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VISITA DE BENEDICTO XVI
A LA COMUNIDAD DE SAN EGIDIO
Y ALMUERZO CON LOS POBRES

Domingo 27 de diciembre de 2009

DISCURSO DEL SANTO PADRE AL FINAL DE LA COMIDA

SALUDO AL TÉRMINO DE LA VISITA

 

Queridos amigos:

Para mí es una experiencia conmovedora estar con vosotros, estar aquí en la familia de la Comunidad de San Egidio, estar con los amigos de Jesús, porque Jesús ama especialmente a los que sufren, a las personas que pasan dificultades, y quiere tenerlas como sus hermanos y hermanas. Gracias por esta posibilidad. Estoy contento y doy las gracias a cuantos con amor y competencia han preparado la comida, y realmente he podido comprobar la eficacia de esta cocina. ¡Felicidades! Asimismo, doy las gracias a todos los que la han servido tan bien, con tanta agilidad que en una hora hemos disfrutado de un gran almuerzo. ¡Gracias, felicidades!

Dirijo mi cordial saludo al vicegerente, monseñor Luigi Moretti, y a monseñor Vincenzo Paglia, obispo de Terni-Narni-Amelia. Saludo con afecto al profesor Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad, amigo desde hace mucho tiempo —como lo son también monseñor Paglia y monseñor Spreafico— y le agradezco las palabras tan amables y profundas que ha querido dirigirme. Además del profesor Riccardi, saludo al presidente Marco Impagliazzo, y al párroco de Santa María en Trastevere, monseñor Matteo Zuppi, consiliario eclesiástico. Por último, dirijo un saludo especial a todos los amigos de San Egidio y a cada uno de los presentes.

Durante la comida he tenido oportunidad de conocer un poco la historia de algunos de vosotros, como reflejo de las situaciones humanas aquí presentes. He escuchado historias dolorosas y cargadas de humanidad, pero también la historia de un amor que habéis encontrado aquí, en San Egidio: historias de ancianos, de emigrantes, gente sin hogar estable, gitanos, discapacitados, personas con problemas económicos u otras dificultades, todos, de una manera o de otra, probados por la vida. Estoy aquí entre vosotros para manifestaros mi cercanía y deciros que os quiero y que vuestras personas y vuestras vicisitudes no están lejos de mis pensamientos, sino en el centro y en el corazón de la comunidad de los creyentes, y también en mi corazón.

Mediante los gestos de amor de quienes siguen a Jesús se hace visible la verdad según la cual "(Dios) nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, también nosotros podemos corresponder con el amor" (Deus caritas est, 17). Jesús dice: "Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme" (Mt 25, 35-36). Y concluye: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (v. 40). Al escuchar estas palabras, ¿cómo no sentirse verdaderamente amigos de aquellos en los que el Señor se reconoce? Y no sólo amigos, sino también parientes. He venido a estar entre vosotros precisamente en la fiesta de la Sagrada Familia, porque, en cierto sentido, se parece a vosotros. De hecho, también la Familia de Jesús, desde sus primeros pasos, tuvo que afrontar dificultades: vivió la preocupación por no encontrar posada, se vio obligada a emigrar a Egipto por la violencia del rey Herodes. Vosotros sabéis muy bien lo que significa dificultad, pero aquí tenéis a alguien que os quiere bien y os ayuda, más aún, algunos han encontrado aquí a su familia gracias al servicio atento de la Comunidad de San Egidio, que ofrece un signo del amor de Dios por los pobres.

Aquí hoy se realiza lo que sucede en casa: quien sirve y ayuda, a la vez es ayudado y servido, y quien tiene más necesidad ocupa el primer lugar. Acude a mi mente la expresión del Salmo: "Ved: qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos" (Sal 133, 1). El compromiso de hacer que quien está solo o en situación de necesidad se sienta en familia, que la Comunidad de San Egidio lleva a cabo de manera tan encomiable, nace de la escucha atenta de la Palabra de Dios y de la oración. Deseo alentar a todos a perseverar en este camino de fe.

Con palabras de san Juan Crisóstomo quiero recordar a cada uno: "Piensa que te conviertes en sacerdote de Cristo, dando con tu propia mano no carne sino pan, no sangre sino un vaso de agua" (Homilías sobre el Evangelio de san Mateo, 42, 3). ¡Qué riqueza da a la vida el amor de Dios, que se expresa en el servicio concreto a los hermanos necesitados! San Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma, cuando los jueces romanos de aquel tiempo le pidieron que entregara los tesoros de la Iglesia, mostró a los pobres de Roma como el verdadero tesoro de la Iglesia. Podemos retomar este gesto de san Lorenzo y decir que vosotros sois el tesoro precioso de la Iglesia.

Amar, servir, da la alegría del Señor, que dice: "Mayor felicidad hay en dar que en recibir" (Hch 20, 35). Que en este tiempo de especiales dificultades económicas, cada uno sea signo de esperanza y testigo de un mundo nuevo para quien, encerrado en su egoísmo y creyendo ingenuamente que podrá ser feliz por sí mismo, vive en la tristeza o en una alegría efímera que deja el corazón vacío.

Han pasado pocos días desde la Navidad: Dios se ha hecho Niño, se ha hecho cercano a nosotros para decirnos que nos ama y tiene necesidad de nuestro amor. A todos os deseo con afecto felices fiestas y la alegría de experimentar cada vez más el amor de Dios. Invoco la protección de la Virgen de la Visitación, que nos enseña a ir "con prontitud" a socorrer a los hermanos en sus necesidades, y os bendigo a todos con afecto.

* * *

Saludo del Papa al término de la visita

Queridos hermanos y hermanas:

Después de haber participado en la comida de fiesta en el comedor de la Comunidad de San Egidio y de haber saludado a algunos estudiantes de la Escuela de lengua y de cultura de la Comunidad, os dirijo un cordial saludo a todos los que no habéis podido entrar, pero habéis participado en este encuentro desde fuera, según me dicen, desde hace una o dos horas. Gracias.

Muchas personas que pasan necesidades, provenientes de varios países, se encuentran aquí para buscar una palabra, una ayuda, una luz para un futuro mejor. Comprometeos para que nadie esté solo, para que nadie quede marginado, para que nadie sea abandonado.

Hay una lengua que, más allá de las diferentes lenguas, lo une todo: la del amor. Como dice el apóstol san Pablo: "Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe" (1 Co 13, 1). Es la lengua también de esta Escuela, que todos debemos aprender y practicar cada vez más. Nos la enseña el Niño Jesús, Dios que por amor se hizo uno de nosotros y habla ante todo con su presencia, con la humildad de ser un niño que se hace dependiente de nuestro amor. Esta lengua mejorará nuestra ciudad y el mundo.

Os bendigo a todos con afecto y con agradecimiento por todo lo que hacéis aquí por los pobres, con vistas a la construcción de la civilización del amor. Gracias a todos vosotros. ¡Felices fiestas y feliz año!

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

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