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AUDIENCIA DEL PAPA BENEDICTO XVI
A LOS PEREGRINOS DE LA BAJA AUSTRIA QUE REGALARON
EL ÁRBOL DE NAVIDAD PARA LA PLAZA DE SAN PEDRO


Sala de las Bendiciones
Viernes 12 de diciembre de 2008

 

Queridos hermanos y hermanas: 

Os saludo cordialmente —Grüß Gott— a todos vosotros, que habéis venido a traer como regalo al Santo Padre y a la Iglesia el árbol de Navidad que, juntamente con el belén, adornará durante el próximo período navideño la plaza de San Pedro. Doy la bienvenida en particular al gobernador regional de la Baja Austria, doctor Erwin Pröll, al que agradezco las amables palabras que me ha dirigido también en nombre de todos los presentes.

Saludo, asimismo, al obispo de Sankt Pölten, monseñor Klaus Küng —también a usted le doy cordialmente las gracias por sus conmovedoras palabras—, y en representación de la delegación y de todos los huéspedes de la Baja Austria, al señor Johann Seper, alcalde del ayuntamiento de Gutenstein, en cuyo territorio ha crecido este magnífico árbol, el más alto en la historia de los árboles navideños de la plaza de San Pedro. Mi saludo particular va, igualmente, a los jóvenes cantores de Altenburg y a los músicos de Ziersdorf, que con su interpretación musical han dado a nuestro encuentro un tono festivo y, por decirlo así, son mensajeros de la rica cultura de vuestro país y de sus múltiples tradiciones. ¡Gracias de corazón! Donde está Austria, hay música; lo podemos experimentar también hoy de una forma admirable.

El regalo que viene de los bosques de vuestro hermoso país —del que forman parte también otros abetos que habéis traído para dar al palacio apostólico y a varios ambientes del Vaticano, entre ellos mi despacho, un clima navideño— me trae a la mente el recuerdo de la visita que realicé el año pasado a vuestra patria. En esa ocasión visité uno de los grandes conventos que caracterizan a vuestro país y que atestiguan su historia profundamente cristiana. Todos los fieles deben comprometerse para que también en el futuro este testimonio de Cristo siga vivo a fin de dar a los hombres apoyo y orientación en su vida o —como dijo usted, señor gobernador regional, de una forma muy concreta— un apoyo que los sostenga para seguir adelante.

En las próximas semanas el árbol de Navidad será motivo de alegría para los romanos y para los numerosos peregrinos que vendrán de todo el mundo a la ciudad eterna con ocasión de la festividad del Nacimiento de Cristo. Desde la ventana de mi oficina, también yo podré contemplar con gozo siempre renovado el árbol colocado cerca del belén. También tendré la ocasión de ir hasta el lugar, rezar ante el Niño Jesús y alegrarme con la luz del árbol y su belleza. Su forma en punta, su color verde y las luces de sus ramas son símbolos de vida. Además, nos remiten al misterio de la Nochebuena. Cristo, el Hijo de Dios, trae al mundo oscuro, frío y no redimido, al que viene a nacer, una nueva esperanza y un nuevo esplendor. Si el hombre se deja tocar e iluminar por el esplendor de la verdad viva que es Cristo, experimentará una paz interior en su corazón y será constructor de paz en una sociedad que tiene mucha nostalgia de reconciliación y redención.

Queridos amigos, una vez más, un sincero "Que Dios os recompense" por este hermoso regalo. También manifiesto mi agradecimiento a todos los colaboradores que no pueden estar presentes hoy, a los patrocinadores y a todos los que se han encargado de trasportar el árbol. El Señor os recompense por la disponibilidad con que habéis contribuido generosamente a la entrega del árbol.
Ya desde hoy os expreso mi felicitación por una fiesta de Navidad llena de gracia y os pido que la transmitáis a vuestras familias y a vuestros compatriotas. Os aseguro mi oración por vuestras familias y por vuestro hermoso país, y os encomiendo a todos a la intercesión de María, patrona de Austria, y de san Leopoldo, patrono de la región, que ahora, como hermosa escultura, podrá sentirse "en casa" también en mi apartamento. El Señor proteja a vuestra región y bendiga a toda Austria.

 

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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