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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS OBISPOS DEL CÁUCASO EN VISITA "AD LIMINA"


Jueves 24 de abril de 2008

 

Queridos y venerados hermanos: 

"La paz con vosotros". El saludo de Jesús resucitado a los discípulos reunidos en el Cenáculo lo dirijo a vosotros, a quienes él ha puesto a la cabeza de la porción del pueblo de Dios que vive en la región del Cáucaso. Me alegra tener este encuentro conjunto con vosotros, después de haber podido hablar personalmente con cada uno en ocasión de la visita ad limina. Han sido conversaciones interesantes, gracias a las cuales he podido conocer mejor la situación de vuestras respectivas comunidades, las esperanzas y las preocupaciones que lleváis en el corazón, y doy gracias al Señor por el trabajo apostólico que realizáis con gran entrega y amor a Cristo y a la Iglesia.

Os saludo con afecto y, a través de vosotros, envío mi cordial saludo a los sacerdotes, vuestros primeros colaboradores, a las personas consagradas y a todos los fieles de vuestras comunidades, así como a los miembros de las demás confesiones cristianas y de las otras religiones que pueblan el Cáucaso, tierra rica en historia y cultura, crisol de civilizaciones y encrucijada entre Oriente y Occidente. De todo ello me ha hablado con entusiasmo el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, que acaba de volver de su reciente visita a vuestras Iglesias.

Después de la caída de la Unión Soviética, vuestras poblaciones han experimentado significativos cambios sociales en el camino del progreso, pero aún perduran situaciones difíciles:  son muchos los pobres, los desempleados y los refugiados, que las guerras han alejado de sus casas, dejándolos de hecho a merced de la precariedad. Pero los acontecimientos dolorosos del siglo pasado no han apagado la llama del Evangelio que, a lo largo de las generaciones, ha encontrado en el Cáucaso un terreno fértil, aunque no han faltado contraposiciones violentas, tanto internas como provenientes del exterior, que han causado muchas víctimas, entre las cuales la Iglesia incluye a numerosos mártires de la fe.

Así pues, vuestra actividad pastoral se desarrolla en un territorio donde perduran numerosos desafíos sociales y culturales, y donde la comunidad católica constituye una "pequeña grey", que vive su fe en contacto con otras confesiones cristianas y otras religiones. En efecto, allí conviven católicos de rito armenio, latino y caldeo, con ortodoxos, armenio-apostólicos, judíos y musulmanes. En ese contexto multirreligioso es importante que los católicos sigan intensificando cada vez más su colaboración con las demás Iglesias y también con los seguidores de otras religiones, como ya sucede en muchas partes.

Además, es necesario impedir que, donde el comunismo no logró erosionar la identidad católica, formas insidiosas de presión puedan debilitar en algunos el sentido de pertenencia eclesial. Por eso, comparto la aspiración de vuestras comunidades católicas a que se les reconozca la personalidad jurídica y se respete la naturaleza propia de la Iglesia católica. También deseo que, gracias al diálogo actual entre católicos y ortodoxos, aumente la fraternidad que debe caracterizar las relaciones entre Iglesias que se respetan mutuamente, a pesar de las diferencias que aún existen.

Han de guiar todas vuestras actividades las palabras con que san Pablo exhortaba  a los cristianos de Roma a mantener la confianza incluso en medio de las tribulaciones, "sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia,  virtud  probada; la virtud probada,  esperanza; y la esperanza no falla, porque  el  amor de Dios ha sido derramado  en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm 5, 3-5). Por eso, animad y sostened a vuestros fieles, para que ante las dificultades no les falte la alegría de profesar la fe y de pertenecer a la Iglesia católica. Es la alegría que brota del corazón de  quien sigue a Cristo Señor y está dispuesto a dar testimonio de su Evangelio.

Mientras cada uno de vosotros me relataba las experiencias relativas a vuestras comunidades, me venían a la mente las palabras de Jesús:  "La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38). Sí, venerados hermanos, rogad y haced que se ruegue para que no falten obreros en la viña del Señor; seguid promoviendo las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Es necesario lograr que en Armenia, Azerbaiyán y Georgia las generaciones futuras puedan contar con un clero que sea santo, viva con alegría su vocación y se dedique con generosidad al cuidado de todos los fieles.

Vosotros mismos, en primer lugar, debéis ser guías sabios y seguros del pueblo de Dios, sosteniendo a las familias, que son sus células vivas. Hoy las familias, a causa de la mentalidad inculcada en la sociedad y heredada del período comunista, encuentran numerosas dificultades y están marcadas por las heridas y los atentados contra la vida humana que, por desgracia, se registran en muchas otras partes del mundo. Como primeros responsables de la pastoral familiar, esforzaos por educar a los esposos cristianos para que "den testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y de la fidelidad matrimonial, que es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo" (Familiaris consortio, 20).

Queridos y venerados hermanos, el Papa os sostiene y os acompaña en la ardua misión de pastores de la grey de Cristo que vive en el Cáucaso. Sé cuánto celo arde en vuestro corazón y cuántos esfuerzos realizáis para difundir el evangelio de la esperanza. Me impresiona en particular la atención que, con diferentes actividades caritativas, prestáis a las necesidades de los pobres y de las personas que atraviesan dificultades, gracias a la valiosa contribución de religiosos, religiosas y laicos. Y me complace subrayar que esas actividades se realizan  con espíritu evangélico, con la conciencia de que "para la Iglesia la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia" (Deus caritas est, 25).

Haced que cada comunidad actúe siempre con este espíritu. Educad a todos los fieles para que testimonien con su vida el amor de Cristo sin segundas finalidades, porque para el cristiano "el ejercicio de la caridad no ha de ser un medio en función de lo que se considera proselitismo, pues el amor es gratuito" (cf. ib., 31). Además, vuestra tarea de educadores en la fe y de pastores de la grey de Cristo requiere que entre vosotros existan relaciones de constante colaboración, basadas en la confianza y el apoyo recíproco. Por tanto, no han de faltar encuentros y momentos para verificar periódicamente los planes pastorales que elaboráis, especialmente para la preparación a los sacramentos. Dichos planes han de tender sobre todo a la formación de las conciencias de los fieles según la ética evangélica, con una atención privilegiada a los jóvenes

Queridos hermanos, al volver a vuestras comunidades, transmitid a cuantos encontréis mi más cordial saludo, acompañado por la seguridad de mi constante recuerdo en la oración para que Dios haga fecundo vuestro ministerio. La Virgen María vele sobre vosotros y sobre vuestras comunidades. Que ella os obtenga el don de la unidad y de la paz para que, caminando en nombre de Cristo, podáis construir juntos, por encima de las diversidades, una sociedad donde reinen la justicia y la paz. A vosotros, aquí presentes, a los fieles que el Señor ha encomendado a vuestro cuidado pastoral y a todos los habitantes del Cáucaso, mi bendición.

 

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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