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DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
A LOS MIEMBROS DE LA FEDERACIÓN UNIVERSITARIA
CATÓLICA ITALIANA


Viernes 9 de noviembre de 2007

 

Queridos jóvenes amigos de la FUCI: 

Me es particularmente grata vuestra visita, que realizáis al final de las celebraciones por el 110° aniversario del nacimiento  de  vuestra asociación, la Federación universitaria católica italiana (FUCI). Os dirijo a cada uno mi saludo cordial, comenzando por los presidentes nacionales y por el consiliario central, y les agradezco las palabras que me han dirigido en vuestro nombre.

Saludo a monseñor Giuseppe Betori, secretario general de la Conferencia episcopal italiana, y a monseñor Domenico Sigalini, obispo de Palestrina y consiliario general de la Acción católica italiana, que os han acompañado a esta audiencia y con su presencia testimonian el fuerte arraigo de la FUCI en la Iglesia que está en Italia. Saludo a los consiliarios diocesanos y a los miembros de la fundación FUCI. A todos y cada uno renuevo el aprecio de la Iglesia por el trabajo que vuestra asociación lleva a cabo en el mundo universitario al servicio del Evangelio.

La FUCI celebra sus 110 años:  una ocasión propicia para mirar el camino recorrido y las perspectivas futuras. La custodia de la memoria histórica representa un gran valor porque, al considerar la validez y la consistencia de las propias raíces, las personas se sienten impulsadas más fácilmente a proseguir con entusiasmo el itinerario emprendido.

En esta feliz circunstancia, repito de buen grado las palabras que hace diez años os dirigió mi venerado y amado predecesor Juan Pablo II, con ocasión de vuestro centenario:  "la historia de estos cien años confirma, precisamente, que la realidad de la FUCI constituye un capítulo significativo de la vida de la Iglesia en Italia, en particular del vasto y multiforme movimiento laical que ha tenido su eje principal en la Acción católica" (n. 3:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de mayo de 1996, p. 6).

¿Cómo no reconocer que la FUCI ha contribuido a la formación de generaciones enteras de cristianos ejemplares, que han sabido traducir en su vida y con su vida el Evangelio, comprometiéndose en el ámbito cultural, civil, social y eclesial? En primer lugar, pienso en los beatos Piergiorgio Frassati y Alberto Marvelli, vuestros coetáneos; recuerdo a personalidades ilustres, como Aldo Moro y Vittorio Bachelet, ambos asesinados bárbaramente. No puedo olvidar tampoco a mi venerado predecesor Pablo VI, que fue atento y valiente consiliario central de la FUCI durante los difíciles años del fascismo, y a monseñor Emilio Guano y a monseñor Franco Costa.

Además, los últimos diez años se han caracterizado por el decisivo empeño de la FUCI por redescubrir su dimensión universitaria. Después de muchos debates y fuertes discusiones, a mitad de la década de 1990 se llevó a cabo en Italia una reforma radical del sistema académico, que ahora presenta una nueva fisonomía llena de perspectivas prometedoras, pero incluye elementos que suscitan una legítima preocupación. Y vosotros, tanto durante los recientes congresos como desde las páginas de la revista Ricerca, os habéis preocupado constantemente por la nueva configuración de los estudios académicos, por las relativas modificaciones legislativas, por el tema de la participación estudiantil y por los modos como las dinámicas globales de la comunicación influyen en la formación y en la transmisión del saber.

Precisamente en este ámbito la FUCI puede expresar plenamente también hoy su carisma antiguo y siempre actual, es decir, el testimonio convencido de la "posible amistad" entre inteligencia y fe, que implica el esfuerzo incesante por conjugar la maduración en la fe con el crecimiento en el estudio y en la adquisición del saber científico. En este contexto, cobra un valor significativo la expresión tan arraigada entre vosotros:  "Creer en el estudio". En efecto, ¿por qué considerar que quien tiene fe debe renunciar a la búsqueda libre de la verdad, y que quien busca libremente la verdad debe renunciar a la fe?

En cambio, precisamente durante los estudios universitarios y gracias a ellos, es posible realizar una auténtica maduración humana, científica y espiritual. "Creer en el estudio" quiere decir reconocer que el estudio y la investigación —especialmente durante los años de universidad— poseen una fuerza intrínseca de ampliación de los horizontes de la inteligencia humana, con tal de que el estudio académico conserve un perfil exigente, riguroso, serio, metódico y progresivo.

Más aún, en estas condiciones representa una ventaja para la formación global de la persona humana, como solía decir el beato Giuseppe Tovini, observando que con el estudio los jóvenes jamás habrían sido pobres, mientras que sin el estudio jamás habrían sido ricos.

El estudio constituye, al mismo tiempo, una oportunidad providencial para avanzar en el camino de la fe, porque la inteligencia bien cultivada abre el corazón del hombre a la escucha de la voz de Dios, mostrando la importancia del discernimiento y de la humildad. Precisamente al valor de la humildad me referí en la reciente Ágora de Loreto, cuando exhorté a los jóvenes italianos a no seguir el camino del orgullo, sino el de un sentido realista de la vida abierto a la dimensión trascendente.

Hoy, como en el pasado, quien quiera ser discípulo de Cristo está llamado a ir contracorriente, a no dejarse atraer por reclamos interesados y persuasivos que provienen de diversos púlpitos, desde donde se promueven comportamientos marcados por la arrogancia y la violencia, la prepotencia y la conquista del éxito a toda costa. En la sociedad actual se registra una carrera, a veces desenfrenada, al aparecer y al tener, por desgracia en detrimento del ser; y la Iglesia, maestra de humanidad, no se cansa de exhortar especialmente a las nuevas generaciones, a las que vosotros pertenecéis, a permanecer vigilantes y a no temer elegir caminos "alternativos", que sólo Cristo sabe indicar.

Sí, queridos amigos, Jesús llama a todos sus amigos a fundamentar su existencia en un estilo de vida sobrio y solidario, a entablar relaciones afectivas sinceras y desinteresadas con los demás. A vosotros, queridos jóvenes estudiantes, os pide que os comprometáis honradamente en el estudio, cultivando un sentido maduro de responsabilidad y un interés compartido por el bien común.

Por tanto, los años de universidad han de ser un gimnasio de convencido y valiente testimonio evangélico. Y para realizar esta misión, tratad de cultivar una amistad íntima con el divino Maestro, imitando a María, Sede de la Sabiduría. Os encomiendo a su intercesión materna y, a la vez que os aseguro un recuerdo en la oración, con afecto os imparto de corazón a todos una especial bendición apostólica, que de buen grado extiendo a vuestras familias y a vuestros seres queridos.

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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