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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LA SEÑORA MARY ANN GLENDON,
NUEVA EMBAJADORA DE ESTADOS UNIDOS ANTE LA SANTA SEDE*


Viernes 29 de febrero de 2008

 

Excelencia:

Me complace aceptar las cartas que la acreditan como embajadora extraordinaria y plenipotenciaria de Estados Unidos de América y expresarle mis mejores deseos al asumir sus nuevas responsabilidades al servicio de su país. Confío en que el conocimiento y la experiencia logrados en su cualificada colaboración con la Santa Sede le puedan servir en el cumplimiento de sus deberes y enriquezcan la actividad de la comunidad diplomática a la que usted ahora pertenece. También le doy las gracias por el cordial saludo que me ha transmitido de parte del presidente George W. Bush, en representación del pueblo estadounidense, mientras me preparo para mi visita pastoral a Estados Unidos en abril.

Desde el alba de la República, como usted ha observado, Estados Unidos ha sido una nación que valora el papel de las creencias religiosas para garantizar un orden democrático vibrante y éticamente sano. El ejemplo de su nación que reúne a personas de buena voluntad independientemente de la raza, la nacionalidad o el credo, en una visión compartida y en una búsqueda disciplinada del bien común, ha estimulado a muchas naciones más jóvenes en sus esfuerzos por crear un orden social armonioso, libre y justo. Esta tarea de conciliar unidad y diversidad, de perfilar un objetivo común y de hacer acopio de la energía moral necesaria para alcanzarlo, se ha convertido hoy en una tarea urgente para toda la familia humana, cada vez más consciente de su interdependencia y de la necesidad de una solidaridad efectiva para hacer frente a los desafíos mundiales y construir un futuro de paz para las futuras generaciones.

La experiencia del siglo pasado, con su pesado patrimonio de guerra y de violencia, que culminó en el exterminio planificado de pueblos enteros, puso de manifiesto que el futuro de la humanidad no puede depender del mero compromiso político. Más bien, debe ser el fruto de un consenso más profundo basado en el reconocimiento de verdades universales, arraigadas en una reflexión razonada sobre los postulados de nuestra humanidad común (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 2008, n. 13).

La Declaración universal de derechos humanos, cuyo sexagésimo aniversario celebramos este año, fue el resultado del convencimiento mundial de que un orden global justo sólo puede basarse en el reconocimiento y en la defensa de la dignidad y de los derechos inviolables de cada hombre y cada mujer. Este reconocimiento, a su vez, debe motivar toda decisión que afecte al futuro de la familia humana y a todos sus miembros. Confío en que su país, basado en la verdad evidente de que el Creador ha dotado a cada ser humano de ciertos derechos inalienables, siga encontrando en los principios de la ley moral común, consagrados en sus documentos fundacionales, una guía segura para ejercer su  liderazgo en la comunidad internacional.

La edificación de una cultura jurídica mundial inspirada por los más altos ideales de justicia, solidaridad y paz exige un compromiso decidido, esperanza y generosidad de parte de cada nueva generación (cf. Spe salvi, 25). Aprecio su referencia a los significativos esfuerzos realizados por Estados Unidos a fin de elaborar métodos creativos para aliviar los graves problemas que deben afrontar muchas naciones y pueblos en el mundo. La edificación de un futuro más seguro para la familia humana significa ante todo y sobre todo trabajar por el desarrollo integral de los pueblos, especialmente mediante adecuadas medidas de asistencia sanitaria, la eliminación de pandemias como el sida, oportunidades educativas más amplias para los jóvenes, la promoción de la mujer, y poniendo freno a la corrupción y a la militarización que desvían recursos valiosos de muchos de nuestros hermanos y hermanas en los países más pobres.

El progreso de la familia humana no sólo se ve amenazado por la plaga del terrorismo internacional, sino también por atentados contra la paz como la aceleración de la carrera de armamentos o las continuas tensiones en Oriente Próximo. Aprovecho la ocasión para expresar mi esperanza de que negociaciones pacientes y transparentes lleven a la reducción y la eliminación de las armas nucleares y de que la reciente Conferencia de Annapolis sea la primera de una serie de iniciativas con miras a una paz duradera en la región.

La resolución de estos y otros problemas semejantes exige confianza y compromiso en la labor de organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas, que por su naturaleza pueden promover el diálogo y el entendimiento auténtico, conciliar opiniones divergentes y desarrollar políticas y estrategias multilaterales capaces de responder a los numerosos retos de nuestro mundo complejo, que cambia tan rápidamente. No puedo dejar de observar con gratitud la importancia que Estados Unidos ha atribuido al diálogo entre las religiones y las culturas como una fuerza que contribuye de forma eficaz a promover la paz. La Santa Sede está convencida del gran potencial espiritual de ese diálogo, en particular para la promoción de la no violencia y el rechazo de las ideologías que manipulan y desfiguran la religión con miras a objetivos políticos, y justifican la violencia en nombre de Dios.

El aprecio histórico del pueblo estadounidense por el papel de la religión para forjar el debate público y para iluminar la dimensión moral intrínseca en las cuestiones sociales -un papel contestado a veces en nombre de una comprensión limitada de la vida política y del debate público- se refleja en los esfuerzos de muchos de sus compatriotas y líderes gubernamentales para asegurar la protección legal del don divino de la vida desde su concepción hasta su muerte natural y salvaguardar la institución del matrimonio, reconocido como unión estable entre un hombre y una mujer, así como de la familia.

Señora embajadora, al emprender ahora sus elevadas responsabilidades al servicio de su país, le renuevo mis mejores deseos de éxito en su misión. Puede contar siempre con las oficinas de la Santa Sede para asistirla y apoyarla en el cumplimiento de sus responsabilidades. Imploro de corazón para usted, para su familia y para el querido pueblo estadounidense las bendiciones divinas de sabiduría, fortaleza y paz.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n°11 p.4 (136).

 

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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