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VIAJE APOSTÓLICO
DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
A SYDNEY (AUSTRALIA) CON OCASIÓN DE LA
XXIII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
(13 - 21 DE JULIO DE 2008)

CEREMONIA DE BIENVENIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Palacio del Gobierno, Sydney
Jueves 17
de julio de 2008

 

Ilustrísimos señores y señoras,
queridos amigos australianos:

Os saludo hoy con gran alegría. Deseo agradecer al Gobernador General, el General Mayor Michael Jeffery, y al Primer Ministro Rudd el honor que me hacen con su presencia en esta ceremonia, así como la bienvenida que me han deparado de forma tan cortés. Como sabéis, he podido disponer de algún día de descanso desde mi llegada a Australia el domingo pasado. Estoy muy agradecido por la hospitalidad que me han brindado. Ahora me dispongo a tomar parte esta tarde en la ceremonia de “bienvenida al País” de la población indígena y celebrar después los grandes eventos que son objeto de mi Visita Apostólica a esta Nación: la XXIII Jornada Mundial de la Juventud.

Alguien podría preguntarse qué es lo que mueve a miles de jóvenes a emprender un viaje, para muchos de ellos largo y cansado, para participar en un acto de este tipo. Desde la primera Jornada Mundial de la Juventud, en 1986, ha resultado evidente que muchos jóvenes valoran la oportunidad de congregarse para profundizar en la propia fe en Cristo y compartir con otros una experiencia gozosa de comunión en su Iglesia. Desean escuchar la palabra de Dios y aprender más sobre su fe cristiana. Tienen deseos de participar en un evento que pone de relieve los grandes ideales que los inspiran, y regresan a sus casas repletos de esperanza, renovados en su decisión de construir un mundo mejor. Es para mí una alegría estar con ellos, rezar con ellos y celebrar la Eucaristía junto con ellos. La Jornada Mundial de la Juventud me llena de confianza ante el futuro de la Iglesia y el futuro de nuestro mundo.

Es particularmente oportuno celebrar aquí la Jornada Mundial de la Juventud, dado que la Iglesia en Australia, además de ser la más joven entre las Iglesias de los diversos continentes, es también una de las más cosmopolita. Desde la llegada aquí de los primeros europeos a finales del siglo XVIII, este País se ha convertido en la morada no sólo de generaciones de emigrantes europeos, sino también de personas de cualquier rincón del mundo. La inmensa diversidad de la población australiana de hoy da un vigor especial a la que podría considerarse aún, comparándola con la mayor parte del resto del mundo, una nación joven. Sin embargo, miles de años antes de la llegada de los colonos occidentales, los únicos habitantes de este territorio eran personas originales del País, aborígenes e isleños del Estrecho de Torres. Su antigua herencia forma parte esencial del panorama cultural de la Australia moderna. Gracias a la audaz decisión del Gobierno australiano de reconocer las injusticias cometidas en el pasado contra los pueblos indígenas, se están dando ahora pasos concretos con el fin de alcanzar una reconciliación basada en el respeto recíproco. Justamente estáis tratando de colmar la diferencia entre los australianos indígenas y los no indígenas en lo que se refiere a la expectativa de vida, los planes educativos y las oportunidades económicas. Este ejemplo de reconciliación da esperanza en todo el mundo a los pueblos que anhelan ver consolidados sus derechos, así como reconocida y promovida su aportación a la sociedad.

Entre los colonos que venían de Europa había siempre una proporción significativa de católicos, y debemos estar justamente orgullosos por su contribución en la construcción de la Nación, en particular en los campos de la educación y la sanidad. Una de las figuras eminentes de la historia de este País es la Beata Mary Mackillop, ante cuya tumba rezaré después hoy mismo. Sé que su perseverancia frente a la adversidad, sus intervenciones para defender a cuantos eran tratados injustamente y su ejemplo concreto de santidad han llegado a ser fuente de inspiración para todos los australianos. Generaciones de australianos tienen motivos para agradecer a ella, a las Religiosas de san José del Sagrado Corazón y a otras congregaciones religiosas la red de escuelas que han fundado aquí, así como también el testimonio de la vida consagrada. En el actual contexto más secularizado, la comunidad católica sigue ofreciendo una contribución importante a la vida nacional, no sólo a través de la educación y la sanidad, sino de modo especial indicando la dimensión espiritual de las cuestiones más relevantes del debate contemporáneo.

Con tantos miles de jóvenes que visitan Australia en estos días, es obligado reflexionar sobre qué tipo de mundo estamos transmitiendo a las futuras generaciones. Según la letra de vuestro himno nacional, esta tierra “abunda en dones naturales, de una belleza rica y rara”. Las maravillas de la creación de Dios nos recuerdan la necesidad de proteger el ambiente y llevar a cabo una administración responsable de los bienes de la tierra. A este respecto, noto que Australia se está comprometiendo seriamente para afrontar la propia responsabilidad de cuidar el ambiente natural. De la misma forma, con respecto al ambiente humano, este País ha sostenido generosamente operaciones internacionales para el mantenimiento de la paz, contribuyendo a la resolución de los conflictos en el Pacífico, en Asia del Sureste y en otros lugares. A causa de las muchas tradiciones religiosas representadas en Australia, éste es un territorio particularmente fértil para el diálogo ecuménico e interreligioso. Durante mi estancia, espero con ilusión encontrar a los representantes locales de las diferentes comunidades cristianas y de otras religiones, para animar este compromiso importante, signo de la acción reconciliadora del Espíritu, que nos empuja a buscar la unidad en la verdad y en la caridad.

Sin embargo, estoy aquí ante todo para reunirme con los jóvenes, tanto de Australia como de cualquier otra parte del mundo, y para rezar por una renovada efusión del Espíritu Santo sobre todos los que tomarán parte en nuestras celebraciones. El tema elegido para la Jornada Mundial de la Juventud de 2008 está tomado de las palabras dirigidas por Jesús mismo a sus discípulos, tal como aparecen en los Hechos de los Apóstoles: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo para ser mis testigos… hasta los confines del mundo” (1,8). Pido para que el Espíritu Santo otorgue una renovación espiritual a este País, al pueblo australiano, a la Iglesia en Oceanía y realmente hasta los extremos de la tierra. Los jóvenes hoy se encuentran ante una variedad descocertante de opciones de vida, de modo que a ellos a veces les resulta arduo saber cómo encauzar mejor sus ideales y su energía. Es el Espíritu quien da la sabiduría para discernir el sendero justo y el valor para recorrerlo. Él corona nuestros pobres esfuerzos con sus dones divinos, como el viento, que, inflando las velas, hace avanzar la nave mucho más de lo que los pescadores logran con la fatiga de su remar. Así el Espíritu hace posible que los hombres y mujeres de cada lugar y de cada generación lleguen a ser santos. Que por obra del Espíritu los jóvenes reunidos para la Jornada Mundial de la Juventud tengan la audacia de llegar a ser santos. Esto es de lo que tiene necesidad el mundo, más que de cualquier otra cosa.

Queridos amigos australianos, una vez más agradezco la calurosa bienvenida y me dispongo con alegría a transcurrir estos días con vosotros y con los jóvenes de todo el mundo. Dios bendiga a los que estáis aquí presentes, a todos los peregrinos y a los habitantes de este País. Y bendiga siempre y proteja a la Commonwealth de Australia.

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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