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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS MIEMBROS DEL CONSEJO SUPERIOR
DE LAS OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS


Sábado 5 de mayo de 2007

 

Señor cardenal;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas: 

Me alegra mucho encontrarme con vosotros después de la solemne celebración eucarística presidida por el señor cardenal Ivan Dias, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos. A él, en primer lugar, dirijo mi cordial saludo, a la vez que le agradezco las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Hago extensivo mi saludo al secretario y a los colaboradores del dicasterio misionero, a los prelados y a los sacerdotes presentes, a los religiosos, a las religiosas y a todos los que han participado en el congreso celebrado en los días pasados para conmemorar el 50° aniversario de la carta encíclica Fidei donum del siervo de Dios Papa Pío XII.
Han pasado cincuenta años desde que este venerado predecesor mío, ante la evolución de los tiempos y la aparición de nuevos pueblos y naciones en el escenario de la historia, con clarividente sabiduría pastoral comprendió que se abrían inéditos y providenciales horizontes e itinerarios misioneros para el anuncio del Evangelio en África.

En efecto, Pío XII miraba especialmente a África cuando, con intuición profética, pensó en el nuevo "sujeto" misionero, que de las primeras palabras de la encíclica tomó el nombre de "fidei donum". Quería estimular, además de las formas tradicionales, un nuevo tipo de cooperación misionera entre las comunidades cristianas llamadas "antiguas" y las que acababan de nacer o estaban naciendo en los territorios de reciente evangelización. A las primeras las invitaba a mandar en ayuda de las Iglesias "jóvenes", que tenían un crecimiento prometedor, algunos sacerdotes a fin de que colaboraran con los Ordinarios del lugar durante un tiempo determinado.

Así escribía el Papa Pacelli:  "Considerando, por un lado, las innumerables legiones de hijos nuestros que, sobre todo en los países de antigua tradición cristiana, participan del bien de la fe y, por otro, la masa aún más numerosa de los que todavía esperan el mensaje de la salvación, sentimos el ardiente deseo de exhortaros, venerables hermanos, a que con vuestro celo sostengáis la causa santa de la expansión de la Iglesia en el mundo. Quiera Dios que, como consecuencia de nuestro llamamiento, el espíritu misionero penetre más a fondo en el corazón de todos los sacerdotes y que, a través de su ministerio, inflame a todos los fieles" (AAS 49 [1957] 226).

Por tanto, era doble el objetivo que animaba al venerado Pontífice:  por una parte, suscitar en todos los miembros del pueblo cristiano un renovado "fuego" misionero; y, por otra, promover una colaboración más consciente entre las diócesis de antigua tradición y las regiones de primera evangelización. A lo largo de estos cinco decenios la invitación de Pío XII ha sido reafirmada, en numerosas ocasiones, por todos mis predecesores y, también gracias al impulso que dio el concilio Vaticano II, se ha ido multiplicando el número de los sacerdotes "fidei donum", que juntamente con religiosos y voluntarios laicos han partido en misión a África y a otras regiones del mundo, a veces a costa de no pocos sacrificios para sus diócesis de pertenencia.

Quisiera aquí dar las gracias en particular a estos hermanos y hermanas nuestros, algunos de los cuales han derramado su sangre por difundir el Evangelio. Como sabéis bien, la experiencia misionera deja una huella indeleble en quienes la realizan y, al mismo tiempo, contribuye a alimentar la comunión eclesial que a todos los bautizados nos hace sentirnos miembros de la única Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.

A lo largo de estos decenios, se han intensificado los contactos y los intercambios misioneros, también gracias al desarrollo y al multiplicarse de los medios de comunicación, de forma que la Iglesia prácticamente ha entrado en contacto con todas las civilizaciones y culturas. Por otra parte, el intercambio de dones entre las comunidades eclesiales de antigua y de reciente fundación ha constituido un enriquecimiento mutuo y ha favorecido el aumento de la conciencia de que todos somos "misioneros", es decir, de que todos estamos implicados, aunque sea de modos diversos, en el anuncio y en el testimonio del Evangelio.

A la vez que damos gracias al Señor por el compromiso misionero que se está llevando a cabo, no podemos por menos de constatar simultáneamente las dificultades que se presentan hoy en este campo. Entre ellas, me limito a subrayar la disminución y el envejecimiento del clero en las diócesis que en otros tiempos enviaban misioneros a regiones lejanas. Ciertamente, en el contexto de una crisis vocacional generalizada, esto constituye un desafío que es preciso afrontar.

El congreso organizado por la Pontificia Unión misional para conmemorar el 50° aniversario de la Fidei donum, os ha permitido analizar atentamente esta situación que vive hoy la Iglesia. Aunque no podemos ignorar los problemas y las sombras, debemos mirar al futuro con confianza, dando renovada y más auténtica identidad a los misioneros "fidei donum", en un contexto mundial que indudablemente ha cambiado con respecto al de los años 50 del siglo pasado.

Si son numerosos los desafíos que afronta la evangelización en nuestra época, también son numerosos los signos de esperanza que en todas las partes del mundo testimonian una estimulante vitalidad misionera del pueblo cristiano. Y, sobre todo, es necesario que nunca se pierda la conciencia de que el Señor, antes de dejar a los discípulos para ir al cielo, al enviarlos a anunciar su Evangelio en todos los rincones del mundo, les aseguró:  "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

Queridos hermanos y hermanas, esta certeza no nos debe abandonar nunca. El Dueño de la mies no dejará que falten obreros en su mies, si con confianza e insistentemente se lo pedimos en la oración y en la dócil escucha de su palabra y de sus enseñanzas. A este respecto, deseo reiterar la invitación que Pío XII dirigió a los fieles de entonces:  "Especialmente durante estos años —escribió en su encíclica— tal vez decisivos para el porvenir del catolicismo en muchos países, multipliquemos las misas celebradas por las intenciones de las misiones; son las intenciones mismas de nuestro Señor, que ama a su Iglesia y que la quisiera ver extendida y floreciente por todos los lugares de la tierra" (AAS 49 [1957] 239).

Hago mía esta exhortación, convencido de que el Señor, saliendo al encuentro de nuestras incesantes súplicas, seguirá bendiciendo con abundantes frutos apostólicos el compromiso misionero de la Iglesia. Encomiendo este deseo a María, Madre y Reina de los Apóstoles, a la vez que de corazón os imparto a vosotros, aquí presentes, y a todos los misioneros del mundo una bendición apostólica especial.

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana   

 

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