 |
VIAJE
APOSTÓLICO
DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
A SYDNEY (AUSTRALIA) CON OCASIÓN DE LA
XXIII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
(13 - 21 DE JULIO DE 2008)
ENCUENTRO
CON LOS JÓVENES
DE LA
COMUNIDAD DE RECUPERACIÓN
DE LA UNIVERSIDAD DE NOTRE DAME
DE SYDNEY
DISCURSO DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
Viernes 18
de julio de 2008
Queridos jóvenes:
Me alegro de estar hoy aquí con vosotros en Darlinghurst, y saludo con afecto a
los que participan en el programa “Alive”, así como al personal que lo
dirige. Ruego para que todos podáis disfrutar de la asistencia que ofrece la
Archidiócesis de Sydney a través de la Social Services Agency, y para que
siga adelante la buena labor que aquí se hace.
El nombre del programa que seguís nos invita a hacernos la siguiente
pregunta: ¿qué quiere decir realmente estar “vivo”, vivir la vida en plenitud?
Esto es lo que todos queremos, especialmente cuando somos jóvenes, y es lo que
Cristo quiere para nosotros. En efecto, Él dijo: “He venido para que tengan vida
y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). El instinto más enraizado en todo
ser vivo es el de conservar la vida, crecer, desarrollarse y transmitir a otros
el don de la vida. Por eso, es algo natural que nos preguntemos cuál es la mejor
manera de realizar todo esto.
Esta cuestión es tan acuciante para nosotros como le era también para
los que vivían en tiempos del Antiguo Testamento. Sin duda ellos escuchaban con
atención a Moisés cuando les decía: “Te pongo delante la vida y la muerte, la
bendición y la maldición; elige la vida, y vivirás tú y tu descendencia amando
al Señor tu Dios, escuchando su voz, pegándote a él, pues él es tu vida” (Dt
30, 19-20). Estaba claro lo que debían hacer: debían rechazar a los otros dioses
para adorar al Dios verdadero, que se había revelado a Moisés, y obedecer sus
mandamientos. Se podría pensar que actualmente es poco probable que la gente
adore a otros dioses. Sin embargo, a veces la gente adora a “otros dioses” sin
darse cuenta. Los falsos “dioses”, cualquiera que sea el nombre, la imagen o la
forma que se les dé, están casi siempre asociados a la adoración de tres cosas:
los bienes materiales, el amor posesivo y el poder. Permitidme que me explique.
Los bienes materiales son buenos en sí mismos. No podríamos sobrevivir por mucho
tiempo sin dinero, vestidos o vivienda. Para vivir, necesitamos alimento. Pero,
si somos codiciosos, si nos negamos a compartir lo que tenemos con los
hambrientos y los pobres, convertimos nuestros bienes en una falsa divinidad. En
nuestra sociedad materialista, muchas voces nos dicen que la felicidad se
consigue poseyendo el mayor número de bienes posible y objetos de lujo. Sin
embargo, esto significa transformar los bienes en una falsa divinidad. En vez de
dar la vida, traen la muerte.
El amor auténtico es evidentemente algo bueno. Sin él, difícilmente
valdría la pena vivir. El amor satisface nuestras necesidades más profundas y,
cuando amamos, somos más plenamente nosotros mismos, más plenamente humanos.
Pero, qué fácil es transformar el amor en una falsa divinidad. La gente piensa
con frecuencia que está amando cuando en realidad tiende a poseer al otro o a
manipularlo. A veces trata a los otros más como objetos para satisfacer sus
propias necesidades que como personas dignas de amor y de aprecio. Qué fácil es
ser engañado por tantas voces que, en nuestra sociedad, sostienen una visión
permisiva de la sexualidad, sin tener en cuenta la modestia, el respeto de sí
mismo o los valores morales que dignifican las relaciones humanas. Esto supone
adorar a una falsa divinidad. En vez de dar la vida, trae la muerte.
El poder que Dios nos ha dado de plasmar el mundo que nos rodea es
ciertamente algo bueno. Si lo utilizamos de modo apropiado y responsable nos
permite transformar la vida de la gente. Toda comunidad necesita buenos guías.
Sin embargo, qué fuerte es la tentación de aferrarse al poder por sí mismo,
buscando dominar a los otros o explotar el medio ambiente natural con fines
egoístas. Esto significa transformar el poder en una falsa divinidad. En vez de
dar la vida, trae la muerte.
El culto a los bienes materiales, el culto al amor posesivo y el culto
al poder, lleva a menudo a la gente a “comportarse como Dios”: intentan asumir
el control total, sin prestar atención a la sabiduría y a los mandamientos que
Dios nos ha dado a conocer. Este es el camino que lleva a la muerte. Por el
contrario, adorar al único Dios verdadero significa reconocer en él la fuente de
toda bondad, confiarnos a él, abrirnos al poder saludable de su gracia y
obedecer sus mandamientos: este es el camino para elegir la vida.
Un ejemplo gráfico de lo que significa alejarse del camino de la muerte
y reemprender el camino de la vida, se encuentra en el relato del Evangelio que
seguramente todos conocéis bien: la parábola del hijo pródigo. Al comienzo de la
narración, aquél joven dejó la casa de su padre buscando los placeres ilusorios
prometidos por los falsos “dioses”. Derrochó su herencia llevando una vida llena
de vicios, encontrándose al final en un estado de grande pobreza y miseria.
Cuando tocó fondo, hambriento y abandonado, comprendió que había sido una locura
dejar la casa de su padre, que tanto lo amaba. Regresó con humildad y pidió
perdón. Su padre, lleno de alegría, lo abrazó y exclamó: “Este hijo mío estaba
muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.” (Lc 15, 24).
Muchos de vosotros habéis experimentado personalmente lo que vivió
aquél joven. Tal vez, habéis tomado decisiones de las que ahora os arrepentís,
elecciones que, aunque entonces se presentaban muy atractivas, os han llevado a
un estado más profundo de miseria y de abandono. El abuso de las drogas o del
alcohol, participar en actividades criminales o nocivas para vosotros mismos,
podrían aparecer entonces como la vía de escape a una situación de dificultad o
confusión. Ahora sabéis que en vez de dar la vida, han traído la muerte. Quiero
reconocer el coraje que habéis demostrado decidiendo volver al camino de la
vida, precisamente como el joven de la parábola. Habéis aceptado la ayuda de los
amigos o de los familiares, del personal del programa “Alive”, de
aquellos que tanto se preocupan por vuestro bienestar y felicidad.
Queridos amigos, os veo como embajadores de esperanza para otros que se
encuentran en una situación similar. Al hablar desde vuestra experiencia podéis
convencerlos de la necesidad de elegir el camino de la vida y rechazar el camino
de la muerte. En todos los Evangelios, vemos que Jesús amaba de modo especial a
los que habían tomado decisiones erróneas, ya que una vez reconocida su
equivocación, eran los que mejor se abrían a su mensaje de salvación. De hecho,
Jesús fue criticado frecuentemente por aquellos miembros de la sociedad, que se
tenían por justos, porque pasaba demasiado tiempo con gente de esa clase.
Preguntaban, “¿cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?”. Él
les respondió: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos... No
he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9, 11-13). Los
que querían reconstruir sus vidas eran los más disponibles para escuchar a Jesús
y a ser sus discípulos. Vosotros podéis seguir sus pasos; también vosotros, de
modo particular, podéis acercaros particularmente a Jesús precisamente porque
habéis elegido volver a él. Podéis estar seguros que, a igual que el padre en el
relato del hijo pródigo, Jesús os recibe con los brazos abiertos. Os ofrece su
amor incondicional: la plenitud de la vida se encuentra precisamente en la
profunda amistad con él.
He dicho antes que cuando amamos satisfacemos nuestras necesidades más
profundas y llegamos a ser más plenamente nosotros mismos, más plenamente
humanos. Hemos sido hechos para amar, para esto hemos sido hechos por el
Creador. Lógicamente, no hablo de relaciones pasajeras y superficiales; hablo de
amor verdadero, del núcleo de la enseñanza moral de Jesús: “Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”,
y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (cf. Mc 13, 30-31). Éste es, por
así decirlo, el programa grabado en el interior de cada persona, si tenemos la
sabiduría y la generosidad de conformarnos a él, si estamos dispuestos a
renunciar a nuestras preferencias para ponernos al servicio de los demás, y a
dar la vida por el bien de los demás, y en primer lugar por Jesús, que nos amó y
dio su vida por nosotros. Esto es lo que los hombres están llamados a hacer, y
lo que quiere decir realmente estar “vivo”.
Queridos jóvenes amigos, el mensaje que os dirijo hoy es el mismo que
Moisés pronunció hace tantos años: “elige la vida, y vivirás tú y tu
descendencia amando al Señor tu Dios”. Que su Espíritu os guíe por el camino de
la vida, obedeciendo sus mandamientos, siguiendo sus enseñanzas, abandonando las
decisiones erróneas que sólo llevan a la muerte, y os comprometáis en la amistad
con Jesús para toda la vida. Que con la fuerza del Espíritu Santo elijáis la
vida y el amor, y deis testimonio ante el mundo de la alegría que esto conlleva.
Esta es mi oración por cada uno de vosotros en esta Jornada Mundial de la
Juventud. Que Dios os bendiga.
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana
|