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PEREGRINACIÓN
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A TIERRA SANTA
(8-15 DE MAYO DE 2009)

VISITA AL MEMORIAL DE YAD VASHEM

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Jerusalén
Lunes 11 de mayo de 2009

 

«Yo he de darles en mi casa y en mis muros un memorial y un nombre... Les daré un nombre indeleble» (Is 56, 5).

Este pasaje del libro del profeta Isaías presenta dos frases sencillas que expresan de manera solemne el significado profundo de este lugar venerado: yad, "memorial"; shem, "nombre". He venido aquí para detenerme en silencio ante este monumento, erigido para honrar la memoria de los millones de judíos asesinados en la horrenda tragedia del Holocausto. Perdieron la vida, pero no perderán nunca sus nombres: están indeleblemente grabados en el corazón de sus seres queridos, de sus compañeros de prisión que sobrevivieron, y de quienes están decididos a no permitir nunca que un horror semejante vuelva a deshonrar a la humanidad. Sus nombres están grabados para siempre, sobre todo, en la memoria de Dios omnipotente.

Se puede despojar al vecino de sus posesiones, sus oportunidades o su libertad; se puede tejer una insidiosa red de mentiras para convencer a otros de que ciertos grupos no merecen respeto; y, sin embargo, por más que se esfuerce, nunca se puede borrar el nombre de otro ser humano.

La Sagrada Escritura nos enseña la importancia del nombre cuando se le confía a una persona una misión única o un don especial. A Abram Dios lo llamó "Abraham", porque debía convertirse en "el padre de muchos pueblos" (Gn 17, 5). Jacob fue llamado "Israel", porque había "luchado contra Dios y contra los hombres y había vencido" (cf. Gn 32, 29). Los nombres conservados en este venerado monumento tendrán para siempre un lugar sagrado entre los innumerables descendientes de Abraham. Como le sucedió a él, también la fe de ellos fue probada. Como sucedió a Jacob, también ellos quedaron involucrados en la lucha por discernir los designios del Omnipotente. Que los nombres de estas víctimas no se borren nunca. Que nunca se niegue, disminuya u olvide sus sufrimientos. Y que toda persona de buena voluntad vigile para desarraigar del corazón del hombre todo lo que pueda llevar a tragedias semejantes.

La Iglesia católica, comprometida en las enseñanzas de Jesús y decidida a imitar su amor a toda persona, siente profunda compasión por las víctimas aquí recordadas. Del mismo modo, está cerca de quienes hoy sufren persecución a causa de la raza, el color, la condición de vida o la religión. Siente como propios sus sufrimientos y hace suyo su anhelo de justicia. Como Obispo de Roma y Sucesor del apóstol Pedro reafirmo, como mis predecesores, el compromiso de la Iglesia de orar y actuar sin descanso para asegurar que nunca vuelva a reinar el odio en el corazón de los hombres. El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es el Dios de la paz (cf. Sal 85, 9).

Las Escrituras enseñan que tenemos el deber de recordar al mundo que este Dios vive, aunque en ocasiones nos resulte difícil comprender sus caminos misteriosos e inescrutables. Él se reveló a sí mismo y sigue actuando en la historia humana. Sólo él gobierna el mundo con justicia y juzga las naciones con rectitud (cf. Sal 9, 9).

Al contemplar los rostros reflejados en el estanque silencioso de este memorial, no podemos menos de recordar que cada uno de ellos tiene un nombre. Sólo puedo imaginar la alegre expectativa de sus padres, mientras esperaban con ansia el nacimiento de sus hijos. ¿Qué nombre le pondremos a este hijo? ¿Qué será de él o de ella? ¿Quién hubiera podido imaginar que serían condenados a un destino tan deplorable?

Mientras estamos aquí, en silencio, su grito sigue resonando en nuestro corazón. Es un grito que se eleva contra todo acto de injusticia y de violencia. Es una condena perenne de todo derramamiento de sangre inocente. Es el grito de Abel, que se eleva desde la tierra hacia el Omnipotente. Al profesar nuestra inquebrantable confianza en Dios, damos voz a ese grito con las palabras del libro de las Lamentaciones, lleno de significado tanto para judíos como para cristianos.

«El amor del Señor no se ha acabado, ni se ha agotado su ternura; cada mañana se renuevan: grande es tu lealtad. Mi porción es el Señor, dice mi alma, por eso en él espero. Bueno es el Señor con el que en él espera, con el alma que le busca. Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor» (Lm 3, 22-26).

Queridos amigos, estoy profundamente agradecido tanto a Dios como a vosotros por la oportunidad de estar aquí, en silencio: un silencio para recordar, un silencio para orar, un silencio para esperar.

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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