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PEREGRINACIÓN
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A TIERRA SANTA
(8-15 DE MAYO DE 2009)

ENCUENTRO CON LAS ORGANIZACIONES
PARA EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Auditorio del Notre Dame of Jerusalem Center - Jerusalén
Lunes 11 de mayo de 2009

 

Queridos hermanos en el episcopado;
distinguidos líderes religiosos;
queridos amigos:

Para mí es motivo de gran alegría encontrarme con vosotros esta tarde. Deseo agradecer a Su Beatitud el patriarca Fouad Twal las amables palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos los presentes. Correspondo a los afectuosos sentimientos expresados y os saludo cordialmente a todos vosotros y a los miembros de los grupos y organización que representáis.

"El Señor dijo a Abram: "Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, y ve a la tierra que yo te mostraré". Marchó, pues, Abram (...), tomando a Sara, su mujer" (cf. Gn 12, 1-5). La irrupción de la llamada de Dios, que marca el inicio de la historia de nuestras tradiciones religiosas, se escuchó en medio de la vida ordinaria de un hombre. Y la historia que de ahí derivó no se plasmó en el aislamiento, sino a través del encuentro con las culturas egipcia, hitita, sumeria, babilónica, persa y griega.

La fe siempre se vive dentro de una cultura. La historia de la religión nos muestra que una comunidad de creyentes avanza por grados de fidelidad a Dios, tomando de la cultura que encuentra y plasmándola. Esta misma dinámica se realiza en cada uno de los creyentes de las tres grandes tradiciones monoteístas: en sintonía con la voz de Dios, como Abraham, respondemos a su llamada y partimos buscando el cumplimiento de sus promesas, esforzándonos por obedecer su voluntad, trazando un sendero en nuestra cultura particular.

Hoy, alrededor de cuatro mil años después de Abraham, el encuentro de religiones con la cultura no se realiza meramente en un plano geográfico. Algunos aspectos de la globalización, y en particular el mundo de internet, han creado una amplia cultura virtual, cuyo valor es tan variado como sus innumerables manifestaciones. No cabe duda de que es mucho lo que se ha logrado para crear un sentido de cercanía y de unidad dentro de la familia humana universal. Sin embargo, al mismo tiempo, la cantidad ilimitada de portales a través de los cuales las personas tienen fácil acceso a fuentes indiscriminadas de información puede convertirse fácilmente en instrumento de creciente fragmentación: la unidad del conocimiento se fragmenta y a veces no se aplican o se descuidan las complejas habilidades de crítica, discernimiento y discriminación aprendidas de las tradiciones académicas y éticas.

La pregunta que surge entonces espontáneamente es: ¿qué contribución da la religión a las culturas del mundo para contrarrestar los efectos negativos de una globalización tan rápida? Mientras muchos se dedican a señalar las diferencias notorias que existen entre las religiones, nosotros, como creyentes o personas religiosas, tenemos el desafío de proclamar con claridad lo que tenemos en común.

El primer paso de Abraham en la fe, y nuestros pasos hacia —o desde— la sinagoga, la iglesia, la mezquita o el templo, recorren el sendero de nuestra historia humana avanzando —podríamos decir— hacia la Jerusalén eterna (cf. Ap 21, 23). Asimismo, cada cultura, con su capacidad propia de dar y recibir, da expresión a la única naturaleza humana. Sin embargo, lo que es propio del individuo nunca se expresa plenamente a través de su cultura, sino que lo trasciende en la búsqueda constante de algo que está más allá.

Desde esta perspectiva, queridos amigos, vemos la posibilidad de una unidad que no depende de la uniformidad. Aunque las diferencias que analizamos en el diálogo interreligioso a veces pueden parecer barreras, no deben oscurecer el sentido común de temor reverencial y de respeto por lo universal, por lo absoluto y por la verdad, que impulsa a las personas religiosas ante todo a entablar relaciones unas con otras. En efecto, es común la convicción de que estas realidades trascendentes tienen su fuente —y llevan sus huellas— en el Omnipotente, que los creyentes ponen ante los demás, ante nuestras organizaciones, nuestra sociedad y nuestro mundo. De este modo, no sólo enriquecemos la cultura, sino también la modelamos: las vidas de fidelidad religiosa reflejan la irruptora presencia de Dios y así forman una cultura no definida por límites del tiempo o de lugar, sino fundamentalmente plasmada por los principios y las acciones que provienen de la fe.

La fe religiosa presupone la verdad. El que cree busca la verdad y vive según ella. Aunque el medio por el cual comprendemos el descubrimiento y la comunicación de la verdad en parte es diferente de religión a religión, no debemos desalentarnos en nuestros esfuerzos por dar testimonio de la fuerza de la verdad. Juntos podemos proclamar que Dios existe y puede ser conocido, que la tierra es creación suya, que nosotros somos sus criaturas, y que él llama a cada hombre y a cada mujer a un estilo de vida que respete su plan para el mundo.

Amigos, si creemos tener un criterio de juicio y de discernimiento divino en su origen y destinado a toda la humanidad, entonces no podemos cansarnos de procurar que ese conocimiento influya en la vida civil. La verdad debe ser ofrecida a todos; está destinada a todos los miembros de la sociedad. Arroja luz sobre los fundamentos de la moralidad y de la ética, e infunde en la razón la fuerza para superar sus propios límites a fin de dar expresión a nuestras aspiraciones comunes más profundas. Lejos de amenazar la tolerancia de las diferencias o la pluralidad cultural, la verdad posibilita el consenso, hace que el debate público se mantenga razonable, honrado y justificable, y abre el camino a la paz. Promoviendo el deseo de obedecer a la verdad, de hecho ensancha nuestro concepto de razón y su ámbito de aplicación, y hace posible el diálogo genuino de las culturas y las religiones, tan urgentemente necesario hoy.

Cada uno de los que estamos aquí presentes sabe también que hoy la voz de Dios se escucha menos claramente, y que la razón misma se ha hecho sorda a lo divino en numerosas situaciones. Con todo, ese "vacío" no es un vacío de silencio; es el ruido de pretensiones egoístas, de promesas vacías y de falsas esperanzas, que con tanta frecuencia invaden el espacio mismo en el que Dios nos busca. Entonces ¿podemos crear espacios, oasis de paz y de reflexión profunda, en los que se pueda volver a escuchar la voz de Dios, en los que su verdad se pueda descubrir dentro de la universalidad de la razón, en los que cada individuo, independientemente del lugar donde habita, de su grupo étnico, de su afiliación política o de su fe religiosa, pueda ser respetado como persona, como ser humano, como un semejante?

En una época de acceso inmediato a la información y de tendencias sociales que generan una especie de cultura uniforme, una reflexión profunda que contraste el alejamiento de la presencia de Dios fortalecerá la razón, estimulará el genio creativo, facilitará la valoración crítica de las costumbres culturales y sostendrá el valor universal de la fe religiosa.

Estimados amigos, las instituciones y grupos que representáis están comprometidos en el diálogo interreligioso y en la promoción de iniciativas culturales en una vasta gama de niveles. Desde instituciones académicas —y aquí quiero mencionar en particular las excepcionales conquistas de la Universidad de Belén— hasta grupos de padres con dificultades, desde iniciativas de música y artes hasta el ejemplo valiente de madres y padres ordinarios, desde grupos de diálogo formal hasta organizaciones caritativas, demostráis diariamente vuestra convicción de que nuestro deber ante Dios no sólo se expresa en el culto, sino también en el amor y en la solicitud por la sociedad, por la cultura, por nuestro mundo y por todos los que viven en esta tierra.

Algunos quisieran hacernos creer que nuestras diferencias son necesariamente causa de división y que, por tanto, al máximo habría que tolerarlas. Otros, incluso, sostienen que nuestras voces simplemente deben silenciarse. Pero nosotros sabemos que nuestras diferencias nunca deben presentarse indebidamente como una fuente inevitable de fricción o de tensión sea entre nosotros sea, en un ámbito más amplio, en la sociedad.

Por el contrario, ofrecen a personas de diversas religiones una espléndida oportunidad para convivir en profundo respeto, estima y aprecio, animándose unos a otros por los caminos de Dios. Ojalá que, impulsados por el Omnipotente e iluminados por su verdad, sigáis caminando con valentía, respetando todo lo que nos diferencia y promoviendo todo lo que nos une como criaturas bendecidas con el deseo de llevar esperanza a nuestras comunidades y al mundo.

Que Dios nos guíe por este camino.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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