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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL PATRIARCA DE ANTIOQUÍA DE LOS SIRIOS,
SU BEATITUD IGNACE YOUSSIF III YOUNAN


Sala del Consistorio
Viernes 19 de junio de 2009

 

Beatitud:

La visita que realiza a Roma para venerar las tumbas de los Apóstoles y encontrarse con el Sucesor de Pedro es para mí motivo de gran alegría. Hoy renuevo con sincero y fraterno afecto el saludo y el beso de paz en Cristo que intercambié con usted al inicio de este año, inmediatamente después de su elección como Patriarca de Antioquía de los sirios. Le agradezco las cordiales palabras que me ha dirigido en nombre de su Iglesia patriarcal.

Asimismo, deseo expresar mi agradecimiento a Su Beatitud el cardenal Ignace Moussa Daoud, prefecto emérito de la Congregación para las Iglesias orientales, y a Su Beatitud Ignace Pierre Abdel Ahad, Patriarcas eméritos de su Iglesia, así como a todos los miembros del Sínodo episcopal. Mi agradecimiento se transforma en oración, especialmente por usted, Beatitud, nuevo Patriarca, y acompaño con solidaridad fraterna los primeros pasos de su servicio eclesial.

Beatitud, la divina Providencia nos ha constituido ministros de Cristo y pastores de su única grey. Por eso, mantengamos la mirada del corazón fija en él, Pastor supremo y Obispo de nuestras almas, con la seguridad de que, después de haber puesto sobre nuestros hombros el munus episcopal, no nos abandonará nunca. Cristo mismo, nuestro Señor, es quien estableció al apóstol Pedro como la "roca" sobre la que se apoya el edificio espiritual de la Iglesia, pidiendo a sus discípulos que actúen en plena unidad con él, bajo su guía segura y bajo la de sus sucesores.

A lo largo de vuestra historia más que milenaria, la comunión con el Obispo de Roma siempre ha ido unida a la fidelidad a la tradición espiritual del Oriente cristiano, y ambas forman los aspectos complementarios del único patrimonio de fe que profesa su venerable Iglesia. Juntos profesamos esta misma fe católica, uniendo nuestra voz a la de los Apóstoles, de los mártires y de los santos que nos han precedido, elevando a Dios Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, el himno de alabanza y de acción de gracias por la inmensa riqueza de este don, puesto en nuestras frágiles manos.

Queridos hermanos de la Iglesia siro-católica, pensé de modo especial en vosotros durante la solemne celebración eucarística de la fiesta del Corpus Christi. En la homilía que pronuncié en el atrio de la basílica de San Juan de Letrán cité al gran doctor san Efrén el Sirio, que afirma: "Durante la cena Jesús se inmoló a sí mismo; en la cruz fue inmolado por los demás". Esta hermosa anotación me permite subrayar el origen eucarístico de la ecclesiastica communio que le concedí, Beatitud, en el momento de la elección sinodal.

Muy oportunamente usted quiso mostrar, con un signo público, este vínculo tan estrecho que lo une al Obispo de Roma y a la Iglesia universal, durante la Eucaristía que celebró ayer en la basílica de Santa María la Mayor, en la que participó mi representante con mandato especial, el señor cardenal Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales. En realidad, la Eucaristía es lo que funda nuestras diversas tradiciones en la unidad del único Espíritu, haciendo de ellas una riqueza para todo el pueblo de Dios.

Ojalá que la celebración de la Eucaristía, fuente y culmen de la vida eclesial, os mantenga anclados en la antigua tradición siríaca, que reivindica poseer la misma lengua del Señor Jesús; y, al mismo tiempo, que abra ante vosotros el horizonte de la universalidad eclesial. Que os haga siempre atentos a lo que el Espíritu sugiere a las Iglesias; que abra los ojos de vuestro corazón para que podáis escrutar los signos de los tiempos a la luz del Evangelio y sepáis acoger las expectativas y las esperanzas de la humanidad, respondiendo generosamente a las necesidades de quienes viven en graves condiciones de pobreza.

La Eucaristía es el Pan de vida que alimenta a vuestras comunidades y las hace crecer a todas en la unidad y en la caridad. Por eso, sacad de la Eucaristía, sacramento de la unidad y de la comunión, la fuerza para superar las dificultades que vuestra Iglesia ha afrontado en estos últimos años, a fin de volver a encontrar el camino del perdón, de la reconciliación y de la comunión.

Queridos hermanos, una vez más gracias por vuestra visita, que me permite expresaros mi profunda solicitud por vuestros problemas eclesiales. Sigo con satisfacción la plena reanudación del funcionamiento de vuestro Sínodo y animo los esfuerzos encaminados a favorecer la unidad, la comprensión y el perdón, que siempre deberéis considerar como deberes prioritarios para la edificación de la Iglesia de Dios. Además, pido constantemente por la paz en Oriente Medio, de modo especial por los cristianos que viven en la amada nación iraquí, cuyos sufrimientos presento al Señor cada día en el sacrificio eucarístico.

Por último, deseo compartir con vosotros otra de mis preocupaciones principales: la de la vida espiritual de los sacerdotes. Precisamente hoy, en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada de santificación sacerdotal, tendré la inmensa alegría de inaugurar el Año sacerdotal, en recuerdo del 150° aniversario de la muerte del santo cura de Ars. Creo que este Año jubilar especial, que comienza cuando se termina el Año paulino, será una oportunidad fecunda, ofrecida a toda la Iglesia.

En el Calvario María estaba con el apóstol san Juan al pie de la cruz. Hoy también nosotros nos ponemos espiritualmente al pie de la cruz, con todos vuestros sacerdotes, para dirigir nuestra mirada hacia Aquel que fue traspasado y del que recibimos la plenitud de toda gracia. Que María, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia, vele sobre usted, Beatitud, sobre el Sínodo y sobre toda la Iglesia siro-católica.

Por mi parte, le aseguro que lo acompaño con mi oración y le imparto la bendición apostólica, que extiendo a todos los fieles de su venerable Iglesia, esparcidos por diversas naciones del mundo.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

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