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VISITA A LAS ZONAS AFECTADAS POR EL TERREMOTO DE LOS ABRUZOS

PALABRAS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS DAMNIFICADOS POR EL TERREMOTO,
EN EL CAMPAMENTO DE ONNA

Martes 29 de abril de 2009

 

Queridos amigos:

He venido en persona a vuestra tierra espléndida y herida, que está viviendo días de gran dolor y precariedad, para expresaros del modo más directo mi cordial cercanía. He estado junto a vosotros desde el primer momento, desde que tuve noticia del fuerte terremoto que, en la noche del pasado 6 de abril, provocó casi trescientas víctimas, numerosos heridos e ingentes daños materiales a vuestras casas.

He seguido con conmoción las noticias, compartiendo vuestra consternación y vuestras lágrimas por los difuntos, así como vuestras angustiosas preocupaciones por lo que habéis perdido en un instante. Ahora estoy aquí entre vosotros: quisiera abrazaros con afecto a cada uno. La Iglesia entera está aquí conmigo, junto a vuestros sufrimientos, compartiendo vuestro dolor por la pérdida de familiares y amigos, deseosa de ayudaros a reconstruir las casas, las iglesias, los establecimientos comerciales que se desplomaron o quedaron gravemente dañados por el seísmo. He admirado el valor, la dignidad y la fe con la que habéis afrontado también esta dura prueba, manifestando una gran voluntad de no ceder ante las adversidades. De hecho, no es el primer terremoto que sufre vuestra región, y ahora, como en el pasado, no os habéis rendido, no os habéis desalentado. Hay en vosotros una fuerza de ánimo que suscita esperanza. Es muy significativo al respecto un dicho que suelen repetir vuestros ancianos: "Quedan todavía muchos días detrás del Gran Sasso".

Al llegar aquí, a Onna, uno de los centros que ha pagado un alto precio en vidas humanas, puedo imaginar toda la tristeza y el sufrimiento que habéis soportado durante estas semanas. Si hubiera sido posible, habría deseado ir a cada pueblo y a cada barrio, a todos los campamentos y encontrarme con todos. Me doy perfecta cuenta de que, a pesar del compromiso de solidaridad manifestado desde todas partes, son muchas las molestias que comporta cada día vivir fuera de casa, en los automóviles o en las tiendas, sobre todo a causa del frío y de la lluvia. Pienso también en los numerosos jóvenes obligados bruscamente a afrontar una realidad dura, en los muchachos que han tenido que interrumpir la escuela con sus amistades, y en los ancianos que han tenido que renunciar a sus costumbres.

Se podría decir, queridos amigos, que os encontráis, en cierto modo, en el estado de ánimo de los dos discípulos de Emaús, de los que habla el evangelista san Lucas. Después del trágico acontecimiento de la cruz, volvían a casa decepcionados y amargados, por la muerte de Jesús. Parecía que ya no había esperanza, que Dios se había escondido y ya no estaba presente en el mundo. Pero, a lo largo del camino, él se les acercó y se puso a conversar con ellos. Aunque no lo reconocieron con los ojos, algo se despertó en su corazón: las palabras de aquel "Desconocido" volvieron a encender en ellos el ardor y la confianza que la experiencia del Calvario había apagado.

Queridos amigos, mi pobre presencia entre vosotros quiere ser un signo tangible del hecho de que el Señor crucificado vive, que está con nosotros, que realmente ha resucitado y no nos olvida; no os abandona; escuchará vuestros interrogantes sobre el futuro; no está sordo al grito preocupado de tantas familias que lo han perdido todo: casas, ahorros, trabajo y a veces también vidas humanas. Ciertamente, su respuesta concreta pasa a través de nuestra solidaridad, que no puede limitarse a la emergencia inicial, sino que debe convertirse en un proyecto estable y concreto en el tiempo. Animo a todos, instituciones y empresas, para que esta ciudad y esta tierra vuelvan a levantarse.

El Papa está aquí, hoy, entre vosotros para deciros también una palabra de consuelo sobre vuestros muertos: están vivos en Dios y esperan de vosotros un testimonio de valor y de esperanza. Esperan ver renacer esta tierra suya, que debe volver a adornarse de casas y de iglesias, bellas y sólidas. Y precisamente en nombre de estos hermanos y hermanas es preciso comprometerse nuevamente a vivir recurriendo a lo que no muere y que el terremoto no ha destruido y no puede destruir: el amor. El amor permanece también más allá del confín de esta precaria existencia terrena nuestra, porque el Amor verdadero es Dios. Quien ama vence, en Dios, a la muerte y sabe que no pierde a aquellos a los que ha amado.

Quiero concluir estas palabras dirigiendo al Señor una oración particular por las víctimas del terremoto.

Te encomendamos
nuestros seres queridos a ti Señor,
sabiendo que a tus fieles
tú no les quitas la vida
sino que la transformas,
y en el mismo momento
en que se destruye
la morada de este exilio nuestro
en la tierra,
te preocupas de preparar
una eterna e inmortal en el paraíso.

Padre Santo,
Señor del cielo y de la tierra,
escucha el grito de dolor
y de esperanza,
que eleva a ti esta comunidad
duramente probada por el terremoto.

Es el grito silencioso
de la sangre de madres,
de padres, de jóvenes
y también de niños inocentes
que se alza de esta tierra.

Han sido arrancados
del afecto de sus seres queridos:
acógelos a todos en tu paz,
Señor, que eres el Dios-con-nosotros,
el Amor capaz de dar la vida sin fin.

Tenemos necesidad de ti
y de tu fuerza,
porque nos sentimos pequeños
y frágiles ante la muerte.

Te rogamos, ayúdanos,
porque solamente con tu apoyo
podremos volver a levantarnos
y a reanudar juntos
el camino de la vida,
cogiéndonos de la mano
unos a otros con confianza.

Te lo pedimos por Jesucristo,
nuestro Salvador,
en el que brilla la esperanza
de la feliz resurrección.
Amén.

Oremos ahora con la plegaria que el Señor nos enseñó: "Padre nuestro...".

Seguidamente el Papa impartió la bendición y añadió:

Mi oración está con vosotros. Estemos unidos y el Señor nos ayudará. Gracias por vuestra valentía, vuestra fe y vuestra esperanza.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

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