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VÍA CRUCIS EN EL COLISEO
PALABRAS DEL SANTO
PADRE BENEDICTO XVI
Colina del Palatino
Viernes Santo 21 de marzo de 2008
Queridos hermanos y hermanas:
También este año hemos recorrido el camino de la cruz, el vía crucis, volviendo
a evocar con fe las etapas de la pasión de Cristo. Nuestros ojos han vuelto a
contemplar los sufrimientos y la angustia que nuestro Redentor tuvo que soportar
en la hora del gran dolor, que marcó la cumbre de su misión terrena. Jesús muere
en la cruz y yace en el sepulcro. El día del Viernes santo, tan impregnado de
tristeza humana y de religioso silencio, se concluye en el silencio de la
meditación y de la oración. Al volver a casa, también nosotros, como quienes
asistieron al sacrificio de Jesús, nos golpeamos el pecho, recordando lo que
sucedió (cf. Lc 23, 48). ¿Es posible permanecer indiferentes ante la
muerte de un Dios? Por nosotros, por nuestra salvación se hizo hombre y murió en
la cruz.
Hermanos y hermanas, dirijamos hoy a Cristo nuestra mirada, con frecuencia
distraída por intereses terrenos superficiales y efímeros. Detengámonos a
contemplar su cruz. La cruz es manantial de vida inmortal; es escuela de
justicia y de paz; es patrimonio universal de perdón y de misericordia; es
prueba permanente de un amor oblativo e infinito que llevó a Dios a hacerse
hombre, vulnerable como nosotros, hasta morir crucificado. Sus brazos clavados
se abren para cada ser humano y nos invitan a acercarnos a él con la seguridad
de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura: «Cuando
sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32).
A través del camino doloroso de la cruz, los hombres de todas las épocas,
reconciliados y redimidos por la sangre de Cristo, han llegado a ser amigos de
Dios, hijos del Padre celestial. «Amigo», así llama Jesús a Judas y le dirige el
último y dramático llamamiento a la conversión. «Amigo» nos llama a cada uno de
nosotros, porque es verdadero amigo de todos. Por desgracia, los hombres no
siempre logran percibir la profundidad de este amor infinito que Dios tiene a
sus criaturas. Para él no hay diferencia de raza y cultura. Jesucristo murió
para librar a toda la humanidad de la ignorancia de Dios, del círculo de odio y
venganza, de la esclavitud del pecado. La cruz nos hace hermanos.
Pero preguntémonos: ¿qué hemos hecho con este don?, ¿qué hemos hecho con la
revelación del rostro de Dios en Cristo, con la revelación del amor de Dios que
vence al odio? También en nuestra época, muchos no conocen a Dios y no pueden
encontrarlo en Cristo crucificado. Muchos buscan un amor y una libertad que
excluya a Dios. Muchos creen que no tienen necesidad de Dios.
Queridos amigos, después de vivir juntos la pasión de Jesús, dejemos que en esta
noche nos interpele su sacrificio en la cruz. Permitámosle que ponga en crisis
nuestras certezas humanas. Abrámosle el corazón. Jesús es la verdad que nos hace
libres para amar. ¡No tengamos miedo! Al morir, el Señor salvó a los pecadores,
es decir, a todos nosotros. El apóstol san Pedro escribe: «Sobre el madero
llevó nuestros pecados en su cuerpo a fin de que, muertos a nuestros pecados,
viviéramos para la justicia; por sus llagas habéis sido curados» (1 P 2,
24). Esta es la verdad del Viernes santo: en la cruz el Redentor nos devolvió
la dignidad que nos pertenece, nos hizo hijos adoptivos de Dios, que nos creó a
su imagen y semejanza. Permanezcamos, por tanto, en adoración ante la cruz.
Cristo, Rey crucificado, danos el verdadero conocimiento de ti, la alegría que
anhelamos, el amor que llene nuestro corazón sediento de infinito. Esta es
nuestra oración en esta noche, Jesús, Hijo de Dios, muerto por nosotros en la
cruz y resucitado al tercer día. Amén.
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana
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