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VIAJE APOSTÓLICO
A BRASIL
CON OCASIÓN DE LA V CONFERENCIA GENERAL
DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE
DISCURSO DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
A LAS CLARISAS AL INICIO DE LA
VISITA A LA HACIENDA DE LA ESPERANZA
Sábado 12 de mayo de 2007
«Alabado seas, mi Señor, por todas tus criaturas».
Con este saludo al Omnipotente y Buen Señor, el santo "Poverello" de Asís
reconocía la bondad única de Dios Creador y la dulzura, la fuerza y la belleza
que serenamente se esparcen en todas las criaturas, haciendo de ellas espejo de
la omnipotencia del Creador.
Nuestro encuentro, queridas hermanas hijas de santa Clara, en esta Hacienda de
la Esperanza, quiere ser la manifestación de un gesto de afecto del Sucesor de
Pedro a las religiosas de clausura y también una serena manifestación de amor
que resuena en estas colinas y valles de la Sierra de la Mantiqueira y se
difunde por toda la tierra: «Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que
resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe
su lenguaje» (Sal 18, 4-5). Desde este lugar las hijas de santa Clara
proclaman; «¡Alabado seas, mi Señor, por todas tus criaturas!».
Donde la sociedad no ve ya futuro o esperanza, los cristianos están llamados a
anunciar la fuerza de la Resurrección: precisamente aquí, en esta Hacienda de
la Esperanza, donde se encuentran tantas personas, principalmente jóvenes, que
tratan de superar el problema de la droga, del alcohol y de la dependencia de
sustancias químicas, se testimonia el Evangelio de Cristo en medio de una
sociedad consumista alejada de Dios.
¡Cuán diversa es la perspectiva del Creador en su obra! Las hermanas Clarisas y
los demás religiosos de clausura —que, en la vida contemplativa, escrutan la
grandeza de Dios y descubren también la belleza de las criaturas— pueden
contemplar, juntamente con el autor sagrado, a Dios mismo, arrobado, maravillado
ante su obra, ante su criatura amada: «Dios contempló todo lo que había hecho y
todo estaba muy bien» (Gn 1, 31).
Cuando el pecado entró en el mundo, y con él la muerte, la criatura amada de
Dios —aun estando herida— no perdió totalmente su belleza; al contrario, recibió
un amor mayor: «¡Oh feliz culpa, que nos mereció tan gran Redentor!», proclama
la Iglesia en la noche misteriosa y clara de la Pascua (Exultet). Es
Cristo resucitado quien cura las heridas y salva a los hijos e hijas de Dios,
salva a la humanidad de la muerte, del pecado y de la esclavitud de las
pasiones. La Pascua de Cristo une la tierra y el cielo. En esta Hacienda de la
Esperanza se unen las oraciones de las Clarisas y el arduo trabajo de la
medicina y de la laborterapia para vencer las prisiones y romper las cadenas de
las drogas que hacen sufrir a los hijos amados de Dios.
Así se restaura la belleza de las criaturas, que encanta y maravilla a su
Creador, el Padre todopoderoso, el único cuya esencia es el amor y cuya gloria
es el hombre vivo, como dijo san Ireneo. «Tanto amó Dios al mundo, que le dio a
a su Hijo» (Jn 3, 16) para levantar al caído en el camino, asaltado y
herido por los ladrones en la senda de Jerusalén a Jericó. En los caminos del
mundo, Jesús es "la mano que el Padre tiende a los pecadores; es el camino por
el cual nos llega la paz" (anáfora eucarística).
Sí, aquí descubrimos que la belleza de las criaturas y el amor de Dios son
inseparables. San Francisco y santa Clara de Asís también descubren este secreto
y proponen a sus hijos e hijas amados una sola cosa, y muy simple: vivir el
Evangelio. Esta es su norma de conducta y su regla de vida. Santa Clara lo
expresó muy bien, cuando dijo a sus hermanas: «Tened entre vosotras, hijas
mías, el mismo amor con el cual Cristo os amó» (Testamento).
Con este amor fray Hans las invitó a ser garantes de todo el trabajo realizado
en la Hacienda de la Esperanza. Con la fuerza de la oración silenciosa, con los
ayunos y las penitencias, las hijas de santa Clara viven el mandamiento del amor
a Dios y al prójimo, en el gesto supremo de amar hasta el extremo.
Esto significa que nunca se debe perder la esperanza. De ahí el nombre de esta
obra de fray Hans: "Hacienda de la Esperanza". En efecto, es necesario
edificar, construir la esperanza, tejiendo el entramado de una sociedad que, al
extender los hilos de la vida, pierde el verdadero sentido de la esperanza. Esta
pérdida, como dijo san Pablo, es una maldición que la persona humana se impone a
sí misma: «Personas sin amor» (cf. Rm 1, 31).
Queridas hermanas, proclamad que «la esperanza no defrauda» (Rm 5, 5). El
dolor de Cristo crucificado, que traspasó el alma de María al pie de la cruz,
consuela a muchos corazones maternos y paternos que lloran de dolor por sus
hijos aún dependientes de las drogas. Anunciad con el silencio oblativo de la
oración, silencio elocuente que el Padre escucha; anunciad el mensaje del amor
que vence el dolor, la droga y la muerte. Anunciad a Jesucristo, hombre como
nosotros, que sufrió como nosotros, que cargó sobre sí nuestros pecados para
librarnos de ellos.
Dentro de poco iniciaremos la V Conferencia general del Episcopado
latinoamericano y del Caribe en el santuario de Aparecida, muy cerca de esta
Hacienda de la Esperanza. Confío también en vuestras oraciones, para que
nuestros pueblos tengan vida en Jesucristo y todos seamos sus discípulos y
misioneros. Ruego a María, la Madre Aparecida, la Virgen de Nazaret, que,
siguiendo a su Hijo, guardaba todas las cosas en su corazón, que os guarde en el
silencio fecundo de la oración.
A todas las religiosas de clausura, de manera especial a las Clarisas presentes
en esta Obra, va mi bendición y mi afecto.
© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana
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