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DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
EN LA INAUGURACIÓN DE LA ASAMBLEA DIOCESANA DE ROMA


Basílica de San Juan de Letrán
Lunes 9 de junio de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Esta es la cuarta vez que tengo la alegría de estar con vosotros con ocasión de la Asamblea en la que se reúnen anualmente las múltiples fuerzas vivas de la diócesis de Roma, para dar continuidad e indicar metas comunes a nuestra pastoral. Dirijo un saludo afectuoso y cordial a cada uno de vosotros, obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, personas consagradas, laicos de las comunidades parroquiales, de las asociaciones y movimientos eclesiales, familias, jóvenes, personas comprometidas de diversas maneras en la labor de formación y educación. Agradezco de corazón al cardenal vicario las palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros.

Después de dedicar durante tres años una atención especial a la familia, ya desde hace dos años hemos puesto en el centro el tema de la educación de las nuevas generaciones. Es un tema que implica, ante todo, a las familias, pero concierne también muy directamente a la Iglesia, a la escuela y a toda la sociedad. Así tratamos de responder a la "emergencia educativa", que constituye para todos un desafío grande e ineludible. El objetivo que nos hemos propuesto para el próximo año pastoral, y sobre el que reflexionaremos en esta Asamblea, también hace referencia a la educación, desde la perspectiva de la esperanza teologal, que se alimenta de la fe y de la confianza en el Dios que en Jesucristo se reveló como el verdadero amigo del hombre.

Así pues, el tema de esta tarde será: "Jesús ha resucitado: educar en la esperanza mediante la oración, la acción y el sufrimiento". Jesús resucitado de entre los muertos es verdaderamente el fundamento indefectible sobre el que se apoya nuestra fe y nuestra esperanza. Lo es desde el inicio, desde los Apóstoles, que fueron testigos directos de su resurrección y la anunciaron al mundo a costa de su vida. Lo es hoy y lo será siempre. Como escribe el apóstol san Pablo en el capítulo 15 de la primera carta a los Corintios, "si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana es también vuestra fe" (v. 14); "si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más dignos de compasión de todos los hombres" (v. 19).

Os repito a vosotros lo que dije el 19 de octubre de 2006 a la Asamblea eclesial de Verona: "La resurrección de Cristo es un hecho acontecido en la historia, de la que los Apóstoles fueron testigos y ciertamente no creadores. Al mismo tiempo, no se trata de un simple regreso a nuestra vida terrena; al contrario, es la mayor "mutación" acontecida en la historia, el "salto" decisivo hacia una dimensión de vida profundamente nueva, el ingreso en un orden totalmente diverso, que atañe ante todo a Jesús de Nazaret, pero con él también a nosotros, a toda la familia humana, a la historia y al universo entero" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de octubre de 2006, p. 8).

Por tanto, a la luz de Jesús resucitado de entre los muertos podemos comprender las verdaderas dimensiones de la fe cristiana, como "una esperanza que transforma y sostiene nuestra vida" (Spe salvi, 10), liberándonos de los equívocos y de algunas falsas alternativas que a lo largo de los siglos han restringido y debilitado la proyección de nuestra esperanza. En concreto, la esperanza de quien cree en el Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos se proyecta completamente hacia la felicidad y la alegría plena y total que llamamos vida eterna, pero precisamente por eso impregna, anima y transforma nuestra existencia terrena diaria, da una orientación y un sentido no efímero a nuestras pequeñas esperanzas así como a los esfuerzos que realizamos para cambiar y hacer menos injusto el mundo en que vivimos.

De forma análoga, ciertamente la esperanza cristiana atañe de modo personal a cada uno de nosotros, a la salvación eterna de nuestro yo y a nuestra vida en este mundo, pero también es esperanza comunitaria, esperanza para la Iglesia y para toda la familia humana, es decir, "esencialmente también esperanza para los demás; sólo así es realmente esperanza también para mí" (ib., 48).

En la sociedad y en la cultura de hoy, y por consiguiente también en nuestra amada ciudad de Roma, no es fácil vivir bajo el signo de la esperanza cristiana. En efecto, por una parte, prevalecen actitudes de desconfianza, desilusión y resignación, que no sólo contradicen la "gran esperanza" de la fe, sino también las "pequeñas esperanzas" que normalmente nos confortan en el esfuerzo de alcanzar los objetivos de la vida diaria. Hay una sensación generalizada de que han pasado ya los mejores años tanto para Italia como para Europa, y que a las nuevas generaciones les espera un destino de precariedad e incertidumbre.

Por otra parte, las expectativas de grandes novedades y mejoras se concentran en las ciencias y las tecnologías, y por consiguiente en las fuerzas y los descubrimientos del hombre, como si sólo de ellas pudiera venir la solución de los problemas. Sería insensato negar o minimizar la enorme aportación de las ciencias y tecnologías a la transformación del mundo y de nuestras condiciones concretas de vida, pero asimismo sería miope ignorar que sus progresos también ponen en manos del hombre enormes posibilidades de mal y que, en cualquier caso, no son las ciencias y las tecnologías las que pueden dar un sentido a nuestra vida y las que pueden enseñarnos a distinguir el bien del mal. Por eso, como escribí en la encíclica Spe salvi, no es la ciencia sino el amor lo que redime al hombre y esto vale también en el ámbito terreno e intramundano (cf. n. 26).

Así nos acercamos al motivo más profundo y decisivo de la debilidad de la esperanza en el mundo en que vivimos. En definitiva, este motivo no es diverso del que indica el apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso, cuando les recuerda que, antes de encontrarse con Cristo, estaban "sin esperanza y sin Dios en el mundo" (Ef 2, 12). Nuestra civilización y nuestra cultura, que también se encontraron con Cristo ya desde hace dos mil años y, especialmente aquí en Roma, serían irreconocibles sin su presencia, sin embargo, con demasiada frecuencia tienden a poner a Dios entre paréntesis, a organizar la vida personal y social sin él, y también a considerar que de Dios no se puede conocer nada, o incluso a negar su existencia.

Pero, cuando se excluye a Dios, ninguna de las cosas que de verdad nos apremian puede encontrar una colocación estable, todas nuestras grandes y pequeñas esperanzas se apoyan en el vacío. Por consiguiente, a fin de "educar en la esperanza", como nos proponemos en esta Asamblea y en el próximo año pastoral, es necesario ante todo abrir a Dios nuestro corazón, nuestra inteligencia y toda nuestra vida, para ser así, en medio de nuestros hermanos, sus testigos creíbles.

En nuestras anteriores Asambleas diocesanas ya hemos reflexionado sobre las causas de la actual emergencia educativa y sobre las propuestas que pueden ayudar a superarla. Además, en los meses pasados, también a través de mi carta sobre la tarea urgente de la educación, hemos tratado de implicar en esta empresa común a toda la ciudad, de modo especial a las familias y a las escuelas. Por eso, no es necesario volver a tratar ahora esos aspectos. Más bien, veamos cómo educarnos concretamente en la esperanza, dirigiendo nuestra atención a algunos "lugares" de su aprendizaje práctico y de su ejercicio efectivo, que ya señalé en la encíclica Spe salvi.

Entre esos lugares se encuentra en primer lugar la oración, con la que nos abrimos y nos dirigimos a Aquel que es el origen y el fundamento de nuestra esperanza. La persona que ora nunca está totalmente sola, porque Dios es el único que, en toda situación y en cualquier prueba, siempre puede escucharla y prestarle ayuda. Con la perseverancia en la oración, el Señor aumenta nuestro deseo y dilata nuestra alma, haciéndonos más capaces de acogerlo en nosotros. Por tanto, el modo correcto de orar es un proceso de purificación interior. Debemos exponernos a la mirada de Dios, a Dios mismo; así, a la luz del rostro de Dios caen las mentiras y las hipocresías.

Este exponerse en la oración al rostro de Dios es realmente una purificación que nos renueva, nos libera y nos abre no sólo a Dios, sino también a nuestros hermanos. Por consiguiente, es lo opuesto a evadirnos de nuestras responsabilidades con respecto al prójimo. Al contrario, en la oración aprendemos a tener el mundo abierto a Dios y a ser ministros de la esperanza para los demás, porque hablando con Dios vemos a toda la comunidad de la Iglesia, a la comunidad humana, a todos nuestros hermanos; así aprendemos la responsabilidad con respecto a los demás y también la esperanza de que Dios nos ayuda en nuestro camino.

Así pues, educar a orar y aprender "el arte de la oración" de labios del Maestro divino, como los primeros discípulos que pedían: "Señor, enséñanos a orar" (Lc 11, 1), es una tarea esencial. Si aprendemos a orar, aprendemos a vivir; debemos orar cada vez mejor con la Iglesia y con el Señor en camino para vivir mejor.

Como nos recordaba el amado siervo de Dios Juan Pablo II en la carta apostólica Novo millennio ineunte, "nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas "escuelas" de oración, donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha e intensidad de afecto, hasta el "arrebato" del corazón" (n. 33). Así, la esperanza cristiana crecerá en nosotros. Y con la esperanza crecerá el amor a Dios y al prójimo.

En la encíclica Spe salvi escribí: "Toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto" (n. 35). Por consiguiente, como discípulos de Jesús participamos con alegría en el esfuerzo por hacer más bello, más humano y más fraterno el rostro de nuestra ciudad, para robustecer su esperanza y la alegría de una pertenencia común.

Queridos hermanos y hermanas, precisamente la conciencia clara y generalizada de los males y los problemas que afectan a Roma está suscitando el deseo de realizar ese esfuerzo común. Tenemos la tarea de daros nuestra contribución específica, comenzando por la labor decisiva que es la educación y la formación de la persona, pero también afrontando con espíritu constructivo los otros muchos problemas concretos que complican la vida de quienes habitan en esta ciudad.

En particular, trataremos de promover una cultura y una organización social más favorables a la familia y a la acogida de la vida, así como a la valoración de las personas ancianas, tan numerosas entre la población de Roma. Trabajaremos para responder a las necesidades primarias que son el trabajo y la vivienda, sobre todo para los jóvenes. Compartiremos el compromiso de hacer que nuestra ciudad sea más segura y "habitable", pero nos esforzaremos por lograr que lo sea para todos, especialmente para los más pobres, y que no se excluya a ningún inmigrante que venga a nosotros con la intención de encontrar un espacio de vida respetando nuestras leyes.

No es necesario entrar más concretamente en estas problemáticas, que conocéis muy bien, porque las vivís cada día. Más bien, quiero subrayar la actitud y el estilo con que trabaja y se compromete quien pone su esperanza ante todo en Dios. Se trata, en primer lugar, de una actitud de humildad, que no pretende tener siempre éxito o ser capaz de resolver todos los problemas con sus propias fuerzas. Pero también, por el mismo motivo, es una actitud de gran confianza, de tenacidad y de valentía, pues el creyente sabe que, a pesar de todas las dificultades y los fracasos, su vida, su actividad y la historia en su conjunto se encuentran custodiadas por el poder indestructible del amor de Dios; y que, por tanto, no quedan nunca sin fruto y no carecen de sentido.

Desde esta perspectiva podemos comprender más fácilmente que la esperanza cristiana vive también en el sufrimiento; más aún, que precisamente el sufrimiento educa y fortifica de modo especial nuestra esperanza. Ciertamente, debemos "hacer todo lo posible para disminuir el sufrimiento; impedir cuanto se pueda el sufrimiento de los inocentes; aliviar los dolores y ayudar a superar las dolencias psíquicas" (n. 36).

Efectivamente, se han logrado grandes progresos, de modo especial en la lucha contra el dolor físico. Sin embargo, no podemos eliminar totalmente el sufrimiento del mundo, porque no tenemos el poder de secar sus fuentes: la finitud de nuestro ser y el poder del mal y de la culpa. De hecho, por desgracia, el sufrimiento de los inocentes y también las enfermedades psíquicas tienden a aumentar en el mundo. En realidad, la experiencia humana de hoy y de siempre, de modo especial la experiencia de los santos y los mártires, confirma la gran verdad cristiana según la cual no es la evasión ante el dolor lo que cura al hombre, sino la capacidad de aceptar la tribulación y madurar en ella, dándole sentido mediante la unión con Cristo.

Así pues, nuestra humanidad, tanto para cada uno de nosotros como para la sociedad en que vivimos, se mide por la relación con el sufrimiento y con las personas que sufren. A la fe cristiana corresponde el mérito histórico de haber suscitado en el hombre, de modo nuevo y con una profundidad nueva, la capacidad de compartir también interiormente el sufrimiento del prójimo, el cual así ya no está solo en su sufrimiento, y también de sufrir por amor al bien, a la verdad y a la justicia. Todo esto supera ampliamente nuestras fuerzas, pero resulta posible desde el com-padecer de Dios por amor al hombre en la pasión de Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, eduquémonos cada día en la esperanza que madura en el sufrimiento. Estamos llamados a hacerlo, en primer lugar, cuando nos afecta personalmente una grave enfermedad o alguna otra dura prueba. Pero también creceremos en la esperanza mediante la ayuda concreta y la cercanía diaria al sufrimiento tanto de nuestros vecinos y familiares como de toda persona que es nuestro prójimo, porque nos acercamos a ella con una actitud de amor.
Además, aprendamos a ofrecer a Dios, rico en misericordia, las pequeñas pruebas de la existencia diaria, insertándolas humildemente en el gran "com-padecer" de Jesús, en el tesoro de compasión que necesita el género humano. En cualquier caso, la esperanza de los creyentes en Cristo no puede limitarse a este mundo; está intrínsecamente orientada hacia la comunión plena y eterna con el Señor.

Por eso, hacia el final de mi encíclica hablé del Juicio de Dios como lugar de aprendizaje y de ejercicio de la esperanza. Así traté de hacer nuevamente familiar y comprensible a la humanidad y a la cultura de nuestro tiempo la salvación que se nos ha prometido en el mundo que está más allá de la muerte, aunque aquí abajo no podemos tener una verdadera experiencia de ese mundo. Para que la educación en la esperanza recobre sus verdaderas dimensiones y su motivación decisiva, todos, comenzando por los sacerdotes y los catequistas, debemos volver a poner en el centro de la propuesta de fe esta gran verdad, que tiene su "primicia" en Jesucristo resucitado de entre los muertos (cf. 1 Co 15, 20-23).

Queridos hermanos y hermanas, termino esta reflexión agradeciéndoos a cada uno la generosidad y la entrega con que trabajáis en la viña del Señor. Os pido que custodiéis siempre dentro de vosotros, que alimentéis y fortalezcáis ante todo con la oración el gran don de la esperanza cristiana. Os lo pido de modo especial a vosotros, los jóvenes, que estáis llamados a hacer vuestro este don en la libertad y en la responsabilidad, para vivificar a través de él el futuro de nuestra amada ciudad.

Os encomiendo a cada uno y a toda la Iglesia de Roma a María santísima, Estrella de la esperanza. Mi oración, mi afecto y mi bendición os acompañan en esta Asamblea y en el año pastoral que nos espera.

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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