rostro de Dios. Queridos amigos, antes de dejaros os aseguro de todo corazón que seguiré recordándoos ante el Señor. Estaréis siempre presentes en mis oraciones.

Os anticipo mi felicitación por la próxima fiesta de Pascua, y os bendigo a todos. Que el Señor os acompañe siempre con su gracia y os guíe en vuestra vida futura.

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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