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PEREGRINACIÓN
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A TIERRA SANTA
(8-15 DE MAYO DE 2009)

ENCUENTRO CON LOS LÍDERES RELIGIOSOS MUSULMANES,
CON EL CUERPO DIPLOMÁTICO Y CON LOS RECTORES
DE LAS UNIVERSIDADES JORDANAS

DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI*

Mezquita Al-Hussein bin-Talal - Ammán
Sábado 9 de mayo de 2009

 

Alteza real;
excelencias;
ilustres señoras y señores:

Para mí es motivo de gran alegría encontrarme con vosotros esta mañana, en este espléndido marco. Deseo dar las gracias al príncipe Ghazi Bin Muhammed bin Talal por sus amables palabras de bienvenida. Las numerosas iniciativas de su alteza real para promover el diálogo y el intercambio interreligioso e interculturral son apreciadas por los ciudadanos del reino hachemita y ampliamente respetadas por la comunidad internacional. Sé que estos esfuerzos reciben el apoyo activo de otros miembros de la familia real, así como del Gobierno de la nación, y encuentran amplia resonancia en las muchas iniciativas de colaboración entre los jordanos. Por todo esto deseo manifestar mi sincera admiración.

Lugares de culto, como esta estupenda mezquita de Al-Hussein bin Talal, dedicada al venerado rey difunto, destacan como joyas sobre la superficie de la tierra. Todas, tanto las antiguas como las modernas, tanto las espléndidas como las humildes, hacen referencia a lo divino, al Único Trascendente, al Omnipotente. Y, a través de los siglos, estos santuarios han atraído a hombres y mujeres dentro de su espacio sagrado para hacer una pausa, para rezar, para ponerse en la presencia del Omnipotente, así como para reconocer que todos somos criaturas suyas.

Por este motivo no podemos menos de preocuparnos por el hecho de que hoy, cada vez con mayor insistencia, algunos creen que la religión ha fracasado en su aspiración a ser, por su misma naturaleza, constructora de unidad y de armonía, expresión de comunión entre personas y con Dios. De hecho, algunos afirman que la religión es necesariamente una causa de división en el mundo; y por eso afirman que cuanta menor atención se preste a la religión en la esfera pública, tanto mejor. Por desgracia, no se puede negar la contradicción de las tensiones y divisiones entre seguidores de diferentes tradiciones religiosas. Sin embargo, ¿no sucede con frecuencia que la manipulación ideológica de la religión, en ocasiones con fines políticos, es el auténtico catalizador de las tensiones y divisiones y con frecuencia también de la violencia en la sociedad?

Ante esta situación, en la que los opositores de la religión no sólo tratan de acallar su voz sino de sustituirla con la suya, se experimenta de una manera más aguda la necesidad de que los creyentes sean fieles a sus principios y creencias. Musulmanes y cristianos, precisamente a causa del peso de nuestra historia común a menudo marcada por incomprensiones, tienen que esforzarse hoy por ser conocidos y reconocidos como adoradores de Dios, fieles a la oración, deseosos de comportarse y vivir según las disposiciones del Omnipotente, misericordiosos y compasivos, coherentes para dar testimonio de todo lo que es verdadero y bueno, recordando siempre el origen común y la dignidad de toda persona humana, que constituye la cumbre del designio creador de Dios para el mundo y para la historia.

La decisión de los educadores jordanos, así como de los líderes religiosos y civiles, de hacer que el rostro público de la religión refleje su auténtica naturaleza es digna de aplauso. El ejemplo de personas y comunidades, junto con la provisión de cursos y programas, manifiesta la contribución constructiva de la religión en los sectores educativo, cultural y social, así como en otros sectores caritativos de vuestra sociedad civil. También yo he tenido la posibilidad de constatar personalmente algo de este espíritu. Ayer tomé contacto con la reconocida obra educativa y de rehabilitación realizada en el Centro Nuestra Señora de la Paz, en el que cristianos y musulmanes están transformando la vida de familias enteras, asistiéndolas para que sus hijos discapacitados puedan ocupar en la sociedad el puesto que les corresponde.

Esta mañana bendije la primera piedra de la Universidad de Madaba, donde jóvenes musulmanes y cristianos, juntos, recibirán los beneficios de una educación superior, que les preparará para contribuir al desarrollo económico y social de su nación. También tienen gran mérito las numerosas iniciativas de diálogo interreligioso sostenidas por la familia real y por la comunidad diplomática, en ocasiones emprendidas en colaboración con el Consejo pontificio para el diálogo interreligioso. Estas iniciativas implican un trabajo continuo de los Institutos reales para estudios interreligiosos y el pensamiento islámico, el Mensaje de Ammán, de 2004, el Mensaje interreligioso de Ammán de 2005, y la reciente carta "Una palabra común", que se hacía eco de un tema similar al que afronté en mi primera encíclica: el vínculo inquebrantable entre el amor a Dios y el amor al prójimo, así como la contradicción fundamental de recurrir a la violencia o a la exclusión en nombre de Dios (cf. Deus caritas est, 16).

Estas iniciativas llevan claramente a un mayor conocimiento recíproco y promueven un respeto cada vez mayor tanto por lo que tenemos en común como por lo que comprendemos de manera diferente. Por tanto, deberían llevar a cristianos y musulmanes a sondear aún más profundamente la relación esencial entre Dios y su mundo, de manera que juntos podamos movilizarnos para que la sociedad esté en armonía con el orden divino. En este sentido, la colaboración que tiene lugar aquí, en Jordania, constituye un ejemplo alentador y convincente para la región, más aún, para el mundo, de la contribución positiva y creativa que la religión puede y debe dar a la sociedad civil.

Distinguidos amigos, hoy deseo mencionar una tarea que he presentado en varias ocasiones y que creo firmemente que los cristianos y los musulmanes pueden asumir, en particular a través de su contribución a la enseñanza y la investigación científica, así como al servicio de la sociedad. Esta tarea es el desafío de cultivar para el bien, en el contexto de la fe y de la verdad, el gran potencial de la razón humana. De hecho, los cristianos describen a Dios, entre otras maneras, como Razón creativa, que ordena y guía al mundo. Y Dios nos da la capacidad de participar en esta Razón y así actuar según el bien. Los musulmanes adoran a Dios, Creador del cielo y de la tierra, que ha hablado a la humanidad. Y como creyentes en el único Dios, sabemos que la razón humana es en sí misma don de Dios, y se eleva al nivel más elevado cuando es iluminada por la luz de la verdad de Dios.

En realidad, cuando la razón humana permite humildemente ser purificada por la fe, no se debilita; al contrario, se refuerza al resistir a la presunción de ir más allá de sus propios límites. De esta manera, la razón humana se refuerza en el empeño de perseguir su noble objetivo de servir a la humanidad, manifestando nuestras aspiraciones comunes más íntimas, ampliando el debate público, en vez de manipularlo o restringirlo. Por tanto, la adhesión genuina a la religión, en vez de restringir nuestra mente, amplía el horizonte de la comprensión humana. Protege a la sociedad civil de los excesos de un ego incontrolable, que tiende a hacer absoluto lo finito y a eclipsar lo infinito; asegura que la libertad se ejerza en consonancia con la verdad; y enriquece la cultura con el conocimiento de lo que concierne a todo lo que es verdadero, bueno y bello.

Esta comprensión de la razón, que lleva continuamente a la mente humana más allá de sí misma en la búsqueda de lo Absoluto, plantea un desafío: implica un sentido tanto de esperanza como de prudencia. Cristianos y musulmanes, juntos, están llamados a buscar todo lo que es justo y recto. Estamos comprometidos a superar nuestros intereses particulares y alentar a los demás, en particular a los administradores y líderes sociales, a hacer lo mismo para experimentar la profunda satisfacción de servir al bien común, incluso en detrimento del bien personal. Se nos recuerda que precisamente porque nuestra dignidad humana constituye el origen de los derechos humanos universales, estos valen para todo hombre y mujer, sin distinción de grupos religiosos, sociales o étnicos. A este respecto, debemos subrayar que el derecho a la libertad religiosa va más allá de la cuestión del culto e incluye el derecho, especialmente de las minorías, a un justo acceso al mercado del empleo y a las demás esferas de la vida civil.

Esta mañana, antes de despedirme de vosotros, quiero señalar en especial la presencia entre nosotros de Su Beatitud Emmanuel III Delly, patriarca de Bagdad, a quien saludo de corazón. Su presencia recuerda a los ciudadanos del vecino Irak, muchos de los cuales han encontrado una cordial acogida aquí, en Jordania. Los esfuerzos de la comunidad internacional para promover la paz y la reconciliación, junto con los de los líderes locales, tienen que seguir para que den fruto en la vida de los iraquíes. Expreso mi aprecio por todos aquellos que apoyan los esfuerzos orientados a profundizar la confianza y a reconstruir las instituciones y las infraestructuras esenciales para el bienestar de esa sociedad. Una vez más pido con insistencia a los diplomáticos y a la comunidad internacional que representan, así como a los líderes políticos y religiosos locales, que hagan todo lo posible para asegurar a la antigua comunidad cristiana de esa noble tierra el derecho fundamental a la pacífica convivencia con sus propios compatriotas.

Distinguidos amigos, confío en que los sentimientos que he expresado hoy nos dejen con una renovada esperanza en el futuro. El amor y el deber ante el Omnipotente no se manifiestan sólo en el culto, sino también en el amor y en la preocupación por los niños y los jóvenes -vuestras familias- y por todos los ciudadanos de Jordania. Por ellos trabajáis y por ellos ponéis en el centro de las instituciones, de las leyes y de las funciones de la sociedad el bien de toda persona humana. Que la razón, ennoblecida y hecha humilde por la grandeza de la verdad de Dios, siga plasmando la vida y las instituciones de esta nación, a fin de que las familias florezcan y que todos vivan en paz, contribuyendo y al mismo tiempo recurriendo a la cultura que unifica a este gran reino. ¡Muchas gracias!


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n°20 p.9.

 

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

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