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HOMENAJE A LA INMACULADA EN LA PLAZA DE
ESPAÑA
DISCURSO DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
Solemnidad de la Inmaculada Concepción Virgen María
Lunes 8 de diciembre de 2008
Queridos hermanos y hermanas:
Hace casi tres meses, tuve la alegría de ir en peregrinación a Lourdes, con
ocasión del 150° aniversario de la histórica aparición de la Virgen María a
santa Bernardita. Las celebraciones de este singular aniversario se concluyen
precisamente hoy, solemnidad de la Inmaculada Concepción, porque la "hermosa
Señora" —como la llamaba Bernardita—, mostrándose a ella por última vez en la
gruta de Massabielle, reveló su nombre diciendo: "Yo soy la Inmaculada
Concepción". Lo dijo en el idioma local, y la pequeña vidente refirió a su
párroco esa expresión, para ella desconocida e incomprensible.
"Inmaculada Concepción": también nosotros repetimos hoy con conmoción ese
nombre misterioso. Lo repetimos aquí, al pie de este monumento en el corazón de
Roma; e innumerables hermanos y hermanas nuestros hacen lo mismo en otros muchos
lugares del mundo, santuarios y capillas, así como en las casas de familias
cristianas. Donde hay una comunidad católica, allí se venera hoy a la Virgen con
este nombre estupendo y maravilloso: Inmaculada Concepción.
Ciertamente, la convicción sobre la inmaculada concepción de María existía ya
muchos siglos antes de las apariciones de Lourdes, pero estas llegaron como un
sello celestial después de que mi venerado predecesor el beato Pío ix definiera
el dogma, el 8 de diciembre de 1854. En la fiesta de hoy, tan arraigada en el
pueblo cristiano, esta expresión brota del corazón y aflora a los labios como el
nombre de nuestra Madre celestial. Como un hijo alza los ojos al rostro de su
mamá y, viéndolo sonriente, olvida todo miedo y todo dolor, así nosotros,
volviendo la mirada a María, reconocemos en ella la "sonrisa de Dios", el
reflejo inmaculado de la luz divina; encontramos en ella nueva esperanza incluso
en medio de los problemas y los dramas del mundo.
Es tradición que el Papa se una al homenaje que rinde la ciudad trayendo a María
una cesta de rosas. Estas flores indican nuestro amor y nuestra devoción: el
amor y la devoción del Papa, de la Iglesia de Roma y de los habitantes de esta
ciudad, que se sienten espiritualmente hijos de la Virgen María. Simbólicamente,
las rosas pueden expresar cuanto de bello y de bueno hemos realizado durante el
año, porque en esta cita ya tradicional quisiéramos ofrecerlo todo a nuestra
Madre, convencidos de que nada podríamos haber hecho sin su protección y sin las
gracias que diariamente nos obtiene de Dios. Pero —como suele decirse— no hay
rosa sin espinas, y en los tallos de estas estupendas rosas blancas tampoco
faltan las espinas, que para nosotros representan las dificultades, los
sufrimientos, los males que han marcado y marcan también la vida de las personas
y de nuestras comunidades. A la Madre se presentan las alegrías, pero se le
confían también las preocupaciones, seguros de encontrar en ella fortaleza para
no abatirse y apoyo para seguir adelante.
¡Oh Virgen Inmaculada, en este momento quisiera confiarte especialmente a los
"pequeños" de nuestra ciudad: ante todo a los niños, y especialmente a los que
están gravemente enfermos; a los muchachos pobres y a los que sufren las
consecuencias de situaciones familiares duras! Vela sobre ellos y haz que
sientan, en el afecto y la ayuda de quienes están a su lado, el calor del amor
de Dios.
Te encomiendo, oh María, a los ancianos solos, a los enfermos, a los inmigrantes
que encuentran dificultad para integrarse, a las familias que luchan por cuadrar
sus cuentas y a las personas que no encuentran trabajo o que han perdido un
puesto de trabajo indispensable para seguir adelante.
Enséñanos, María, a ser solidarios con quienes pasan dificultades, a colmar las
desigualdades sociales cada vez más grandes; ayúdanos a cultivar un sentido más
vivo del bien común, del respeto a lo que es público; impúlsanos a sentir la
ciudad —y de modo especial nuestra ciudad de Roma— como patrimonio de todos, y a
hacer cada uno, con conciencia y empeño, nuestra parte para construir una
sociedad más justa y solidaria.
¡Oh Madre Inmaculada, que eres para todos signo de segura
esperanza y de consuelo, haz que nos dejemos atraer por tu pureza inmaculada! Tu
belleza —Tota
pulchra, cantamos hoy— nos garantiza que es posible la victoria del amor;
más aún, que es cierta; nos asegura que la gracia es más fuerte que el pecado y
que, por tanto, es posible el rescate de cualquier esclavitud.
Sí, ¡oh María!, tu nos ayudas a creer con más confianza en el bien, a apostar
por la gratuidad, por el servicio, por la no violencia, por la fuerza de la
verdad; nos estimulas a permanecer despiertos, a no caer en la tentación de
evasiones fáciles, a afrontar con valor y responsabilidad la realidad, con sus
problemas. Así lo hiciste tú, joven llamada a arriesgarlo todo por la Palabra
del Señor.
Sé madre amorosa para nuestros jóvenes, para que tengan el valor de ser
"centinelas de la mañana", y da esta virtud a todos los cristianos para que sean
alma del mundo en esta época no fácil de la historia.
Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre nuestra, Salus Populi Romani,
ruega por nosotros.
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana
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