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VIAJE
APOSTÓLICO
A FRANCIA CON OCASIÓN DEL 150° ANIVERSARIO
DE LAS APARICIONES DE LOURDES
(12 - 15 DE SEPTIEMBRE DE 2008)
ENCUENTRO CON EL MUNDO DE LA CULTURA
EN EL COLLÈGE DES BERNARDINS
DISCURSO DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
Viernes 12 de septiembre
de
2008
Señor Cardenal,
Señora Ministra de la Cultura,
Señor Alcalde,
Señor Canciller del Instituto de Francia,
Queridos amigos:
Gracias, Señor Cardenal, por sus amables palabras. Nos encontramos en un
lugar histórico, edificado por los hijos de san Bernardo de Claraval y que su
gran predecesor, el recordado Cardenal Jean-Marie Lustiger, quiso como centro de
diálogo entre la sabiduría cristiana y las corrientes culturales, intelectuales
y artísticas de la sociedad actual. Saludo en particular a la Señora Ministra de
la Cultura, que representa al Gobierno, así como al Señor Giscard D’Estaing y al
Señor Chirac. Asimismo, saludo a los Señores Ministros que nos acompañan, a los
representantes de la UNESCO, al Señor Alcalde de París y a las demás Autoridades.
No puedo olvidar a mis colegas del Instituto de Francia, que bien conocen la
consideración que les profeso. Doy las gracias al Príncipe de Broglie por sus
cordiales palabras. Nos veremos mañana por la mañana. Agradezco a la Delegación
de la comunidad musulmana francesa que haya aceptado participar en este
encuentro: les dirijo mis mejores deseos en este tiempo de Ramadán. Dirijo ahora
un cordial saludo al conjunto del variado mundo de la cultura, que vosotros,
queridos invitados, representáis tan dignamente.
Quisiera hablaros esta tarde del origen de la teología occidental y de
las raíces de la cultura europea. He recordado al comienzo que el lugar donde
nos encontramos es emblemático. Está ligado a la cultura monástica, porque aquí vivieron monjes jóvenes, para aprender a comprender más profundamente su
llamada y vivir mejor su misión. ¿Es ésta una experiencia que representa todavía
algo para nosotros, o nos encontramos sólo con un mundo ya pasado? Para
responder, conviene que reflexionemos un momento sobre la naturaleza del
monaquismo occidental. ¿De qué se trataba entonces? A tenor de la historia de
las consecuencias del monaquismo cabe decir que, en la gran fractura cultural
provocada por las migraciones de los pueblos y el nuevo orden de los Estados que
se estaban formando, los monasterios eran los lugares en los que sobrevivían los
tesoros de la vieja cultura y en los que, a partir de ellos, se iba formando
poco a poco una nueva cultura. ¿Cómo sucedía esto? ¿Qué les movía a aquellas
personas a reunirse en lugares así? ¿Qué intenciones tenían? ¿Cómo vivieron?
Primeramente y como cosa importante hay que decir con gran realismo que
no estaba en su intención crear una cultura y ni siquiera conservar una cultura
del pasado. Su motivación era mucho más elemental. Su objetivo era: quaerere
Deum, buscar a Dios. En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar
en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar
con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios.
Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente
importante y fiable. Se dice que su orientación era «escatológica». Que no hay
que entenderlo en el sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del
mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo provisional
buscaban lo definitivo. Quaerere Deum: como eran cristianos, no se
trataba de una expedición por un desierto sin caminos, una búsqueda hacia el
vacío absoluto. Dios mismo había puesto señales de pista, incluso había allanado
un camino, y de lo que se trataba era de encontrarlo y seguirlo. El camino era
su Palabra que, en los libros de las Sagradas Escrituras, estaba abierta ante
los hombres. La búsqueda de Dios requiere, pues, por intrínseca exigencia una
cultura de la palabra o, como dice Jean Leclercq: en el monaquismo occidental,
escatología y gramática están interiormente vinculadas una con la otra (cf.
L’amour des lettres et le desir de Dieu, p. 14). El deseo de Dios, le
desir de Dieu, incluye l’amour des lettres, el amor por la palabra,
ahondar en todas sus dimensiones. Porque en la Palabra bíblica Dios está en camino hacia nosotros y nosotros hacia Él, hace falta
aprender a penetrar en el secreto de la lengua, comprenderla en su estructura y
en el modo de expresarse. Así, precisamente por la búsqueda de Dios, resultan
importantes las ciencias profanas que nos señalan el camino hacia la lengua.
Puesto que la búsqueda de Dios exigía la cultura de la palabra, forma parte del
monasterio la biblioteca que indica el camino hacia la palabra. Por el mismo
motivo forma parte también de él la escuela, en la que concretamente se abre el
camino. San Benito llama al monasterio una dominici servitii schola. El
monasterio sirve a la eruditio, a la formación y a la erudición del
hombre –una formación con el objetivo último de que el hombre aprenda a servir a
Dios. Pero esto comporta evidentemente también la formación de la razón, la
erudición, por la que el hombre aprende a percibir entre las palabras la Palabra.
Para captar plenamente la cultura de la palabra, que pertenece a la
esencia de la búsqueda de Dios, hemos de dar otro paso. La Palabra que abre el camino de la búsqueda de Dios y es ella misma el camino, es
una Palabra que mira a la comunidad. En efecto, llega hasta el fondo del
corazón de cada uno (cf. Hch 2, 37). Gregorio Magno lo describe como una
punzada imprevista que desgarra el alma adormecida y la despierta haciendo que
estemos atentos a la realidad esencial, a Dios (cf. Leclercq, ibid., p.
35). Pero también hace que estemos atentos unos a otros. La Palabra no lleva a un camino sólo individual de una inmersión mística, sino que
introduce en la comunión con cuantos caminan en la fe. Y por eso hace falta no
sólo reflexionar en la Palabra, sino leerla debidamente. Como en la escuela rabínica, también entre los monjes
el mismo leer del individuo es simultáneamente un acto corporal. «Sin embargo,
si legere y lectio se usan sin un adjetivo calificativo, indican
comúnmente una actividad que, como cantar o escribir, afectan a todo el cuerpo y
a toda el alma», dice a este respecto Jean Leclercq (ibid., p. 21).
Y aún hay que dar otro paso. La Palabra de Dios nos introduce en el coloquio con Dios. El Dios que habla en la Biblia nos enseña cómo podemos hablar con Él. Especialmente en el Libro de los
Salmos nos ofrece las palabras con que podemos dirigirnos a Él, presentarle
nuestra vida con sus altibajos en coloquio ante Él, transformando así la misma
vida en un movimiento hacia Él. Los Salmos contienen frecuentes
instrucciones incluso sobre cómo deben cantarse y acompañarse de instrumentos
musicales. Para orar con la Palabra de Dios el sólo pronunciar no es suficiente, se requiere la música. Dos
cantos de la liturgia cristiana provienen de textos bíblicos, que los ponen en
los labios de los Ángeles: el Gloria, que fue cantado por los Ángeles al
nacer Jesús, y el Sanctus, que según Isaías 6 es la aclamación de
los Serafines que están junto a Dios. A esta luz, la Liturgia cristiana es invitación a cantar con los Ángeles y dirigir así la palabra
a su destino más alto. Escuchemos en ese contexto una vez más a Jean Leclercq:
«Los monjes tenían que encontrar melodías que tradujeran en sonidos la adhesión
del hombre redimido a los misterios que celebra. Los pocos capiteles de Cluny,
que se conservan hasta nuestros días, muestran los símbolos cristológicos de
cada uno de los tonos» (cf. Ibid., p. 229).
En San Benito, para la plegaria y para el canto de los monjes, la regla
determinante es lo que dice el Salmo: Coram angelis psallam Tibi,
Domine –delante de los ángeles tañeré para ti, Señor (cf. 138, 1). Aquí se
expresa la conciencia de cantar en la oración comunitaria en presencia de toda
la corte celestial y por tanto de estar expuestos al criterio supremo: orar y
cantar de modo que se pueda estar unidos con la música de los Espíritus sublimes
que eran tenidos como autores de la armonía del cosmos, de la música de las
esferas. De ahí se puede entender la seriedad de una meditación de san Bernardo
de Claraval, que usa un dicho de tradición platónica transmitido por Agustín
para juzgar el canto feo de los monjes, que obviamente para él no era de hecho
un pequeño matiz, sin importancia. Califica la confusión de un canto mal hecho
como un precipitarse en la «zona de la desemejanza –en la regio
dissimilitudinis. Agustín había echado mano de esa expresión de la filosofía
platónica para calificar su estado interior antes de la conversión (cf.
Confesiones VII, 10.16): el hombre, creado a semejanza de Dios, al
abandonarlo se hunde en la «zona de la desemejanza» – en un alejamiento de Dios
en el que ya no lo refleja y así se hace desemejante no sólo de Dios, sino
también de sí mismo, del verdadero ser hombre. Es ciertamente drástico que
Bernardo, para calificar los cantos mal hechos de los monjes, emplee esta
expresión, que indica la caída del hombre alejado de sí mismo. Pero demuestra
también cómo se toma en serio este asunto. Demuestra que la cultura del canto es
también cultura del ser y que los monjes con su plegaria y su canto han de estar
a la altura de la Palabra que se les ha confiado, a su exigencia de verdadera belleza. De esa
exigencia intrínseca de hablar y cantar a Dios con las palabras dadas por Él
mismo nació la gran música occidental. No se trataba de una «creatividad»
privada, en la que el individuo se erige un monumento a sí mismo, tomando como
criterio esencialmente la representación del propio yo. Se trataba más bien de
reconocer atentamente con los «oídos del corazón» las leyes intrínsecas de la
música de la creación misma, las formas esenciales de la música puestas por el
Creador en su mundo y en el hombre, y encontrar así la música digna de Dios, que
al mismo tiempo es verdaderamente digna del hombre e indica de manera pura su
dignidad.
Para captar de alguna manera la cultura de la palabra, que en el
monaquismo occidental se desarrolló por la búsqueda de Dios, partiendo de
dentro, es preciso referirse también, aunque sea brevemente, a la particularidad
del Libro o de los Libros en los que esta Palabra ha salido al encuentro de los
monjes. La Biblia, vista bajo el aspecto puramente histórico o literario, no es simplemente un
libro, sino una colección de textos literarios, cuya redacción duró más de un
milenio y en la que cada uno de los libros no es fácilmente reconocible como
perteneciente a una unidad interior; en cambio se dan tensiones visibles entre
ellos. Esto es verdad ya dentro de la Biblia de Israel, que los cristianos llamamos el Antiguo Testamento. Es más
verdad aún cuando nosotros, como cristianos, unimos el Nuevo Testamento y sus
escritos, casi como clave hermenéutica, con la Biblia de Israel, interpretándola así como camino hacia Cristo. En el Nuevo
Testamento, con razón, la Biblia normalmente no se la califica como “la Escritura”, sino como “las Escrituras”, que sin embargo en su conjunto luego se
consideran como la única Palabra de Dios dirigida a nosotros. Pero ya este
plural evidencia que aquí la Palabra de Dios nos alcanza sólo a través de la palabra humana, a través de las
palabras humanas, es decir que Dios nos habla sólo a través de los hombres,
mediante sus palabras y su historia. Esto, a su vez, significa que el aspecto
divino de la Palabra y de las palabras no es naturalmente obvio. Dicho con lenguaje moderno: la
unidad de los libros bíblicos y el carácter divino de sus palabras no son, desde
un punto de vista puramente histórico, asibles. El elemento histórico es la
multiplicidad y la humanidad. De ahí se comprende la formulación de un dístico
medieval que, a primera vista, parece desconcertante: Littera gesta docet –
quid credas allegoria… (cf. Augustinus de Dacia, Rotulus pugillaris,
1). La letra muestra los hechos; lo que tienes que creer lo dice la alegoría, es
decir la interpretación cristológica y pneumática.
Todo esto podemos decirlo de manera más sencilla: la Escritura precisa de la interpretación, y precisa de la comunidad en la que se ha
formado y en la que es vivida. En ella tiene su unidad y en ella se despliega el
sentido que aúna el todo. Dicho todavía de otro modo: existen dimensiones del
significado de la Palabra y de las palabras, que se desvelan sólo en la comunión vivida de esta
Palabra que crea la historia. Mediante la creciente percepción de las diversas
dimensiones del sentido, la Palabra no queda devaluada, sino que aparece incluso con toda su grandeza y
dignidad. Por eso el «Catecismo de la Iglesia Católica» con toda razón puede decir que el cristianismo no es simplemente una religión
del libro en el sentido clásico (cf. n. 108). El cristianismo capta en las
palabras la Palabra, el Logos mismo, que despliega su misterio a través de tal multiplicidad
y de la realidad de una historia humana. Esta estructura especial de la Biblia es un desafío siempre nuevo para cada generación. Por su misma naturaleza
excluye todo lo que hoy se llama fundamentalismo. La misma Palabra de Dios, de
hecho, nunca está presente ya en la simple literalidad del texto. Para
alcanzarla se requiere un trascender y un proceso de comprensión, que se deja
guiar por el movimiento interior del conjunto y por ello debe convertirse
también en un proceso vital. Siempre y sólo en la unidad dinámica del conjunto
los muchos libros forman un Libro, la Palabra de Dios y la acción de Dios en el mundo se revelan solamente en la palabra
y en la historia humana.
Todo el dramatismo de este tema está iluminado en los escritos de san Pablo. Qué
significado tenga el trascender de la letra y su comprensión únicamente a partir
del conjunto, lo ha expresado de manera drástica en la frase: «La pura letra
mata y, en cambio, el Espíritu da vida» (2 Cor 3, 6). Y también: “Donde
hay el Espíritu… hay libertad” (2 Cor 3, 17). La grandeza y la amplitud
de tal visión de la Palabra bíblica, sin embargo, sólo se puede comprender si se escucha a Pablo
profundamente y se comprende entonces que ese Espíritu liberador tiene un nombre
y que la libertad tiene por tanto una medida interior: «El Señor es el Espíritu,
y donde hay el Espíritu del Señor hay libertad» (2 Cor 3,17). El Espíritu
liberador no es simplemente la propia idea, la visión personal de quien
interpreta. El Espíritu es Cristo, y Cristo es el Señor que nos indica el
camino. Con la palabra sobre el Espíritu y sobre la libertad se abre un vasto
horizonte, pero al mismo tiempo se pone una clara limitación a la arbitrariedad
y a la subjetividad, un límite que obliga de manera inequívoca al individuo y a
la comunidad y crea un vínculo superior al de la letra: el vínculo del
entendimiento y del amor. Esa tensión entre vínculo y libertad, que sobrepasa el
problema literario de la interpretación de la Escritura, ha determinado también el pensamiento y la actuación del monaquismo y ha
plasmado profundamente la cultura occidental. Esa tensión se presenta de nuevo
también a nuestra generación como un reto frente a los extremos de la
arbitrariedad subjetiva, por una parte, y del fanatismo fundamentalista, por
otra. Sería fatal, si la cultura europea de hoy llegase a entender la libertad
sólo como la falta total de vínculos y con esto favoreciese inevitablemente el
fanatismo y la arbitrariedad. Falta de vínculos y arbitrariedad no son la
libertad, sino su destrucción.
En la consideración sobre la «escuela del servicio divino» –como san
Benito llamaba al monaquismo– hemos fijado hasta ahora la atención sólo en su
orientación hacia la palabra, en el «ora». Y de hecho de ahí es de donde
se determina la dirección del conjunto de la vida monástica. Pero nuestra
reflexión quedaría incompleta si no miráramos aunque sea brevemente el segundo
componente del monaquismo, el descrito con el «labora». En el mundo
griego el trabajo físico se consideraba tarea de siervos. El sabio, el hombre
verdaderamente libre se dedicaba únicamente a las cosas espirituales; dejaba el
trabajo físico como algo inferior a los hombres incapaces de la existencia
superior en el mundo del espíritu. Absolutamente diversa era la tradición
judaica: todos los grandes rabinos ejercían al mismo tiempo una profesión
artesanal. Pablo que, como rabino y luego como anunciador del Evangelio a los
gentiles, era también tejedor de tiendas y se ganaba la vida con el trabajo de
sus manos, no constituye una excepción, sino que sigue la común tradición del
rabinismo. El monaquismo ha acogido esa tradición; el trabajo manual es parte
constitutiva del monaquismo cristiano. San Benito habla en su Regla no
propiamente de la escuela, aunque la enseñanza y el aprendizaje –como hemos
visto– en ella se daban por descontados. En cambio, en un capítulo de su Regla
habla explícitamente del trabajo (cf. cap. 48). Lo mismo hace Agustín que dedicó
al trabajo de los monjes todo un libro. Los cristianos, que con esto continuaban
la tradición ampliamente practicada por el judaísmo, tenían que sentirse sin
embargo cuestionados por la palabra de Jesús en el Evangelio de Juan, con
la que defendía su actuar en sábado: «Mi Padre sigue actuando y yo también
actúo» (5, 17). El mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador; la
divinidad suprema, según su manera de pensar, no podía, por decirlo así,
ensuciarse las manos con la creación de la materia. «Construir» el mundo quedaba
reservado al demiurgo, una deidad subordinada. Muy distinto el Dios cristiano:
Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es también el Creador. Dios trabaja;
continúa trabajando en y sobre la historia de los hombres. En Cristo entra como
Persona en el trabajo fatigoso de la historia. «Mi Padre sigue actuando y yo
también actúo». Dios mismo es el Creador del mundo, y la creación todavía no ha
concluido. Dios trabaja, ergázetai! Así el trabajo de los hombres tenía
que aparecer como una expresión especial de su semejanza con Dios y el hombre,
de esta manera, tiene capacidad y puede participar en la obra de Dios en la
creación del mundo. Del monaquismo forma parte, junto con la cultura de la
palabra, una cultura del trabajo, sin la cual el desarrollo de Europa, su
ethos y su formación del mundo son impensables. Ese ethos, sin
embargo, tendría que comportar la voluntad de obrar de tal manera que el trabajo
y la determinación de la historia por parte del hombre sean un colaborar con el
Creador, tomándolo como modelo. Donde ese modelo falta y el hombre se convierte
a sí mismo en creador deiforme, la formación del mundo puede fácilmente
transformarse en su destrucción.
Comenzamos indicando que, en el resquebrajamiento de las estructuras y
seguridades antiguas, la actitud de fondo de los monjes era el quaerere Deum
–la búsqueda de Dios. Podríamos decir que ésta es la actitud verdaderamente
filosófica: mirar más allá de las cosas penúltimas y lanzarse a la búsqueda de
las últimas, las verdaderas. Quien se hacía monje, avanzaba por un camino largo
y profundo, pero había encontrado ya la dirección: la Palabra de la Biblia en la que oía que hablaba el mismo Dios. Entonces debía tratar de
comprenderle, para poder caminar hacia Él. Así el camino de los monjes, pese a
seguir no medible en su extensión, se desarrolla ya dentro de la Palabra acogida. La búsqueda de los monjes, en algunos aspectos, comporta ya en sí
mismo un hallazgo. Sucede pues, para que esa búsqueda sea posible, que
previamente se da ya un primer movimiento que no sólo suscita la voluntad de
buscar, sino que hace incluso creíble que en esa Palabra está escondido el
camino –o mejor: que en esa Palabra Dios mismo se hace encontradizo con los
hombres y por eso los hombres a través de ella pueden alcanzar a Dios. Con otras
palabras: debe darse el anuncio dirigido al hombre creando así en él una
convicción que puede transformarse en vida. Para que se abra un camino hacia el
corazón de la Palabra bíblica como Palabra de Dios, esa misma Palabra debe antes ser anunciada
desde el exterior. La expresión clásica de esa necesidad de la fe cristiana de
hacerse comunicable a los otros es una frase de la Primera Carta de Pedro, que en la teología medieval era considerada la razón bíblica para el trabajo
de los teólogos: «Estad siempre prontos para dar razón (logos) de vuestra
esperanza a todo el que os la pidiere» (3,15). (El Logos, la razón de la
esperanza, debe hacerse apo-logia, debe llegar a ser respuesta). De
hecho, los cristianos de la Iglesia naciente no consideraron su anuncio misionero como una propaganda, que
debiera servir para que el propio grupo creciera, sino como una necesidad
intrínseca derivada de la naturaleza de su fe: el Dios en el que creían era el
Dios de todos, el Dios uno y verdadero que se había mostrado en la historia de
Israel y finalmente en su Hijo, dando así la respuesta que tenía en cuenta a
todos y que, en su intimidad, todos los hombres esperan. La universalidad de
Dios y la universalidad de la razón abierta hacia Él constituían para ellos la
motivación y también el deber del anuncio. Para ellos la fe no pertenecía a las
costumbres culturales, diversas según los pueblos, sino al ámbito de la verdad
que igualmente tiene en cuenta a todos.
El esquema fundamental del anuncio cristiano «ad extra» –a los hombres
que, con sus preguntas, buscan– se halla en el discurso de san Pablo en el
Areópago. Tengamos presente, en ese contexto, que el Areópago no era una especie
de academia donde las mentes más ilustradas se reunían para discutir sobre cosas
sublimes, sino un tribunal competente en materia de religión y que debía
oponerse a la importación de religiones extranjeras. Y precisamente ésta es la
acusación contra Pablo: «Parece ser un predicador de divinidades extranjeras» (Hch
17,18). A lo que Pablo replica: «He encontrado entre vosotros un altar en el que
está escrito: ‘Al Dios desconocido’. Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo
anuncio yo» (cf. 17, 23). Pablo no anuncia dioses desconocidos. Anuncia a Aquel,
que los hombres ignoran y, sin embargo, conocen: el Ignoto-Conocido; Aquel que
buscan, al que, en lo profundo, conocen y que, sin embargo, es el Ignoto y el
Incognoscible. Lo más profundo del pensamiento y del sentimiento humano sabe en
cierto modo que Él tiene que existir. Que en el origen de todas las cosas debe
estar no la irracionalidad, sino la Razón creativa; no el ciego destino, sino la libertad. Sin embargo, pese a que
todos los hombres en cierto modo sabemos esto –como Pablo subraya en la Carta a los Romanos (1, 21)– ese saber permanece irreal: Un Dios sólo pensado e inventado no
es un Dios. Si Él no se revela, nosotros no llegamos hasta Él. La novedad del
anuncio cristiano es la posibilidad de decir ahora a todos los pueblos: Él se ha
revelado. Él personalmente. Y ahora está abierto el camino hacia Él. La novedad
del anuncio cristiano no consiste en un pensamiento sino en un hecho: Él se ha
mostrado. Pero esto no es un hecho ciego, sino un hecho que, en sí mismo, es
Logos –presencia de la Razón eterna en nuestra carne. Verbum caro factum est (Jn 1,14):
precisamente así en el hecho ahora está el Logos, el Logos
presente en medio de nosotros. El hecho es razonable. Ciertamente hay que contar
siempre con la humildad de la razón para poder acogerlo; hay que contar con la
humildad del hombre que responde a la humildad de Dios.
Nuestra situación actual, bajo muchos aspectos, es distinta de la que
Pablo encontró en Atenas, pero, pese a la diferencia, sin embargo, en muchas
cosas es también bastante análoga. Nuestras ciudades ya no están llenas de
altares e imágenes de múltiples divinidades. Para muchos, Dios se ha convertido
realmente en el gran Desconocido. Pero como entonces tras las numerosas imágenes
de los dioses estaba escondida y presente la pregunta acerca del Dios
desconocido, también hoy la actual ausencia de Dios está tácitamente inquieta
por la pregunta sobre Él. Quaerere Deum –buscar a Dios y dejarse
encontrar por Él: esto hoy no es menos necesario que en tiempos pasados. Una
cultura meramente positivista que circunscribiera al campo subjetivo como no
científica la pregunta sobre Dios, sería la capitulación de la razón, la
renuncia a sus posibilidades más elevadas y consiguientemente una ruina del
humanismo, cuyas consecuencias no podrían ser más graves. Lo que es la base de
la cultura de Europa, la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle,
sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura.
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