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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LA 18ª  SESIÓN PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO
PARA LA PASTORAL DE LOS EMIGRANTES E ITINERANTES


Sala del Consistorio
Jueves 15 de mayo de 2008

 

Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:
 

Me alegra acogeros con ocasión de la sesión plenaria del Consejo pontificio para la pastoral de los emigrantes e itinerantes. Saludo, en particular, al presidente, señor cardenal Renato Raffaele Martino, al que agradezco las palabras con las que ha introducido nuestro encuentro, ilustrando los diversos aspectos del interesante tema que habéis afrontado durante estos días. Saludo también al secretario, arzobispo Agostino Marchetto, al monseñor subsecretario, a los oficiales y a los expertos, a los miembros y a los consultores. Dirijo a todos un cordial saludo lleno de gratitud por el trabajo realizado y por el empeño puesto en concretar cuanto se ha debatido y vislumbrado durante estos días para el bien de todas las familias.

Durante mi reciente visita a Estados Unidos, animé a este gran país a proseguir en su compromiso de acogida de los hermanos y hermanas que llegan allí procedentes, en general, de países pobres. En particular, señalé el grave problema de la reunificación familiar, tema que ya había afrontado en el Mensaje para la 93ª Jornada mundial del emigrante y el refugiado, dedicado precisamente al tema de la familia emigrante. Me complace recordar aquí que en diversas ocasiones he presentado el icono de la Sagrada Familia como modelo de las familias emigrantes, refiriéndome a la imagen propuesta por mi venerado predecesor, el Papa Pío XII, en la constitución apostólica Exsul familia, que constituye la charta magna de la pastoral de los emigrantes (cf. AAS 44, 1952, p. 649). Además, en los Mensajes de los años 1980, 1986 y 1993, mi venerado predecesor Juan Pablo II subrayó el compromiso eclesial en favor no sólo de la persona emigrante, sino también de su familia, comunidad de amor y factor de integración.

Ante todo, quiero reafirmar que la solicitud de la Iglesia por la familia emigrante no quita nada al interés pastoral por la familia itinerante. Más aún, este compromiso de mantener una unidad de visión y de acción entre las dos "alas" (emigración e itinerancia) de la movilidad humana puede ayudar a comprender la amplitud del fenómeno y, al mismo tiempo, servir de estímulo para todos con vistas a una pastoral específica, animada por los Sumos Pontífices, recomendada por el concilio ecuménico Vaticano II  (cf. Christus Dominus, 18) y sostenida adecuadamente por los documentos elaborados por vuestro Consejo pontificio, así como por congresos y reuniones.

No hay que olvidar que la familia, incluida la emigrante y la itinerante, constituye la célula originaria de la sociedad, y no sólo no se la debe destruir, sino que se la debe defender con valentía y paciencia. La familia representa a la comunidad en la que desde la infancia nos enseñan a adorar y amar a Dios, asimilando la gramática de los valores humanos y morales, y aprendiendo a hacer buen uso de la libertad en la verdad. Por desgracia, en muchas situaciones esto sucede con dificultad, especialmente en el caso de quienes se ven afectados por el fenómeno de la movilidad humana.

Además, en su acción de acogida y de diálogo con los emigrantes e itinerantes, la comunidad cristiana tiene como punto de referencia constante a la persona de Cristo, nuestro Señor. Él dejó a sus discípulos una regla de oro, según la cual orientar la propia vida:  el mandamiento nuevo del amor. Cristo sigue transmitiendo a la Iglesia, mediante el Evangelio y los sacramentos, especialmente la santísima Eucaristía, el amor que vivió hasta la muerte y muerte de cruz.

A este propósito, es muy significativo que la liturgia prevea la celebración del sacramento del matrimonio en el corazón de la celebración eucarística. Así se pone de relieve el profundo vínculo que une esos dos sacramentos. En la vida diaria, el comportamiento de los esposos debe inspirarse en el ejemplo de Cristo, que "amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella" (Ef 5, 25). Este supremo gesto de amor se renueva en toda celebración eucarística.

Por tanto, la pastoral familiar debe remitir oportunamente a este dato sacramental como a su referente de fundamental importancia. Quien va a misa —y es necesario facilitar su celebración también a los emigrantes e itinerantes— encuentra en la Eucaristía una fortísima referencia a su familia, a su matrimonio, y se siente estimulado a vivir su situación en la perspectiva de la fe, buscando en la gracia divina la fuerza necesaria para lograrlo.

Por último, es de todos conocido que la movilidad humana, en el actual mundo globalizado, representa una frontera importante para la nueva evangelización. Por eso, os aliento a proseguir en vuestro compromiso pastoral con renovado celo, mientas, por mi parte, os aseguro mi cercanía espiritual. Os acompaño con la oración, para que el Espíritu Santo haga fecundas todas vuestras iniciativas. Con este fin, invoco la protección materna de María santísima, Nuestra Señora del Camino, para que ayude a todo hombre y a toda mujer a conocer a su Hijo Jesucristo y a recibir de él el don de la salvación. Con este deseo, os imparto de corazón la bendición apostólica a vosotros y a vuestros seres queridos, así como a todos los emigrantes e itinerantes en el vasto mundo y a sus familias.

 

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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