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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
 A UNA DELEGACIÓN DE LA IGLESIA GRECO-MELQUITA CATÓLICA
ENCABEZADA POR EL PATRIARCA GREGORIOS III


Jueves 8 de mayo de 2008

 

Beatitud;
queridos hermanos en el episcopado;
queridos hijos e hijas de la Iglesia greco-melquita católica: 

Me alegra acogerlos mientras realizan una peregrinación a las tumbas de los Apóstoles. Saludo en particular a Su Beatitud Gregorios III, a quien agradezco sus amables palabras, que manifiestan la vitalidad de la Iglesia melquita, a pesar de las dificultades de la situación social y política en esa región. Dirijo también mi saludo fraterno a los obispos presentes, y a todos ustedes, queridos amigos, que vienen de diversos países de Oriente Próximo y de la diáspora melquita en todo el mundo, donde manifiestan también, a su modo, la universalidad de la Iglesia católica.

Mientras se aproxima la inauguración del año que he querido dedicar a san Pablo, no puedo olvidar que la sede de su patriarcado está en la ciudad de Damasco, en cuyo camino el Apóstol vivió el acontecimiento que transformó su vida y que abrió las puertas del cristianismo a todas las naciones. Por tanto, los aliento para que, con esta ocasión, un trabajo pastoral intenso suscite en sus diócesis, en cada una de sus parroquias y en todos los fieles, un nuevo impulso para un conocimiento cada vez más íntimo de la persona de Cristo, gracias a una lectura renovada de la obra paulina. Esto permitirá un testimonio fecundo entre los hombres de hoy. Ese impulso podrá garantizar también un futuro floreciente para la Iglesia melquita.

En esta perspectiva, para asegurar el dinamismo evangélico de las comunidades y su unidad, así como un buen funcionamiento de los asuntos eclesiales en las Iglesias patriarcales, el papel del Sínodo de los obispos tiene una importancia fundamental. Por consiguiente, cada vez que el derecho lo exija, sobre todo cuando se trata de cuestiones que se refieren a los obispos mismos, es conveniente dar a esta venerable institución, y no solamente al Sínodo permanente, el lugar que le corresponde.

Conozco la actividad ecuménica de la Iglesia melquita católica y las relaciones fraternas que han entablado con sus hermanos ortodoxos, y me alegro por ello. En efecto, el compromiso en la búsqueda de la unidad de todos los discípulos de Cristo es una obligación urgente, que deriva del deseo ardiente del Señor mismo. Así pues, debemos hacer todo lo posible para derribar los muros de división y desconfianza que nos impiden realizarlo.

Sin embargo, no podemos perder de vista que la búsqueda de la unidad es una tarea que no sólo concierne a una Iglesia particular, sino a toda la Iglesia, respetando su misma naturaleza. Por lo demás, como subraya la encíclica Ut unum sint, la unidad no es fruto de la actividad humana; es, ante todo, un don del Espíritu Santo. Invoquemos, pues, al Espíritu, cuya venida sobre los Apóstoles celebraremos dentro de pocos días, para que nos ayude a trabajar todos juntos en la búsqueda de la unidad.

Beatitud, queridos hermanos y hermanas, aprecio también las buenas relaciones que mantienen con los musulmanes, con sus responsables y con sus instituciones, así como los esfuerzos realizados para resolver los problemas que puedan plantearse, con espíritu de diálogo fraterno, sincero y objetivo. Por tanto, me alegra constatar que, en la línea del concilio Vaticano II, la Iglesia melquita se ha comprometido con los musulmanes a buscar sinceramente la comprensión mutua, así como a promover y a defender juntos, para el bien de todos, la justicia social, los valores morales, la paz y la libertad.

Por último, cumpliendo su misión en el agitado y, a veces, dramático contexto de Oriente Próximo, la Iglesia afronta situaciones donde la política desempeña un papel que no es indiferente a su vida. Por eso, es importante que mantenga contactos con las autoridades políticas, las instituciones y los diversos partidos. Sin embargo, no corresponde al clero involucrarse en la vida política. Este es un asunto de los laicos. Pero la Iglesia debe proponer a todos la luz del Evangelio, a fin de que todos se comprometan a servir al bien común y la justicia prevalezca siempre, de modo que el camino de la paz pueda abrirse finalmente ante los pueblos de esa querida región.

Beatitud, al concluir nuestro encuentro, encomiendo a la Iglesia greco-melquita católica a la intercesión de la Virgen María y a la protección de todos los santos de Oriente. Pidiendo a Dios que conceda a su Iglesia patriarcal la fuerza y la luz para que prosiga su misión en paz y con serenidad, le imparto a usted, así como a los obispos y a todos los fieles de su patriarcado, una afectuosa bendición apostólica.

 

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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