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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LA DIÓCESIS DE ROMA
CON MOTIVO DE LA ENTREGA
DE SU CARTA SOBRE LA TAREA URGENTE DE LA EDUCACIÓN
Plaza de San Pedro
Sábado 23 de febrero de 2008
Queridos hermanos y hermanas:
Os agradezco que hayáis aceptado, en gran número, la invitación a esta audiencia
especial, durante la cual recibiréis de mis manos la carta que dirigí a la
diócesis y a la ciudad de Roma sobre la tarea urgente de la educación. Os saludo
con afecto a cada uno de vosotros: sacerdotes, religiosos y religiosas, padres
de familia, profesores, catequistas y demás educadores, niños, adolescentes y
jóvenes, así como a los que siguen la audiencia a través de la televisión.
Saludo y doy las gracias, en particular, al cardenal vicario y a todos los que
han tomado la palabra en representación de las diversas clases de personas
implicadas en el gran desafío educativo.
En efecto, estamos reunidos aquí porque nos mueve una solicitud común por el
bien de las nuevas generaciones, por el crecimiento y por el futuro de los hijos
que el Señor ha dado a esta ciudad. Nos mueve también una preocupación, es
decir, la percepción de lo que hemos llamado "una gran emergencia educativa".
Educar nunca ha sido fácil, y hoy parece cada vez más difícil; por eso, muchos
padres de familia y profesores se sienten tentados de renunciar a la tarea que
les corresponde, y ya ni siquiera logran comprender cuál es de verdad la misión
que se les ha confiado.
En efecto, demasiadas incertidumbres y dudas reinan en nuestra sociedad y en
nuestra cultura; los medios de comunicación social transmiten demasiadas
imágenes distorsionadas. Así, resulta difícil proponer a las nuevas generaciones
algo válido y cierto, reglas de conducta y objetivos por los cuales valga la
pena gastar la propia vida. Pero hoy estamos aquí también y sobre todo porque
nos sentimos sostenidos por una gran esperanza y una fuerte confianza, es decir,
por la certeza de que el "sí" claro y definitivo, que Dios en Jesucristo dijo a
la familia humana (cf. 2 Co 1, 19-20), vale también hoy para nuestros
muchachos y jóvenes, vale para los niños que hoy se asoman a la vida. Por eso,
también en nuestro tiempo educar en el bien es posible, es una pasión que
debemos llevar en el corazón, es una empresa común a la que cada uno está
llamado a dar su contribución.
Estamos aquí, en concreto, porque queremos responder al interrogante educativo
que hoy perciben dentro de sí los padres, preocupados por el futuro de sus
hijos; los profesores, que viven desde dentro la crisis de la escuela; los
sacerdotes y los catequistas, que saben por experiencia cuán difícil es educar
en la fe; los mismos muchachos, adolescentes y jóvenes, que no quieren que los
dejen solos ante los desafíos de la vida. Esta es la razón por la que os
escribí, queridos hermanos y hermanas, la carta que estoy a punto de entregaros.
En ella podéis encontrar algunas indicaciones, sencillas y concretas, sobre los
aspectos fundamentales y comunes de la obra educativa.
Hoy me dirijo a cada uno de vosotros para ofreceros mi afectuoso aliento a
asumir con alegría la responsabilidad que el Señor os encomienda, para que la
gran herencia de fe y de cultura, que es la riqueza más verdadera de nuestra
amada ciudad, no se pierda en el paso de una generación a otra, sino que, por el
contrario, se renueve, se robustezca, y sea una guía y un estímulo en nuestro
camino hacia el futuro.
Con este espíritu me dirijo a vosotros, queridos padres de familia, ante todo
para pediros que permanezcáis siempre firmes en vuestro amor recíproco: este es
el primer gran don que necesitan vuestros hijos para crecer serenos, para ganar
confianza en sí mismos y confianza en la vida, y para aprender ellos a ser a su
vez capaces de amor auténtico y generoso. Además, el bien que queréis para
vuestros hijos debe daros el estilo y la valentía del verdadero educador, con un
testimonio coherente de vida y también con la firmeza necesaria para templar el
carácter de las nuevas generaciones, ayudándoles a distinguir con claridad entre
el bien y el mal y a construir a su vez sólidas reglas de vida, que las
sostengan en las pruebas futuras. Así enriqueceréis a vuestros hijos con la
herencia más valiosa y duradera, que consiste en el ejemplo de una fe vivida
diariamente.
Con el mismo espíritu os pido a vosotros, profesores de los diversos niveles
escolares, que tengáis un concepto elevado y grande de vuestro importante
trabajo, a pesar de las dificultades, las incomprensiones y las desilusiones que
experimentáis con demasiada frecuencia. En efecto, enseñar significa ir al
encuentro del deseo de conocer y comprender ínsito en el hombre, y que en el
niño, en el adolescente y en el joven se manifiesta con toda su fuerza y
espontaneidad.
Por tanto, vuestra tarea no puede limitarse a comunicar nociones e
informaciones, dejando a un lado el gran interrogante acerca de la verdad, sobre
todo de la verdad que puede ser una guía en la vida. En efecto, sois auténticos
educadores: a vosotros, en estrecha sintonía con los padres de familia, se ha
encomendado el noble arte de la formación de la persona. En particular, cuantos
enseñan en las escuelas católicas han de llevar dentro de sí y traducir cada día
en actividad el proyecto educativo centrado en el Señor Jesús y en su Evangelio.
Y vosotros, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas,
animadores y formadores de las parroquias, de los grupos juveniles, de las
asociaciones y movimientos eclesiales, de los oratorios, de las actividades
deportivas y recreativas, procurad tener siempre, con los muchachos y los
jóvenes a los que os acercáis, los mismos sentimientos de Jesucristo (cf. Flp
2, 5). Por consiguiente, sed amigos fiables, en los que puedan palpar la amistad
de Jesús hacia ellos; al mismo tiempo, sed testigos sinceros e intrépidos de la
verdad que hace libres (cf. Jn 8, 32) e indica a las nuevas generaciones
el camino que conduce a la vida.
Pero la educación no es solamente obra de los educadores; es una relación entre
personas en la que, con el paso de los años, entran cada vez más en juego la
libertad y la responsabilidad de quienes son educados. Por eso, con gran afecto
me dirijo a vosotros, niños, adolescentes y jóvenes, para recordaros que
vosotros mismos estáis llamados a ser los artífices de vuestro crecimiento
moral, cultural y espiritual. En consecuencia, a vosotros os corresponde acoger
libremente en el corazón, en la inteligencia y en la vida, el patrimonio de
verdad, de bondad y de belleza que se ha formado a lo largo de los siglos y que
tiene en Jesucristo su piedra angular. A vosotros os corresponde renovar y
desarrollar ulteriormente este patrimonio, liberándolo de las numerosas mentiras
y fealdades que a menudo lo hacen irreconocible y provocan en vosotros
desconfianza y desilusión.
En cualquier caso, sabed que jamás estáis solos en este arduo camino: además de
vuestros padres, profesores, sacerdotes, amigos y formadores, está cerca de
vosotros sobre todo el Dios que nos ha creado y que es el huésped secreto de
nuestro corazón. Él ilumina desde dentro nuestra inteligencia, orienta hacia el
bien nuestra libertad, que con frecuencia percibimos frágil e inconstante; él es
la verdadera esperanza y el fundamento sólido de nuestra vida. De él, ante todo,
podemos fiarnos.
Por tanto, queridos hermanos y hermanas, en el momento en que os entrego
simbólicamente la carta sobre la tarea urgente de la educación, nos encomendamos
todos juntos a Aquel que es nuestro verdadero y único Maestro (cf. Mt 23,
8), para comprometernos juntamente con él, con confianza y alegría, en la
maravillosa empresa que es la formación y el crecimiento auténtico de las
personas. Con estos sentimientos y deseos, imparto a todos mi bendición.
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana
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