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DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
DURANTE LA AUDIENCIA A LA GUARDIA SUIZA PONTIFICIA
CON OCASIÓN DEL JURAMENTO DE 33 NUEVOS RECLUTAS


Sala Clementina
Lunes 5 de mayo de 2008

Señor comandante;
queridos guardias suizos y amables familiares:

Con ocasión de la ceremonia anual del juramento, que tendrá lugar mañana, me alegra encontrarme con todos juntos, para formular mis mejores deseos a los nuevos reclutas y para renovar a todo el Cuerpo de la Guardia Suiza pontificia la expresión de mi afecto y mi agradecimiento.

Saludo en particular al comandante y al capellán, asegurándoles mi oración por su importante servicio; y extiendo con alegría mi saludo a las autoridades suizas y a los numerosos familiares, que en estos días, queridos guardias, alegran con su presencia vuestro pequeño cuartel del Vaticano. De modo especial, me complace acoger a tantos niños, que son las flores más bellas de vuestras familias y nos recuerdan el amor de predilección que Jesús sentía por los pequeños.

Hace dos años, en 2006, se celebró, con importantes manifestaciones, el quinto centenario de fundación de vuestro Cuerpo. Fue una circunstancia propicia para observar en perspectiva vuestra historia, captando los profundos cambios del contexto social en que, a lo largo de los siglos, la Santa Sede ha sido llamada a vivir y actuar, según el mandato que Cristo encomendó al apóstol san Pedro.

Precisamente sobre el trasfondo de esa impresionante evolución resalta aún más lo que no cambia, así como la identidad de vuestro pequeño pero cualificado Cuerpo, destinado a velar por la seguridad del Romano Pontífice y de su sede. A distancia de cinco siglos, ha permanecido inalterado el espíritu de fe que impulsa a jóvenes suizos a dejar su hermosa tierra para venir a prestar servicio al Papa en el Vaticano.

También sigue inalterado el amor a la Iglesia católica, que testimoniáis, más que con palabras, con vuestras personas, que, gracias al uniforme característico, son fácilmente reconocibles en las puertas de ingreso al Vaticano y en las audiencias pontificias. Vuestros históricos uniformes hablan a peregrinos y turistas de todas las partes del mundo de algo que no cambia, a pesar de todo, es decir, de vuestro compromiso de servir a Dios sirviendo al "siervo de sus siervos".

Me dirijo en particular a vosotros, nuevos alabarderos. Ante todo, asimilad este espíritu cristiano y eclesial, que es la base y el motor de todas las actividades que realizaréis. Cultivad siempre la oración y la vida espiritual, valorando por eso la importante presencia del capellán. Sed abiertos, sencillos y leales. Apreciad también las diferencias de personalidad y de carácter que existen entre vosotros, porque bajo el uniforme cada uno es una persona única e irrepetible, llamada por Dios a servir a su reino de amor y de paz.

Como sabéis, la Guardia Suiza también es una escuela de vida, y durante la experiencia en el Vaticano, muchos de vuestros predecesores han podido descubrir su propia vocación: al matrimonio cristiano, al sacerdocio y a la vida consagrada. Este es un motivo de alabanza a Dios, pero también de aprecio por vuestro Cuerpo.

Queridos amigos, os agradezco a todos la generosidad y la entrega con que actuáis al servicio del Papa. Que el Señor os recompense y os colme de abundantes favores celestiales. Os encomiendo a la protección materna de María santísima, a la que veneramos con especial devoción en este mes de mayo. A cada uno de vosotros, a las autoridades, a las personalidades presentes, a los familiares y a todos vuestros seres queridos imparto de corazón mi bendición apostólica.

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

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