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DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
A LOS PARTICIPANTES EN LA XXXIV CONFERENCIA DE LA FAO*

Sala Clementina
Jueves 22 de noviembre de 2007

 

Señor presidente;
señor director general;
señoras y señores:

Me complace daros la bienvenida al Vaticano con ocasión de vuestra reunión para la XXXIV Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación. Nuestro encuentro de hoy forma parte de una tradición que se remonta al tiempo en que vuestra Organización estableció por primera vez su sede en Roma. Me alegra tener una nueva ocasión de expresaros mi aprecio por vuestra labor orientada a eliminar la plaga del hambre en el mundo.

Como sabéis, la Santa Sede ha mantenido siempre un gran interés en hacer todos los esfuerzos posibles para librar a la familia humana del hambre y la desnutrición, consciente de que la solución de estos problemas no sólo requiere una extraordinaria dedicación y una formación técnica muy cualificada, sino sobre todo un espíritu auténtico de cooperación que una a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Este noble objetivo requiere un decidido reconocimiento de la dignidad intrínseca de la persona humana en todas las etapas de su vida. Todas las formas de discriminación, y particularmente las que impiden el desarrollo de la agricultura, deben rechazarse porque constituyen una violación del derecho básico de toda persona de estar "libre del hambre". De hecho, la misma naturaleza de vuestra labor en favor del bien común de la humanidad exige estas convicciones, como lo expresa con gran elocuencia vuestro lema "fiat panis", palabras que están también en el centro del Evangelio que la Iglesia está llamada a anunciar.

Los datos recogidos mediante vuestra investigación y el alcance de vuestros programas con el fin de sostener el esfuerzo global para desarrollar los recursos naturales del mundo demuestran claramente una de las paradojas más preocupantes de nuestro tiempo: la difusión imparable de la pobreza en un mundo que también está experimentando una prosperidad sin precedentes, no sólo en la esfera económica sino también en los campos de la ciencia y de la tecnología que se desarrollan tan rápidamente.

Los obstáculos del camino hacia la superación de esta situación trágica a veces pueden desanimar. Conflictos armados, epidemias, condiciones atmosféricas y ambientales adversas y el masivo desplazamiento forzado de pueblos: todos estos obstáculos deberían servir como motivación para redoblar los esfuerzos con el fin de que cada persona reciba su pan de cada día. La Iglesia, por su parte, está convencida de que la búsqueda de soluciones técnicas más eficaces en un mundo que cambia y se expande constantemente requiere programas de largo alcance, que incorporen valores permanentes arraigados en la dignidad y en los derechos inalienables de la persona humana.

La FAO sigue desempeñando un papel esencial para aliviar el hambre en el mundo, recordando a la comunidad internacional la necesidad urgente de actualizar constantemente los métodos y elaborar estrategias adecuadas para afrontar los desafíos actuales. Aprecio los generosos esfuerzos realizados a este respecto por todos los asociados a vuestra Organización. La Santa Sede ha seguido atentamente las actividades de la FAO durante los últimos sesenta años, y confía en que continúen los resultados significativos ya alcanzados. La FAO fue una de las primeras organizaciones internacionales con las que la Santa Sede estableció relaciones diplomáticas regulares. El 23 de noviembre de 1948, durante la IV sesión de vuestra Conferencia, a la Santa Sede se le concedió la categoría única de "observador permanente", que le garantiza su derecho a participar en las actividades de los diversos departamentos y agencias afiliadas a la FAO de un modo conforme a la misión religiosa y moral de la Iglesia.

Los esfuerzos conjuntos de la comunidad internacional para eliminar la desnutrición y promover un desarrollo auténtico requieren necesariamente estructuras claras de gestión y supervisión, y una valoración realista de los recursos necesarios para afrontar un amplio abanico de situaciones diferentes. Requiere la contribución de todos los miembros de la sociedad —personas, organizaciones de voluntariado, empresas y gobiernos locales y nacionales—, siempre con el debido respeto de los principios éticos y morales que son el patrimonio común de todos los pueblos y el fundamento de toda la vida social. La comunidad internacional debe aprovechar siempre el valioso tesoro de valores comunes, porque el desarrollo auténtico y duradero sólo puede promoverse con espíritu de cooperación y deseo de compartir los recursos profesionales y técnicos.

En verdad, hoy más que nunca la familia humana necesita encontrar instrumentos y estrategias capaces de superar los conflictos causados por las diferencias sociales, las rivalidades étnicas y la gran disparidad de niveles de desarrollo económico. La humanidad tiene sed de paz verdadera y duradera, una paz que sólo puede lograrse si las personas, los grupos en todos los niveles y los encargados del gobierno cultivan el hábito de tomar decisiones responsables basadas firmemente en los principios fundamentales de justicia. Por tanto, es esencial que las sociedades dediquen sus energías a formar auténticos constructores de paz:  esta es una tarea que compete de modo particular a organizaciones como la vuestra, que no pueden dejar de reconocer como fundamento de justicia auténtica el destino universal de los bienes de la creación.

La religión, como poderosa fuerza espiritual para sanar las heridas de conflictos y divisiones, debe dar su contribución característica a este respecto, especialmente a través de la obra de formación de las mentes y de los corazones, de acuerdo con la idea de persona humana.

Señoras y señores, el progreso técnico, aunque es importante, no lo es todo. Dicho progreso debe colocarse en el contexto más amplio del bien integral de la persona humana. Debe alimentarse constantemente del patrimonio común de valores que pueden inspirar iniciativas concretas encaminadas a una distribución más equitativa de los bienes espirituales y materiales.

Como escribí en mi encíclica Deus caritas est, "quien es capaz de ayudar reconoce que, precisamente de este modo, también él es ayudado; el poder ayudar no es mérito suyo ni motivo de orgullo" (n. 35). Este principio se aplica de modo especial en el mundo de la agricultura, en el que debería reconocerse y estimarse debidamente el trabajo de quienes a menudo son considerados los miembros "más humildes" de la sociedad.

La extraordinaria actividad de la FAO en favor del desarrollo y la seguridad alimentaria ponen claramente de manifiesto la correlación entre la difusión de la pobreza y la negación de los derechos humanos básicos, comenzando por el derecho fundamental a una alimentación adecuada. La paz, la prosperidad y el respeto de los derechos humanos están inseparablemente unidos. Ha llegado el tiempo de garantizar, por el bien de la paz, que ningún hombre, mujer y niño tenga hambre.

Queridos amigos, a la vez que os renuevo mi estima por vuestra labor, os aseguro mis oraciones para que Dios todopoderoso ilumine y guíe vuestras deliberaciones, de modo que la actividad de la FAO responda cada vez más plenamente a la aspiración de la familia humana a la solidaridad, a la justicia y a la paz.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.51 p.6, 10 (698, 702).

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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